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—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

Palabras envenenadas

Imágenes de "El Golem", un cuento sobre el poder de las palabras, realizadas por Luz Soria y cedidas por el Centro Dramático Nacional. SOLO USO EDITORIAL

Javier Vilaplana

11 de mayo de 2026 20:04 h

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Cada cierto tiempo, y de acuerdo con una caprichosamente irregular rutina, no está de más hacer algo tan subversivo como detenerse, dejar de correr —o de huir— y encerrarnos un rato en nuestra habitación propia, la cual, dado lo difícil que es conseguir una vivienda digna, resulta ser hoy más metafórica que nunca.

Puede servir este sano y cada vez menos practicado ejercicio para muchas cosas, que cada cual elija según su condición o el momento que le esté tocando vivir. Puede, incluso, que no tenga que servir para nada, lo que todavía es mejor porque de este modo se tiene la oportunidad de disfrutar de aquella “utilidad de lo inútil” de la que hablaba el añorado Nuccio Ordine.

Una de las tareas a la que puede uno dedicarse en ese tiempo perdido en el que se renuncia a seguir produciendo sin parar es la de cuestionarse si lo que decimos efectivamente lo hemos pensado nosotros, o, planteado de otra forma, la de preguntarse quién dicta las palabras que una y otra vez repetimos como si fueran nuestras, como si fuéramos sus dueños y las mismas obedecieran a nuestro pensamiento, libre y audaz.

Basta una nada rigurosa o profunda investigación para descubrir que apenas manejamos un par de ideas —con las que, mal que bien, tratamos de salir a flote—, las cuales, por otro lado, ni siquiera serían originales, sino que, como en aquella aparentemente indescifrable y en realidad más que evidente película comercial de Christopher Nolan, alguien, interesadamente, nos habría inoculado de tal modo que, ufanos, nos creamos padres de la criatura intelectual de turno.

En la obra teatral El Golem, Juan Mayorga reflexiona acerca de cómo algo tan aparentemente inofensivo como determinadas palabras que se repiten una y otra vez sin apenas reparar en su significado —si es que se conoce o si es que lo tienen—, pueden terminar afectando seriamente a quienes las usan, cambiándoles la vida, modificando su condición. Algo así como un tenebroso sortilegio mágico que, como un fármaco, acaba por hacernos una persona diferente a la que fuimos antes de esa ceremonia de la repetición que aunque es tan vieja como el mundo, ahora se nos presenta envuelta con una nueva piel, virtual y atractiva.

Conceptos extravagantes, cuando no abiertamente indecentes, como ese que habla de “prioridad nacional” y que pregona a voz en grito un partido político que se intenta apropiar de jirones de banderas, de remedos de historias o de palabras que tampoco les pertenecen —como es el caso de su lema de campaña, en el que apelan al significante vacío del “sentido común”, lo que termina colocando, teóricamente, a todo aquel que discrepe de sus propuestas en el bando de quienes se enfrentan a la sensatez o al bien común—, los podemos emplear en alguna de nuestra conversaciones, pero apuesto a que no son palabras que decidida o voluntariamente hayan nacido de nuestra conciencia, y ello por la sencilla razón de que son palabras huecas que, como el veneno, solo sirven para generar pandemias del difuso virus del miedo; son palabras que, me parece, se compadecen muy mal con quienes vivimos en España, o lo que es lo mismo, con quienes nos esforzamos por convivir —mal que bien— en este Estado social y democrático de Derecho que se fundamenta en valores superiores como el pluralismo, la libertad, la justicia o la igualdad.

Estas palabras —lo reconozco— tampoco son mías, son del artículo primero de nuestra Constitución, la misma que impone a los poderes públicos en su artículo nueve el mandato de promover las condiciones para que la libertad e igualdad sean reales y efectivas, remover los obstáculos que impidan su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos —nacionales y no— en la vida política, económica, cultural y social.

Hay palabras, en definitiva, que nos hacen mejores personas que otras.

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—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

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