Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Lee ya las noticias de mañana
Sobre este blog

—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

A la vuelta de la esquina

Gregory Peck en el papel de Atticus Finch, en la película Matar a un ruiseñor.

Javier Vilaplana

21 de septiembre de 2026 20:03 h

0

Septiembre tiene tanto de regreso como de huida: volver al hogar, ese algo que ni es un lugar determinado ni una rutina, pero que tiene que ver con ambas cosas; y seguir tratando de escapar de los fantasmas que acechan a la vuelta de la esquina, donde aguarda, moroso, el otoño con su melancólica mezcla de promesa y derrota.

Con septiembre, además, comienza el nuevo curso judicial. Permítanme que les haga una confesión: el otro día, al terminar una vista en la que actuaba como abogado de oficio, el magistrado, una vez que había salido todo el mundo de la sala, me reprochó haber empleado un argumento —no recuerdo ahora cuál— que, a su juicio, resultaba improcedente. Entablamos una acalorada discusión acerca de la relación entre la verdad y la justicia, entre los límites del proceso judicial y el derecho de defensa. En un determinado momento, el juez me espetó que si él hubiera estado en mi lugar habría actuado de otro modo, tratando de arropar su reconvención con una especie de generoso ejercicio de algo parecido a un sucedáneo de empatía. Yo, por el contrario, le dije que, si me tocara ocupar su posición en el estrado, probablemente actuaría como lo había hecho él, precisamente porque la empatía no consiste en colocarse en el lugar del otro —o, más bien, desplazarlo— para, desde esa recién colonizada posición, tratar de imponer el criterio propio.

Pregunten por ahí y seguro que muchos abogados y muchas abogadas les dirán que eligieron este oficio porque, en algún momento de su infancia o su juventud, se cruzaron con el ejemplo de Atticus Finch, el célebre personaje de Matar a un ruiseñor, y se quedaron prendados de su entrega, su dedicación, su defensa de grandes ideales, su valentía, su inquebrantable dignidad o su compromiso ético con esta profesión tan invivible como insustituible. Tal vez, incluso, les confiesen que uno de sus momentos favoritos de la novela —o de la magnífica película protagonizada por el inolvidable Gregory Peck— es cuando Atticus abraza a su hija, que solloza mientras le dice a su padre que no quiere volver a la escuela nunca más, y trata de explicarle en qué consiste la empatía con estas inolvidables palabras: “nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos”.

Sin embargo, acostumbrados como estamos a ponernos a nosotros mismos como principio, regla y fin de todo, tal vez no sepamos utilizarla correctamente: la empatía se practica, no se le exige al otro. Dicho de otro modo, se trata más de un deber —el de tratar de comprender, sentir y padecer como lo hace el otro, con sus circunstancias concretas— que de un derecho —el de demandar de los demás que nos entiendan o, incluso, el de imponerles a los demás nuestro punto de vista—. No obstante, me temo que devaluamos este término —que, de tanto usarlo, comienza a desdibujarse— cuando les exigimos a los demás que sean empáticos con nosotros —y no al revés—, o cuando, como en la anécdota que les contaba, hacemos la trampa de situarnos en el lugar de otro para, en vez de caminar como lo haría él con sus zapatos, sustituir subrepticiamente su mirada, sus convicciones y sus circunstancias por las propias de quien le ha quitado el sitio. Y no es así como funciona, pues con ese modo de proceder corremos el riesgo de que, en lugar de a Atticus, terminemos pareciéndonos a Procusto, algo así como su reverso tenebroso.

Según la mitología griega, Procusto —cuyo nombre podemos traducir como estirador— fue un posadero del Ática que acostaba a los viajeros que recalaban en su fonda en su temible lecho, en el que sus invitados debían encajar a la perfección: si el huésped era muy alto, para que cupiera con exactitud, le serraba las piernas; si, por el contrario, el visitante era de corta estatura, Procusto estiraba sus extremidades hasta que alcanzara la altura adecuada.

Exigir, sin más, que los demás se adapten a nuestro inamovible y valioso punto de vista —a nuestro lecho— y olvidar el ejercicio de ponernos en su piel. A eso se parecen nuestros días.

Por todo ello, este nuevo e incierto año judicial que ahora comienza, tan triste y esperanzado como los anteriores, bien podría servir para acostumbrarnos al, sin duda, exigente ejercicio de calzarnos los zapatos de los demás y no tanto a exigir que los otros se calcen los nuestros. Pero ese compromiso compartido solo puede comenzar por uno mismo: practicando la empatía, sin convertirla en una exigencia egoísta o unilateral dirigida a los demás.

Y todo esto, no solo por civismo, por los demás o porque se lo debamos a Atticus Finch. También por nosotros mismos, porque quedarnos encerrados en nuestro estrecho punto de vista hace que la experiencia de la vida se empobrezca. Y es que, como nos recuerda el sabio Emilio Lledó, navegando entre las ideas ajenas es como nos hacemos una idea más cabal del mundo. 

Por cierto, la sentencia se dictó unos días después de nuestra discusión. Me dio la razón.

Sobre este blog

—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

Etiquetas
stats