El juego de la imitación moral
Sobre este blog
— Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?
— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, graduado en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.
Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.
— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?
— Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.
— Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.
El experimento es muy conocido: una persona dialoga con un algo y llega un momento en el que, en el discurrir de su conversación, le es imposible discernir si su interlocutor es una inteligencia artificial o un ser humano. En ese momento, la máquina —que, sin saberlo siquiera, ha estado jugando al juego de la imitación— ha superado el conocido como “test de Turing”.
Puede que tenga razón Jordi Pigem cuando propone que la sigla IA se traduzca como invasión algorítmica en lugar de como algo que no es —una inteligencia artificial—, y es que, efectivamente, la IA, sea lo que sea, se está extendiendo como una pandemia que amenaza con reemplazar cualquier decisión humana, reducida ya a un mero cálculo matemático —o peor aún, económico— de supuestas fortalezas y debilidades; como si lo que nos interesara, de verdad y cuando nos va la vida en ello, pudiera reducirse a ceros y unos.
Pero si dejar que un algoritmo —con sus sesgos, sus alucinaciones o los intereses ocultos de sus programadores— sea el que nos diga qué debemos considerar como verdad puede resultar una temeridad, más preocupante aún se antoja que una IA se ocupe de determinar por nosotros qué se debe hacer, o no, frente a un dilema ético, o qué resulta aconsejable acordar entre diferentes opciones políticas, situaciones ambas en las que no cabe hablar en términos de verdad o falsedad, sino más bien valorar si se trata de actos buenos o inmorales, o de propuestas justas o arbitrarias.
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