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Sobre este blog

—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

Un verano con Averroes

Imagen de Averroes.

Javier Vilaplana

15 de agosto de 2026 19:50 h

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Se le atribuye a nuestro paisano, el filósofo cordobés Ibn Rushd —Averroes— la conocida como “teoría de la doble verdad”, que se ha venido entendiendo bien como que es posible que convivan dos diferentes afirmaciones contradictorias pero que tienen su razón de ser en dos planos diferentes: la fe y la razón; bien como que solo hay una única verdad, si bien es posible acceder a ella a través de dos vías diferentes: el intelecto y la revelación religiosa.

Sea como fuere, y le corresponda o no a Averroes la paternidad de esta sugerente teoría, invocarla nos permite acercarnos a la realidad con prevención y distancia, sin dogmatismo, admitiendo no ya que mucho de lo que se consideraba sólido se desvanece en el aire, sino que puede haber otras verdades diferentes de las que esgrimimos o, también, que es posible descubrir diferentes maneras de acercarse a ellas. En definitiva, que pueden convivir dos o más posiciones sobre un mismo problema, singularmente cuando de cuestiones valorativas se trata, es decir, siempre que lo que tengamos delante sean problemas que no es posible zanjar mediante un simple —o simplista— “es verdad” o “es mentira”.

Un ejemplo clásico sería aquel que, partiendo de la afirmación “Bruto mató a César” —un hecho del que sí se puede predicar su verdad o su falsedad—, situaría a cada cual en la tesitura de realizar un juicio de valor de tal modo que, según su posición y convicciones, concluyera que Bruto había perpetrado un injustificado magnicidio o, por el contrario, había realizado un acto heroico.

Pues bien, todo esto viene al caso de lo imprudente que resulta, en tiempos como los que nos tocan vivir, aferrarse de manera inquebrantable a determinadas posiciones —porque muchas veces no son opiniones sino certezas inamovibles— respecto de algún que otro asunto sin reparar en que esas mismas posiciones pueden quedar condicionadas por el método o el lugar desde el que provienen o, más relevante aún, sin reparar en que no basta con hablar de verdad o mentira cuando de cuestiones éticas, políticas o de justicia en general se discute.

¿Eso quiere decir —como seguramente alguien tendrá la tentación de objetar— aquello tan chusco de que “todo es relativo”? No tiene por qué. Lo que se pretende poner de manifiesto es que cada cuestión de naturaleza política, judicial o ética no suele ni debería resolverse de manera definitiva con un “esto es así” —esto es verdad o eso es mentira—, sino que, me temo, exige un ejercicio continuo, un esfuerzo inaplazable y acaso interminable, de diálogo permanente —ojalá lo más razonable y humilde posible— que ayuda a que esa cuestión quede atendida, temporal y precariamente, durante un periodo y unas circunstancias determinados.

La doble verdad, por tanto, puede servir como fuente y pauta de convivencia, ya que permite que la discordia propia del pensar diferente sobre algo pueda coexistir con una “concordia divergente” tan adecuada para quien, como gusta repetir a Emilio Lledó, es capaz de iniciar una conversación partiendo de la premisa de que se puede estar equivocado, permaneciendo abierto siempre a cambiar de opinión después de escuchar, atenta y respetuosamente, las razones del otro.

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—Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, doctor en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

—Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

—Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

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