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Sobre este blog

— Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, graduado en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

— Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

— Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

'Influencers'

Una persona usa un teléfono móvil.

Javier Vilaplana

8 de marzo de 2026 21:08 h

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Nos sentimos cómodos con las dicotomías. Ya saben: el blanco y el negro, lo masculino y lo femenino, el bien y el mal. Es más, si tomamos como punto de partida una buena división binaria, no tenemos reparo alguno en aceptar o convivir con la aparente contradicción que resulta de sumar dos ideas antagónicas —por ejemplo “ataque preventivo” o “inteligencia militar”—, e incluso lo preferimos a tener que admitir que las cosas, o nosotros mismos, seríamos algo más o algo distinto que meros conceptos cerrados, acaso interminables procesos, innumerables relaciones o abiertos devenires que están en permanente cambio. Es decir, un algo que vive estando siendo —en duplicado gerundio— de tal modo que al estar en continuo tránsito no podemos ser solamente un algo opuesto a otro algo, sino que, muy probablemente, alberguemos dentro una agridulce mezcla. Y es que, ya se sabe, una misma sustancia puede ser, a la vez, un fármaco y un veneno. E incluso, para los físicos cuánticos, un gato —sobre todo si su dueño se apellida Schrödinger— puede estar vivo y muerto en el mismo instante.

Sin embargo, lo más cierto es que en ese maniqueo juego de suma cero que es ver el mundo en forma de lucha constante entre unos cuantos y sus aparentes contrarios —amos y esclavos, soberanos e intervenidos, nosotros y ellos—, resulta curioso el auge y el crédito que ha alcanzado la figura del influencer: alguien a quien nos apresuramos a seguir ciegamente y sin mucho cuestionamiento en un momento en el que, voluntariamente, nos dejamos atrapar por algo de lo que en otro tiempo —cuando parecía razonable afanarse en no caer en la red o en evitar quedar enredados en la tristeza— habríamos huido; un tiempo y un mundo en que, un tanto perplejos, sustituimos la piel y sus razones o las palabras y sus abrazos, por las ubicuas pantallas o los fulleros algoritmos.

Gritan “libertad” —esa novedosa y un tanto new age y engañosa facultad para tomar cañas allá donde nos plazca— o recomiendan no ser esclavos de las normas, de las instituciones o del derecho internacional, los mismos que, velada o abiertamente, no tienen empacho en exigir una fidelidad sin fisuras o un seguidismo incondicional. Algo así como una libertad teledirigida.

Las palabras bien podrían ser eso que Santiago Alba Rico ha calificado como un “poder sin fuerza”, de tal suerte que los discursos no necesitan tener detrás armas amenazantes para poder mudar el ánimo de quien los escucha —si bien eso no quiere decir que no haya quien resulte más convincente en una negociación cuando tiene la oportunidad de dejar su pistola encima de la mesa, justo al lado del teléfono móvil—; las palabras, que son solo soplos de aire, extraños dibujos trazados sobre un papel o pequeños símbolos que iluminan esas mismas pantallas de las que antes hablábamos, tienen, pues, la extraña facultad, casi mágica, de actuar como un sortilegio, conjurando el futuro o deshaciendo el pasado, declarando una guerra o —más raramente— sellando una precaria paz.

El influencer —que lo mismo propone una rutina de cuidado facial, que prescribe la última serie imprescindible, que firma documentos mientras hace gracietas sentado en un despacho ovalado dentro de su blanco palacio— juega con las dicotomías sin pudor alguno y enfrenta y divide el mundo entre buenos y malos, amigos y enemigos, vendedores y vendidos. Y mientras tanto, los demás le bailamos al agua con una mezcla de incredulidad y desconcierto, a veces también con una pizca de tímida indignación, pero sobre todo olvidando una de las principales reglas de ese juego tramposo de los conceptos binarios: que si hay un tipo que nos influencia, todos los demás quedamos reducidos a meros influenciados.

Sobre este blog

— Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, graduado en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

— Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

— Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

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