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Sobre este blog

Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.

Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.

'La luz': masculinidades sagradas

Fotograma de 'La luz' | MORENA FILMS

Octavio Salazar

7 de junio de 2026 19:45 h

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Como bien nos han enseñado los feminismos, las violencias patriarcales son un problema estructural que fundamenta y atraviesa una estructura de poder y un orden cultural que se sostienen sobre la masculinidad. No son el resultado de las acciones particulares de seres monstruosos sino la acción, finalmente encarnada en sujetos concretos, de una red que legitima el maltrato. De ahí que las respuestas penales, y por tanto individuales, y acordes, como no podía ser de otra manera, con las garantías propias de un Estado de Derecho, sean absolutamente insuficientes para atajar todo un entramado relacional que alimenta jerarquías y subordinaciones. De ahí también, claro, las impotencias de las leyes y la permanente frustración que genera la continuidad de los abusos.

Si hay una institución que a día de hoy encarne, en toda su amplitud, los esquemas propios de un orden patriarcal es sin duda la Iglesia Católica, reproductora durante siglos de la exclusión de las mujeres de los ámbitos de decisión y amparo para todo tipo de varones depredadores bien amaestrados en el arte de hacer valer su superioridad, con frecuencia disfrazada por las sotanas de la amabilidad y el amor al prójimo. En consecuencia, a cualquier demócrata debería resultarle dramático e insoportable que Estados constitucionales, y formalmente comprometidos con los derechos humanos, hayan mantenido durante décadas una suerte de inmunidad de esos espacios eclesiásticos, en los que tan habituales han sido y son las acciones al margen de lo jurídico. Como si se tratara de un espacio de inmunidad que con frecuencia ha acabado siendo un espacio de impunidad. Una realidad escandalosa que en nuestro país han encontrado amparo en una Constitución cómplice de la confesionalidad y, lo que es más terrible aún, en una izquierda absolutamente cobarde en su rol de poner frenos a los poderosos para garantizar la dignidad de los más débiles.

Una de las expresiones más brutales y escandalosas de ese poder eclesiástico ha sido y sigue siendo la pederastia, a la que solo muy recientemente hemos empezado a ponerle una frágil luz pública, y en la que confluyen todos los elementos que podemos identificar con esa megaestructura que es la masculinidad y que se traduce en la capacidad de dominio y abuso de quienes han sido investidos de una autoridad sobre todos aquellos que han sufrido una prorrogada minoría de edad. Si cualquier violencia es censurable y debería alarmarnos en cuanto sujetos convencidos de la igual dignidad de todos los que componemos la “familia humana”, mucho más lo debería serlo aquella que se ha desarrollado bajo la cobertura amable de los vínculos religiosos, en espacios donde supuestamente se cultivaban valores para la convivencia pacífica y que tenía como víctimas a los seres más desvalidos frente a quienes traducían en sus cuerpos trajeados la omnipotencia divina. El terreno del pecado, sí, pero también, y sobre todo, de los delitos más insoportables contra la integridad de los humanos.

Por todo ello, es tan de agradecer que justo coincidiendo con la visita del jefe del Estado del Vaticano a nuestro país se haya estrenado La luz, una de esas películas que generan incomodidad y que remueven conciencias. Algo en lo que siempre ha sido maestro su director, Fernando Franco, tan acostumbrado a mostrarnos los terrenos más pantanosos de la realidad, el fango y los interrogantes, la inquietud que es inseparable de nuestra categoría de seres crepusculares. Películas como La herida, La consagración de la primera o su anterior largometraje, la injustamente tratada Subsuelo, avalan una trayectoria singular en la que siempre ha sido fiel a su compromiso de narrador que con un bisturí deja al descubierto las tripas de nuestras miserias y pasiones. Nadie mejor que él, pues, para abordar esa manifestación de la masculinidad sagrada que se traduce un poder, el cual, en palabras del teólogo Juan José Tamayo, “empieza por el control de las almas, sigue con la manipulación de las conciencias y llega hasta la apropiación de los cuerpos”.

El mayor acierto de La luz es que coloca en el centro del relato a un cura pederasta que toma conciencia de sus atrocidades y que inicia un largo proceso de arrepentimiento, el cual acaba dando lugar a un desvelamiento público de lo que tantos silencios eclesiásticos han ocultado durante siglos. La interpretación de Alberto San Juan, que nos transmite hasta con los más pequeños gestos toda la amable perversión de un sujeto depredador como el Manuel que encarna, sostiene una narración que, aunque por momentos corre el riesgo de caer en lo didáctico, se eleva para mostrarnos, con toda su crudeza, las consecuencias irreparables de la violencia, la insostenibilidad de las tramas masculinas de poder que la han amparado y la necesaria distinción entre la esfera puramente moral de la que nos ubica en los límites de un Estado garante de los derechos. Mientras que en la primera, el arrepentimiento ofrece un margen – perverso diría yo – para el perpetrador, en la segunda no hay más autoridad que valga que la que emana de las normas que sancionan. Entre ambas, y ahí está lo terrible de todas las violencias machistas, la dificultad de reparar el daño provocado en la víctimas, tal y como bien se cuenta en esta película que nos lleva del desasosiego a la rebelión. Por no hablar del “pecado de silencio” repetido por tantos lobos con piel de cordero.

Con unas interpretaciones impecables de un reparto en el que están impecables Miguel Rellán, Pedro Casablanc o una María Galiana que en solo dos escenas lo dice todo, la última película de Fernando Franco es de esas que remueven nuestro alma cívica, que nos generan necesariamente un malestar al que tal vez no sepamos ponerle nombre. El que deriva de colocarnos en ese precipicio moral que supone empatizar con el Manuel arrepentido frente al que no cabe la balanza con el dolor de sus víctimas. Incluso el final que juega inteligentemente con el contexto tan andaluz de los penitencia pública nos zarandea como bien debe hacerlo cualquier creador con sangre en las venas. Ese que habita en el director de La luz, una película que nos evidencia que las sagradas masculinidades que son, sí, monstruosas, pero no como excepción, sino como la regla de una institución en el que parecen olvidarse las exigencias morales de pecar por acción pero también por omisión. Puro y duro patriarcado.

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Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.

Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.

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