Mundiales
Se puede ser más o menos futbolero, pero es difícil discutir que acontecimientos como los mundiales —ocurre algo parecido con los juegos olímpicos— sirven para ir configurando, poco a poco, el calendario de recuerdos en el que, día tras día, se va convirtiendo nuestra vida.
El primer mundial del que tengo constancia plena es el de Italia 90. Tenía diez años y vi los partidos —no me pregunten por alineaciones o por resultados, ni me interesaban entonces ni tampoco ahora— en la pequeña tienda de electrodomésticos que tenía mi padre, concretamente en alguno de aquellos televisores con enormes tubos de imagen cuyos principales atractivos y novedades para la clientela eran que contaban con mando a distancia y que se veían en perfecto color, ideal para el verde del césped.
Ninguno de los dos era muy aficionado al “deporte rey”, pero cada cuatro años esa cita, aunque fuera de fondo mientras nos ocupábamos de otras tareas, iba marcando el paso del tiempo: los siguientes dos mundiales —USA y Francia— me pillaron en el instituto, el de Corea en la universidad y así sucesivamente con otros tantos momentos relevantes: mis primeros juicios, los primeros pasos de mis hijas, promesas incumplidas, peligros que no se materializaron, grandes derrotas y pequeñas victorias. Días de espinas y rosas.
Con el tiempo, vamos descubriendo que ni avanzamos en línea recta ni nos movemos en círculos. Casi nada en esta vida, aunque nos empeñemos, se deja atrapar en conceptos cerrados, y vivir parece que conjuga, entre otras cosas, un poco de aquellas dos alternativas: creemos que nos movemos hacia delante —y de alguna manera lo hacemos—, pero también volvemos una y otra vez a los mismos lugares y a los mismos momentos, que, aunque nos resultan familiares, ya no son exactamente iguales. Cada verano que retorna se asemeja y es diferente al anterior; cada invierno trae un frío que nos recuerda al pasado, pero que nos va helando de una forma desconocida hasta entonces. Pareciera, pues, que vivir es caminar en espiral, avanzar dando círculos, pasar una y otra vez por una casilla de salida que es y que no es la que creíamos conocer.
Este mundial, como todos, tiene su repetición y su novedad. Es el primero en el que mi padre no está. Y, por esta vez, sí que me doy cuenta de que ya nada va a ser siempre igual. Que la vida va en serio —escribió el poeta— uno lo empieza a comprender demasiado tarde.
Disfruten de este Mundial 2026. Habrá otros similares, pero pueden ser muy distintos a este. Lo de menos es el fútbol.
Sobre este blog
—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?
— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.
Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.
— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?
—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.
—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.
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