Palabras envenenadas
Sobre este blog
—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?
— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.
Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.
— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?
—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.
—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.
Cada cierto tiempo, y de acuerdo con una caprichosamente irregular rutina, no está de más hacer algo tan subversivo como detenerse, dejar de correr —o de huir— y encerrarnos un rato en nuestra habitación propia, la cual, dado lo difícil que es conseguir una vivienda digna, resulta ser hoy más metafórica que nunca.
Puede servir este sano y cada vez menos practicado ejercicio para muchas cosas, que cada cual elija según su condición o el momento que le esté tocando vivir. Puede, incluso, que no tenga que servir para nada, lo que todavía es mejor porque de este modo se tiene la oportunidad de disfrutar de aquella “utilidad de lo inútil” de la que hablaba el añorado Nuccio Ordine.
Una de las tareas a la que puede uno dedicarse en ese tiempo perdido en el que se renuncia a seguir produciendo sin parar es la de cuestionarse si lo que decimos efectivamente lo hemos pensado nosotros, o, planteado de otra forma, la de preguntarse quién dicta las palabras que una y otra vez repetimos como si fueran nuestras, como si fuéramos sus dueños y las mismas obedecieran a nuestro pensamiento, libre y audaz.
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