'La Odisea': el viaje de un don nadie
Escribe Ece Temelkuran en su bellísimo y desgarrador libro La nación de los extraños, que “desde que se escribió La Odisea, solo el regreso otorga sentido al viaje. El camino se considera inútil a menos que vuelva al punto de partida. Odiseo es un extraño errante, un don nadie, hasta que es reconocido al volver a casa. Su historia solo puede contarse a posteriori, una vez ha vuelto a Ítaca, su isla. De lo contrario no habría habido constancia de ella: todo se habría perdido en la oscuridad, en ese territorio opaco donde habitan los extraños. Y la gravedad del relato perduró mientras las ciudades aguantaron en pie”. El problema, dice la escritora turca, es que ahora las ciudades se están derrumbando, que es fácil perder la fe en uno mismo y en los demás, que el hogar se convierte en un campo de batalla cuando los otros extraños dejan de estar en él. Recordé estas sentencias de Temelkuran cuando asumí que esa película grandilocuente, excesiva, bellísima por momentos, errática también en otros, que es La Odisea de Christopher Nolan, también nos está hablando del momento presente. Como hacen todos los clásicos. Siglos después, el relato del héroe, del héroe varón, nos sigue fascinando y no solo entreteniendo, aunque tal vez la excesiva fanfarria nos haga esquivar el retrato descarnado que nos ofrece de nuestras miserias. Las propias de los hombres-cerdos, las que fluyen como vómito de los pechos de los guerreros, de los bárbaros sin Kavafis, la de un mundo en el que Telémaco, como bien nos recordara Mary Beard al principio de su imprescindible Mujeres y poder, manda callar a la madre.
No seré yo quien discuta las virtudes cinematográficas de una película de esas que merecen verse en una pantalla enorme y con las mejores condiciones audiovisuales, algo que raramente sucede en los cines de Córdoba, aunque nunca me convenció Nolan, uno de esos genios creadores que son la mejor representación en sí mismos y en su trabajo de la importancia masculina. Bastaría con recordar su exitosa Oppenheimer, que hace un par de veranos compitió en feliz pulso comercial con Barbie, como ejemplo de relato androcentrado, tal vez el que durante siglos nuestra cultura no ha hecho sino recrear a partir de la mitología clásica y todas esas historias que fundaron una memoria hecha a imagen y semejanza de los dioses. En masculino. De ahí el fino pero férreo hilo que conecta los imaginarios reinantes con el poder creador al que todavía hoy, a duras penas, pretenden acceder las que ya no quieren limitarse a tejer y destejer esperando la vuelta del guerrero. Es evidentes, pues que La Odisea era, por razones obvias, el mejor artefacto para que el director de Tenet dejara constancia de su fortaleza creativa, a través de una de esas películas en las que, en cada escena, el director parece querer demostrarnos que ha echado el resto para dejarle al mundo una obra inmortal.
Hubiera sido excesivo pedirle a Nolan una relectura posible de todos esos personajes femeninos que la cultura – androcéntrica – clásica situó en los paradigmas de la bruja, la “femme fatale”, la causante de las disputas masculinas, las sirenas que apenas intuimos entre la niebla, las sombras que persiguen a los guerreros en sus cuitas morales, las que cuidan heridas y ofrecen flores de loto o la fiel esposa que espera y para la que no parece haber otro destino que sustituir con otro rey al que no da señales de vida. Ellas, como es lógico en un mundo patriarcal, ni viajan ni se mueven, y las que se atreven a hacerlo, son condenadas a la hoguera o, en el mejor de los casos, a reinar en territorios aislados. En La Odisea, como en la mitología clásica, como también en las fábulas de las religiones monoteístas, los esquemas están claros y por eso, entiendo, funcionan tan bien para un cine que pretende ser comercial y, por tanto, no inquietar ni molestar al espectador, sobre todo al espectador. Y eso el director de Memento lo hace con pulcritud, de la mano, en este caso, de interpretaciones ajustadas de grandes actrices como Anne Hathaway, Samantha Morton o Charlize Theron, aunque en el caso de ésta última su Calipso bordea el ridículo de un anuncio de los limones del Caribe. Lo de Zendaya, diosa de la sabiduría y de la – imposible - guerra justa, no merece ni un párrafo: el que apenas cubren las palabras que pronuncia en toda la película.
Lo mejor que puedo decir de esta Odisea, que espero que no sea la definitiva ni “la más grande”, es que no me aburrió en sus prácticamente tres horas de metraje, aunque eché en falta en ella un punto de emoción que traspasara la pantalla y tocara mi corazoncito de hombre que ha perdido últimamente la fe en muchas cosas. Una cierta frialdad recorre el relato, alentada por la música un tanto repetitiva y metálica de Ludwig Göransson, y por unas interpretaciones que, aun siendo correctas, no alcanzan en ningún momento ese punto mágico del actor que salta de la pantalla y se sienta a tu lado. Matt Damon cumple con holgura, pero creo que es Robert Pattinson el que, sorprendentemente para mí, se luce más que ninguno, sobre todo frente un Tom Holland incapaz de dotar de alma a un Telémaco muy desdibujado. Ese al que vemos casi rozando el ridículo en un final más propio de una película de Disney.
Tal vez la frialdad de esta película no sea solo el resultado de las ansias de grandeza de su creador sino también de la imposibilidad, no sé si explícita o no, de asumir, con toda su potencia, que de si algo nos habla La Odisea es de cómo la pérdida de fe en el hogar, en uno mismo y en los demás es, hoy por hoy, el más radical origen de los monstruos y las violencias. Un círculo, supongo que vicioso, que de alguna manera constatamos en la acertada estructura temporal que sigue el relato en esta película y que nos permite habitar tiempos que se retroalimentan. En esa encrucijada, tan propia de estos tiempos disfóricos, en la que, como nos advierte la sabia Temelkuran, “desaparece la necesidad básica de la belleza”. Quizás sea ésta la lección que las obras clásicas no dejan de ofrecernos: la terrible batalla del ser humano, muy especialmente cuando lo masculino se torna universal, frente a su incapacidad para asumir la frágil interdependencia, esa que pareciera no acabamos de aprender después de tantos viajes en los que hemos llegado al destino gracias a los múltiples hogares que encontramos por el camino.
Sobre este blog
Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.
Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.
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