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Sobre este blog

Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.

Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.

'Testament': un viaje desde la estupidez a la esperanza

Octavio Salazar

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Sobre este blog

Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.

Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.

Jean Michel Bouchard, encarnado por un estupendísimo Remy Girard, es el prototipo de hombre viejo que, a diferencia de lo que le suele pasar a muchas mujeres de su misma edad, se enfrenta al final de sus días entre la melancolía y el hastío. Con un pesimismo que le impide mirar hacia el futuro y con el peso de una soledad que ha ido trabajándose a lo largo de los años. Un hombre, como tantos, que no ha sabido crear vínculos, que es incapaz de reinventarse y que sabe que nadie lo llorará cuando muera. Impecable con su traje de siempre, con la corbata que parece anudar las emociones, severo desde su atalaya de intelectual, acostumbrado a pagar a cambio de afecto. Un tipo que, siendo un privilegiado (como lo demuestra la residencia/apartamento en que vive), siente no solo que es un sujeto en la etapa final de su vida sino que el tiempo que está viviendo ya no es el suyo. A través de él, y de los subrayados con que su voz en off nos va mostrando los dilemas y las certezas del personaje, el canadiense Denys Arcand articula una película que sabe justamente a lo que anuncia su título y en la que una vez más el director canadiense nos da una bofetada de realidad. Con muchos toques de comedia y sarcasmo. Siguiendo la estela de títulos tan imprescindibles como El declive del imperio americano o Las invasiones bárbaras.

Testament no es una comedia sobre la vejez, aunque también está llena de apuntes sobre esa etapa que en general los hombres gestionamos con menos sabiduría que las mujeres, sino que el momento que está viviendo el protagonista le sirve de pretexto a Arcand para mostrarnos un fresco de esta sociedad de guerras culturales, de causas identitarias y de compromisos cívicos que no son tales porque no articulan lo común sino la trinchera chillona de un grupo o minoría. Con su habitual carga irónica y por momentos humorística, el director no deja títere con cabeza y hace que veamos desnudo al emperador. Es decir, a los movimientos sociales que se han convertido en defensores de causas que generan ruido aunque carezcan de sólidas razones, a los medios de comunicación que son parte esencial en cómo se genera atención y espectáculo frentista, a una clase política que tiene asumido que la ciudadanía se deja llevar más por la apariencias que por la verdad o, en general, a un modo de vida en el que hemos normalizado que continuamente nos estén indicando cómo estar sanos y ser felices. Siempre en esa peligrosa línea que supone convertir en un régimen de verdad, perversamente moralista y moralizante, lo que se nos presenta como expresión máxima de nuestro ser libre y digno. La mirada de Testament sobre las políticas culturales (y no solo culturales), sobre la revisión de la historia en función de nuestra mirada contemporánea, sobre el feminismo entendido como nicho de mercado y como bandera supuestamente revolucionaria, sobre el activismo social liderado por quienes no sufren la marginación o sobre las identidades presentadas como la máxima expresión de nuestro ego narcisista, enlaza perfectamente sobre esa crítica que había ido dejando caer en su filmografía sobre unos estilos de vida, sostenidos en la democracia, pero que con frecuencia nos llevan al precipicio de la estupidez y hasta de una cierta tiranía. Esa que parece detectar Jean Michel en mundo en el que ha dejado de entender buena parte de lo que pasa y en el que, por ejemplo, asistimos al reciclaje de bibliotecas enteras a favor de unos videojuegos que, se supone, estimularán los sentidos y la cabeza de unos ancianos de los que el sistema se aprovecha y con frecuencia maltrata. Y es que el conocimiento ya no es lo que era. Ni la dignidad tampoco.

Pese a su demoledora crítica del mundo que nos hemos dado, y a lo incontestable de todos los momentos en que vamos mirándonos en un espejo que nos devuelve nuestra peor imagen, Testament no acaba siendo una película pesimista. Arcand nos concede un respiro y abre una pequeña gran ranura para la esperanza con un final feliz que nos reconcilia con lo mejor de nosotros mismos. Esa ranura tiene que ver justamente con todo aquello que Jean Michel había ido arrinconado a lo largo de su vida. Es decir, la centralidad de los vínculos y los afectos, la necesidad incluso de la bondad como única posibilidad de hacer la vida más vivible, la magia de los cuidados en cuanto creadores de esperanza en el futuro. Ese que adivinamos, aunque complicado, en el paseo final por un escenario otoñal en el que, sin embargo, Bouchard ha encontrado una posibilidad de reinvención en el compromiso hacia las generaciones futuras. Al fin, suponemos, liberado, o cuando menos a salvo, de tanta estupidez circundante y de tanta flecha apuntando a la diana equivocada. Como esa mujer mayor que decide volver al tabaco, al whisky y los dulces con mucha grasa y azúcar, tras haber comprobado que ni los buenos hábitos nos salvan de la muerte.