A la vuelta de la esquina
Sobre este blog
—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?
— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.
Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.
— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?
—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.
—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.
Septiembre tiene tanto de regreso como de huida: volver al hogar, ese algo que ni es un lugar determinado ni una rutina, pero que tiene que ver con ambas cosas; y seguir tratando de escapar de los fantasmas que acechan a la vuelta de la esquina, donde aguarda, moroso, el otoño con su melancólica mezcla de promesa y derrota.
Con septiembre, además, comienza el nuevo curso judicial. Permítanme que les haga una confesión: el otro día, al terminar una vista en la que actuaba como abogado de oficio, el magistrado, una vez que había salido todo el mundo de la sala, me reprochó haber empleado un argumento —no recuerdo ahora cuál— que, a su juicio, resultaba improcedente. Entablamos una acalorada discusión acerca de la relación entre la verdad y la justicia, entre los límites del proceso judicial y el derecho de defensa. En un determinado momento, el juez me espetó que si él hubiera estado en mi lugar habría actuado de otro modo, tratando de arropar su reconvención con una especie de generoso ejercicio de algo parecido a un sucedáneo de empatía. Yo, por el contrario, le dije que, si me tocara ocupar su posición en el estrado, probablemente actuaría como lo había hecho él, precisamente porque la empatía no consiste en colocarse en el lugar del otro —o, más bien, desplazarlo— para, desde esa recién colonizada posición, tratar de imponer el criterio propio.
Pregunten por ahí y seguro que muchos abogados y muchas abogadas les dirán que eligieron este oficio porque, en algún momento de su infancia o su juventud, se cruzaron con el ejemplo de Atticus Finch, el célebre personaje de Matar a un ruiseñor, y se quedaron prendados de su entrega, su dedicación, su defensa de grandes ideales, su valentía, su inquebrantable dignidad o su compromiso ético con esta profesión tan invivible como insustituible. Tal vez, incluso, les confiesen que uno de sus momentos favoritos de la novela —o de la magnífica película protagonizada por el inolvidable Gregory Peck— es cuando Atticus abraza a su hija, que solloza mientras le dice a su padre que no quiere volver a la escuela nunca más, y trata de explicarle en qué consiste la empatía con estas inolvidables palabras: “nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos”.
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