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—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

Desvelos

Ciudad de la Justicia

Javier Vilaplana

20 de octubre de 2026 19:53 h

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Imagine —querido lector, querida lectora— que un velo le cubriera por completo impidiéndole ver qué se va a encontrar una vez que se alce: no sabe si será hombre o mujer, morena o rubio; desconoce el color de sus ojos y el tono de su piel; ignora el código postal del lugar en el que le ha tocado vivir; y nada prevé acerca de su fuerza, sus habilidades, su inteligencia o sus posibles limitaciones y carencias.

En 1971 se publicó Teoría de la justicia, una obra que marcaría el discurso de la filosofía política durante décadas. Escrita por John Rawls, en ella se entiende la justicia como la principal virtud pública de una sociedad, el pilar sobre el que se construya una buena vida buena. Para el profesor de Harvard, los principios que organicen la sociedad deben garantizar que todos sus miembros, sin excepción, tengan iguales libertades básicas y una igualdad equitativa de oportunidades. Partiendo de esas dos exigencias, las desigualdades sociales y económicas —que no pocas veces dependen más del puro azar de lo que creemos— solo serían admisibles si redundan en el mayor beneficio posible de los miembros menos favorecidos de la sociedad, conforme al llamado “principio de diferencia”.

Por ejemplo, pagar más a determinados profesionales podría estar justificado si ese incentivo resulta necesario para que desempeñen un trabajo cuya realización mejora la situación de los menos favorecidos. Además, en un sistema fiscal progresivo como el que establece nuestra Constitución, quienes perciben mayores ingresos contribuyen en mayor proporción a financiar prestaciones y servicios públicos que pueden beneficiar especialmente a quienes más lo necesitan.

Precisamente, para justificar estos principios de justicia, Rawls plantea un experimento mental, una situación hipotética en la que personas razonables deben decidir en qué sociedad les gustaría vivir, imaginando su arquitectura social y jurídica partiendo, eso sí, de una “posición original” en la que se encuentran bajo el “velo de la ignorancia”: es decir, desconocen qué lugar ocuparán en la sociedad, su riqueza, sus capacidades o sus creencias. Esa inicial falta de información, sumada a la incertidumbre acerca de adónde podría conducirles la lotería genética o la suerte social, terminaría favoreciendo tanto la elección de principios imparciales que todos pudieran aceptar, fuese cual fuese la casilla de salida que les tocara en suerte, como el rechazo de aquellas reglas egoístas pensadas solo para favorecer una determinada posición particular.

Desde esta perspectiva, parecería razonable apostar por becas para el estudio porque uno podría nacer con capacidad y voluntad de aprender pero en el seno de una familia sin recursos; resultaría igualmente justo implantar un sistema de salud público suficientemente protector, ya que no es descabellado pensar que, al alzarse el velo de la ignorancia, uno pudiera haber nacido con una determinada propensión genética a sufrir un cáncer; tampoco parece reprochable imaginar una sociedad igualitaria entre hombres y mujeres, ya que, bajo ese velo, nadie sabría de antemano cuál podría ser su identidad de género; por último, ¿acaso no se antoja igualmente lógico que no haya casas sin gente y gente sin casas?

La teoría de Rawls, enmarcada en lo que se ha dado en llamar “liberalismo igualitario” —lo que, muy sumariamente, podríamos resumir en libertad e igualdad, si bien, y a la luz del principio de la diferencia, podríamos sumar la fraternidad—, ha sido objeto de innumerables análisis, ataques, alabanzas y reformulaciones, pero sigue ofreciendo un razonable punto de partida acerca de cómo organizar una sociedad justa: igualdad de libertades y derechos, igualdad de oportunidades, una red de apoyo para los momentos de infortunio de la vida o unas instituciones que eviten que el origen social determine nuestras oportunidades. Esta propuesta resulta más necesaria que nunca en estos momentos tan preocupantes en los que todo lo que creíamos incuestionable corre el riesgo de saltar por los aires.

Además, la obra rawlsiana tiene la virtud de hacernos reparar en que las ventajas genéticas o sociales con las que nacemos no constituyen, por sí solas, un mérito moral, toda vez que son netamente azarosas y no dependen de nosotros. De ahí que el mero hecho de haberlas recibido ni justifique mayores recompensas ni sea motivo para reclamar halagos: no hay más que fortuna y accidente en haber nacido con “genes de oro” o haber crecido en un hogar con “cucharas de plata”, por emplear la expresiva imagen del pensador canadiense Hillel Steiner.

Eso sí, imaginar —recurriendo al mítico velo de la ignorancia— que podríamos haber corrido distinta suerte y que, en tal caso, preferiríamos una sociedad más decente y empática con nuestra mala fortuna nos debería conmover y colocarnos junto a quienes han resultado más desaventajados en esa lotería genética y social que es venir a este diablo mundo. Se trata, en definitiva, de apostar por políticas con rostro humano, para que, más allá de experimentos mentales, las injusticias nos duelan y, sobre todo, le quiten el sueño a los que pretenden aprovecharse de nuestros desvelos.

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—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

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