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Sobre este blog

—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

Un verano con Averroes

Javier Vilaplana

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Sobre este blog

—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

Se le atribuye a nuestro paisano, el filósofo cordobés Ibn Rushd —Averroes— la conocida como “teoría de la doble verdad”, que se ha venido entendiendo bien como que es posible que convivan dos diferentes afirmaciones contradictorias pero que tienen su razón de ser en dos planos diferentes: la fe y la razón; bien como que solo hay una única verdad, si bien es posible acceder a ella a través de dos vías diferentes: el intelecto y la revelación religiosa.

Sea como fuere, y le corresponda o no a Averroes la paternidad de esta sugerente teoría, invocarla nos permite acercarnos a la realidad con prevención y distancia, sin dogmatismo, admitiendo no ya que mucho de lo que se consideraba sólido se desvanece en el aire, sino que puede haber otras verdades diferentes de las que esgrimimos o, también, que es posible descubrir diferentes maneras de acercarse a ellas. En definitiva, que pueden convivir dos o más posiciones sobre un mismo problema, singularmente cuando de cuestiones valorativas se trata, es decir, siempre que lo que tengamos delante sean problemas que no es posible zanjar mediante un simple —o simplista— “es verdad” o “es mentira”.

Un ejemplo clásico sería aquel que, partiendo de la afirmación “Bruto mató a César” —un hecho del que sí se puede predicar su verdad o su falsedad—, situaría a cada cual en la tesitura de realizar un juicio de valor de tal modo que, según su posición y convicciones, concluyera que Bruto había perpetrado un injustificado magnicidio o, por el contrario, había realizado un acto heroico.