'El ser querido': el tema, la bestia y el valor sentimental
A estas alturas creo que nadie puede dudar de la potencia narrativa del cine de Rodrigo Sorogoyen y de, sobre todo, cuando sus manos se dejan guiar por las de Isabel Peña, la lucidez con la que desvela muchas de las claves que caracterizan a esa bestia que la hombría sigue suponiendo tanto en el plano personal como en el colectivo. De esta forma, sus películas no han dejado de ofrecernos diversas lecturas sobre el poder. Ahí están para confirmarlo, y en distintos contextos, El reino, As bestas o también la serie Antidisturbios. Desde esta mirada, hay una clara continuidad de su última película con sus anteriores producciones, en cuanto que su objetivo es desentrañar las aristas de un mal padre que, no por casualidad, es también un reconocido creador de esos que siempre han entendido su “genialidad” como un pasaporte para el ejercicio del poder. En este sentido, El ser querido, que juega además con las piruetas del cine dentro del cine, es sobre el papel una película sobre los vínculos, las emociones y, en definitiva, sobre el mal querer. Y ello supone que también acaba siéndolo, como es muy habitual en el contexto de las relaciones paternofiliales, sobre el perdón y la (in)capacidad de reiniciar nuestro disco duro. Dos senderos que solo son posibles si nos bajamos del pedestal de dioses y si asumimos la enorme fragilidad que nos atraviesa. Justamente, esos son los caminos que Esteban, el director de cine que se reencuentra con la hija abandonada trece años después, y a la que ofrece un papel protagonista en su próxima película, se ve incapacitado para recorrer. Como buen varón narcisista y acostumbrado a dirigir la orquesta, carece de las herramientas para enfrentarse a la sangre de los lazos humanos y por ello recurre a lo que mejor sabe hacer, el cine, la creación artística, la abstracción, para intentar sanar heridas que hubieran requerido menos máscaras y más desnudez. Justamente los territorios por los que se mueve la hija, Emilia, lo cual provoca las tensiones centrales de la película y que nos llevan a esa falsa salida en la que tan cómodos nos sentimos los hombres. La que nos permite seguir siendo una especie de víctimas, niños eternos y tan irresponsables desde el punto de vista emocional. Discapacitados, pues, para entablar relaciones desde la equivalencia y seriamente disminuidos en nuestras capacidades de sanación. Como ese mal padre que pretende llegar al corazón de la hija a través de la carcasa de la actriz.
Lo anterior podría ser, jugando con una idea que está en la propia película, el “tema” de El ser querido. El problema es que, en este caso, y de manera más subrayada que en las anteriores obras de Sorogoyen, toda la maquinaria está demasiado encorsetada en la intención de mostrarnos, con una intensidad basada sobre todo en las potencias de los intérpretes, la complejidad de un nudo emocional que habría necesitado algo más de carne y algo menos de artificio. Volvemos a estar ante una de esas películas en que la forma – el montaje, el cambio del color al blanco y negro, los silencios o el uso y abuso de los primerísimos planos- parece empeñada en demostrarnos el talento de su artífice que, a través de unos excesivos 135 minutos, nos lleva por territorios áridos y pedregosos. Entre ellos, también, la lectura política de la historia que se está rodando y que, sin embargo, acaba siendo un simple decorado. Pareciera que en cada una de las reescrituras del guion, sus creadores hubieran necesitado una vuelta más de tuerca para dejar en evidencia que estaban contando, pese a su evidente cotidianidad, una cosa importante. El tema.
Si bien la película tiene algunos momentos que justifican las críticas ditirámbicas – el momento del desayuno en el buffet del hotel, el rodaje de la escena en la que vemos el verdadero rostro de Esteban, incluso el encuentro de los dos protagonistas que abre la historia - , el conjunto peca, a mi parecer, de estar más cerca de un artefacto que de una obra con alma. Planteándonos en la pantalla lo que suponemos es, aunque nos falten muchos datos, una historia de cables de alta tensión, de heridas sin cicatrizar y de abrazos sin dar, el resultado carece, sin embargo, de la fuerza emocional que debería zarandearnos como espectadores. Es decir, una película que se supone que habla tanto de afectos, de emociones crudas o de espacios tan llenos de grietas como los vínculos familiares, no consigue removerme, por más que haya momentos puntuales en los que mi corazón, casi helado, sufre una ligera sensación de escozor.
Ni siquiera las meritorias interpretaciones de todo el reparto consiguen ese zarandeo que siempre espero de una buena película, y eso que Javier Bardem y Victoria Luengo mantienen varios pulsos difíciles de olvidar. Sin embargo, mientras que el primero me hace llegar toda la oscuridad, y también la vulnerabilidad no reconocida, del hombre con poder que no sabe pedir perdón, Luengo está demasiado atrapada en ese personaje que tantas veces hemos visto interpretado por ella. Hay algo en su rostro sufriente, tan almodovariano, que me impide encontrar la verdad, algo de verdad. Es decir, en su mirada siempre veo “el tema” y eso me impide captar a veces las contradicciones que la están quemando viva.
El ser querido, en mi opinión, está lejos de ser esa película a la que la crítica, en general, ha puesto tantísimas estrellas. Una operación que últimamente me deja perplejo y que me hace pensar en cuánto de maniobra de lanzamiento hay en muchas alabanzas. Por supuesto que merece la pena verse y cuestionarse, aunque solo sea por confirmar, una vez más, la bestia interpretativa que es Bardem, y aunque al producto en su conjunto le sobren valores técnicos subrayados y le falte más desnudo valor sentimental. Tal vez, en fin, y es solo una hipótesis, lo que podría haber sido una película con más Peña y menos Sorogoyen.
Sobre este blog
Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.
Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.
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