María Sotomayor, escritora: “El silencio y la culpa van juntas para todas las víctimas de abuso sexual”
A la escritora María Sotomayor (Madrid, 1982) le robaron una buena parte de su futuro en un sitio que se supone que debe ser seguro. Con sus familiares en la habitación de al lado, la mano de su tío recorrió zonas del cuerpo de una niña que la mano de un adulto jamás debe tocar. Tenía cinco años. La escena se repitió durante seis años, hasta que cumplió 11. El silencio y la culpa duraron muchísimo más. Aquellas manos desviaron su río. Y aquella niña tuvo que enfrentarse a cosas que, a priori, no le correspondían.
Todo eso está en Los cauces (Espasa, 2026), el libro con el que esta poeta madrileña, de vínculos cordobeses, ha abrazado la narrativa y la autoficción. Porque lo ha hecho sin orillar la poesía que ha marcado su trayectoria literaria, dejándola penetrar por el mismo canal por el que cuenta, a veces de forma directa, a veces de forma fragmentada, las consecuencias del abuso sexual infantil en el ámbito familiar. Un libro que ella se niega a tildar de terapéutico, aunque reconozca que necesitaba ser escrito.
Desde La Romántica, la librería de autora que ha abierto en la calle Pérez de Castro, en el centro de Córdoba, Sotomayor se sincera sobre su doble faceta actual como librera y escritora (en el pasado fue también editora). Y se muestra, dice que por primera vez en mucho tiempo, como capitana del barco con el que surca las aguas del cauce desviado de su vida.
En una habitación al fondo, en otro espacio seguro, una grabadora se enciende temprano una mañana y se apaga cerca del mediodía. Cuando se marchan los periodistas, la librera abre la persiana del negocio. A su ritmo. Justo lo que siempre había soñado.
PREGUNTA (P.). Si entrara Jeff Bezos por esa puerta y le tuvieras que explicar a ese señor qué es La Romántica, ¿qué le dirías que es?
RESPUESTA. Pues mira, es un espacio donde las cosas suceden despacio y lentas. Donde no tenemos la capacidad de llegar a todos los hogares en 24 horas, pero donde el trato con el cliente, es casi de amigos. Somos como una pequeña familia, con un trato que es totalmente directo. Entonces, ¿qué le diría? Pues que esto es la vida lenta a la que tendríamos que volver. Sin duda.
No creo en la escritura como algo terapéutico, sino como una catarsis
P. El anti Amazon, ¿no?
R. El anti Amazon.
P. Se sabe mucho de una persona por los libros que tiene en su casa. ¿Qué podemos saber de ti si nos damos un paseo por los libros que tienes en tu tienda?
R. Que soy poeta. Que me gusta la poesía, que reivindico mucho el trabajo independiente, que me parece además fundamental que también ocupe espacio en librerías y, sobre todo, en librerías independientes. Porque al final nos tenemos que retroalimentar los unos con los otros. Y bueno, que aquí hay libros maravillosos que no vas a encontrar en otros sitios, posiblemente en Amazon tampoco. O sea, independencia y y libertad.
P. Parece que aquí haces casi un trabajo curatorial entonces, ¿no? O sea, que de alguna manera conjugas la faceta de que ya tenías como editora con la comercial.
R. Mira, esa es una cosa que por ejemplo yo aprendí de la otra librería (La Semillera, en Madrid). Allí la idea era exactamente la misma. Lo que pasa es que en esa librería me negué a llevar bestsellers, superventas y comerciales. Aquí no están físicos en la librería, pero es una librería generalista que, si los pides, obviamente, te los traigo. Pero porque la idea romántica de librería no existe. Entonces, el nombre es precisamente ese, romper un poco la idea que tenemos de librería romántica.
P. ¿Por qué dices que no existe la idea romántica de librería?
R. Porque cuando pensamos en una librería, pensamos en lo bonito: en la librera o el librero que llegan en una bicicleta con cestita, con sus cositas y sus flores, entran a su librería, colocan los libros y tú llegas y te sientas a leerlo. Con tiempo. Y eso es imposible.
P. Es curioso porque, ahora que lo dices, yo cuando pienso en librerías, pienso en las librerías de barrio que había cuando nosotros nos criamos, ¿no? Que eran papelerías y librerías. Papelerías donde había una sección con libros y cómics. Y eso ya sí que no existe.
R. Eso sí que ha desaparecido prácticamente.
P. Ahora me pregunto quién escogería aquellos libros que había, si eran ellos mismos.
R. Aquí sí que podemos abrir un melón, eh. Ya estoy yo tirando piedras sobre mi tejado, pero bueno… Las distribuidoras mayoritariamente son las que te hacen la selección de los libros que tienes que tener. Tú puedes pedir. Dices: “pues quiero tener estos”. Y, entre esos que tú pides, te cuelan una selección que tienes que tener sí o sí. Yo, desgraciadamente, o afortunadamente, ahora mismo no estoy trabajando con grandes distribuidoras porque no he tragado con determinadas condiciones que exigían. ¿Y eso qué implica? Que me está costando mucho acceder a determinadas cosas. Porque hay libros que a los que yo no puedo acceder y que obviamente no voy a comprar en Amazon para venderlo luego aquí. Entonces, es complicado, porque, al final, te das cuenta de que las librerías son números para lo que son las grandes distribuidoras.
P. De hecho, tú conocerás a más de una y más de dos que se han arruinado precisamente por pedir a lo loco y por dejarse llevar por esa rueda de la que me estás hablando.
R. Claro, claro. Es que, además, es un juego de doble cara. O sea, te dejan depósitos maravillosos, llenan tu librería. Pero, si se te pasa una devolución de depósito un día, te llega la factura y tienes que pagar todo. No te la perdonan. O sea, no vayas a creer que le dices: “Ostras, se me ha olvidado esta...” No, no, no, no. Entonces, aquí ahora mismo todo lo que hay es en firme. Salvo eh una distribuidora independiente, que está en Málaga, que sí nos ha dejado un depósito y fue como un salvador de los primeros meses de la librería. Pero es muy difícil. Entonces, la idea romántica es muy complicada si no tienes una economía en la que te salga el dinero por las orejas.
P. De hecho nosotros venimos de contar en los últimos meses que cierra una librería aquí, que es algo que viene ocurriendo de cuando en cuando. ¿Cómo ves tú el sector librero? ¿Crees que nos vamos a tener que acostumbrar cada vez más a que queden, pues eso, una o dos librerías de este estilo en ciudades como Córdoba?
R. Una o dos ya me parecen muchas. Quitando obviamente Casa del Libro, Corte Inglés, y tal… Es muy complicado, Juan. Es complicado. Ten en cuenta que el porcentaje que nosotros nos llevamos de los libros es una cosa ridícula. Y, sobre todo, proyectos como La Romántica, como Anuba, como Ostin Macho, que somos al final autogestionado por una persona, sin un equipo detrás… Es complicado.
Si mi librería se tuviera que sostener ahora mismo solo con las ventas de los libros, sería imposible
P. Y todas al final tenéis que acabar convirtiéndoos casi en activistas culturales, ¿no? Programando actos sin parar.
R. Claro, sí. Mira, una de las cosas que yo tenía claras cuando abrí la librería, y creo que ya lo habíamos hablado, era que este espacio (la parte de atrás) iba a ser para hacer eventos, talleres, clubs de lectura, porque era una manera de que la librería se moviera de otra forma. Porque si la librería se tuviera que sostener ahora mismo de lo que son las ventas de los libros sería imposible. Y encima en Córdoba, con el tiempo que tenemos, que sabemos que hace un poquito de sol y la gente quiere irse a la terraza a tomarse algo fresquito. Es muy complicado traerlos a una librería que desconozcan.
P. Me gustaría saber qué has aprendido de los lectores ahora que tú eres librera y no solo lectora.
R. ¿Qué he aprendido de los lectores? Eh... que no todos tienen buen gusto... (Se ríe). No, no, por favor, sáltate eso... (Se lo piensa) Que son exigentes. Y que son exigentes y tienen menos paciencia. Pero, por lo que estamos diciendo, porque tienen otras plataformas donde, desde su casa, sin moverse, consiguen el libro que desean y lo tienen al día siguiente. Entonces, van a una librería a pedir el libro, el libro no está, le das un plazo de una semana, y hay muchos que no esperan. ¿Cómo competimos contra eso?
P. Claro, ¿cuántas veces al mes escuchas al típico que te dice, “no, si es que yo lo pido en Amazon y me llega mañana”?
R. Claro. O “dónde está la Casa del Libro, que voy a ir a comprarlo ahí”... Pues claro, eso… pica.
P. Claro, esto es un problema más grande, más largo. La impaciencia se ha instalado en nuestra sociedad, y yo creo que la impaciencia es incompatible con este mundo romántico del que estamos hablando.
R. Además, mira, otra cosa que he aprendido de los lectores es que estamos en una temporada en la que también leer cuesta trabajo. Cuesta trabajo concentrarte. O sea, cuesta trabajo también vender más libros porque a lo mejor la gente se tira con un libro tres meses. ¿Por qué? Porque estamos rodeados de estímulos por todos lados. Entonces, las lecturas que antes eran más fluidas, que eran para relajarte, para sentarte, ahora no lo son. O sea, tú te sientas a leerte un libro, llevas diez páginas, miras el teléfono para ver la hora, ves que tienes notificaciones y, cuando quieres coger el libro, han pasado dos horas y te has olvidado de las diez páginas. Tienes que volver atrás. Entonces, un poco toda esta inmediatez que nos rodea, nos afecta. Pero con todo, ¿eh? Con la música también creo que nos está pasando. Pero la inmediatez está matando el gozo genuino que era la lectura.
P. Yo es que como lector... y puede que sí, como consumidor cultural, me siento más estúpido que hace 20 años.
R. Más estúpido, ¿por qué?
P. Por lo que acabas de decir. Porque me cuesta muchísimo más prestarle atención a las cosas que me apasionan. Antes mi atención se iba inmediata hacia esas cosas y ahora tengo que luchar para enfocarme. Y no es solo por los dispositivos, en general, creo que sociedad y este ritmo de trabajo hipersuccionador de energía nos vuelve un poco más estúpidos.
R. Nos vuelve estúpidos, sí. Entonces, ahí también está la gente de la que nos rodeamos para que nos hagan menos estúpidos. Estamos en un momento individualista tremendo. Es que es tremendo el bombardeo del autocuidado, de no sé qué, de ir como los burros, así, sin prestar atención, ni tener cuidado para con el otro, que me parece fundamental. O sea, hagas lo que hagas, cuida a la otra persona; o sea, independientemente de lo que estés haciendo ¿no?
P. El boom este del autocuidado que simboliza muy bien el hecho de que lo comunitario haya pasado a otro plano dentro de nuestras prioridades.
R. Es que, si te das cuenta, si hiciéramos caso a todos los mensajes que nos dicen todos los días, a todas horas, no saldríamos de casa. Porque se supone que lo tenemos todo en casa. Podemos hacer calistenia militar en casa. Te puedes comprar unas bandas -que ahora me salen por todos lados- para la retención de líquidos desde el sofá, mientras estás viendo una serie, o estás escuchando un disco en Spotify, que te pone a Alexa sin moverte del sofá. Y estás leyendo y lo que puedas leer, te lo puedes descargar también. Y si te apetece leerlo así, sabes que al día siguiente lo tienes. Puedes pedir comida a domicilio. Puedes trabajar desde casa. O sea, si hiciéramos caso... No sé. Estaríamos todos en casa. O sea, es totalmente una distopía. Estamos en un capítulo de Black Mirror. Total.
P. Claro, yo llevo ya tiempo pidiéndole al dios del algoritmo que me mande una utopía, porque ya no me caben más distopías en mi cerebro atrofiado.
R. Pero es que cada día va a más. Y el cerebro se queda, pues eso: nos quedamos ahí como atrofiados, que lo acabas de decir. Totalmente. Medio secos. No sé, vivimos en una sociedad y en un momento que, hostia, los que sois padres me imagino que tiene que dar vértigo pensar en lo que vamos a dejar a los niños o a la gente que viene detrás.
He necesitado comprender que yo no era la culpable ni tenía que avergonzarme de haber sido abusada
P. Sí, a veces se te pasa por la cabeza lo que tendrás que decir si nos piden que rindamos cuentas mientras piensas en qué será de ella si le faltas.
R. (Risas)
P. Mira, ahora que hablamos de los pequeños. Me gustaría saber cuál era tu librería de referencia, si tenías alguna en Córdoba cuando venías.
R. A ver, yo cuando he vuelto a Córdoba ya era bastante mayor. Sí que había una librería cerca de mi barrio -yo vivía en Cinco Caballeros- que era librería-papelería. Fíjate, no me acuerdo del nombre, pero me traían los libros. En ese momento, claro, yo leía, pues bestsellers que salían. O La niña mala, por ejemplo, de Vargas Llosa, este tipo de cosas. Y claro, eran los libros que traía la librería papelería. No, no recuerdo otra en ese momento. Y después, ya más mayor, La República de las Letras. Cuando venía y necesitaba comprar algo era en La República.
P. ¿Fuiste muy lectora?
R. Siempre. Pero eso me lo inculcaron mis padres... sobre todo mi padre.
P. …
R. Mi padre… Mi padre estudió Matemáticas, pero era un lector como no te puedes imaginar. Yo no te puedo decir un número de libros que se leyera mi padre al mes. De hecho, cuando fallece mi padre y tengo que hacer la mudanza de su piso de Madrid, me dejé muebles porque no me entraban más libros. O sea, tenía que coger otro camión y fue como: “Mira, yo quiero terminar con esto”. Pero, para mí era más importante, llevarme todos sus libros y dejarme muebles ahí. Y lo de mi padre era bestial. Y una de las cosas curiosas, el primer libro que se vendió en la otra librería de Madrid, era uno de Pérez-Reverte. Porque mi padre era fanático de Pérez-Reverte. Cuando se abrió la librería acababa de salir el nuevo de Reverte, y el primer libro que yo compré como librera para tener en la librería, que obviamente no iba a tener, fue el de Pérez-Reverte. Que me lo llevé a mi casa, a la biblioteca de mi padre (Se queda un segundo absorta en ese recuerdo).
Sí. De niños, somos el reflejo de lo que vemos. Somos esponjas. Y, si tú estás viendo a tu padre leer y tu madre te grababa cintas de casete para cuando ella se iba a trabajar… A mí mis padres me montaron una biblioteca. Y pasábamos las tardes con nuestras fichitas, nuestros libros. Claro, imagínate también, hija única, entonces... me lo han puesto muy fácil en ese sentido. Ahora, si yo hubiera visto otro tipo de situaciones en mi casa con mis padres, pues igual estaba haciendo otras cosas.
P. Antes de hablar de Los Cauces, sí que me gustaría saber cuándo nace la poeta. Porque te he preguntado cuándo nace la lectora, ya me lo has contado, pero ¿cuándo nace la poeta? Porque en la biblioteca de tu padre, por lo que me estás diciendo, probablemente había más narrativa que poesía.
R. En la de biblioteca de mi padre no había nada de poesía. De hecho, creo que el primer libro de poesía que se leyó mi padre fue el primero que yo publiqué. No te puedo decir cuándo nace la poeta. Y me gusta no saber decírtelo, porque me parece que es una evolución totalmente orgánica. Yo siempre he sido muy inquieta, y siempre he tenido diarios. Esto parece que lo contamos todas, pero es que es común entre las que escribimos. Y yo he escrito mucho en diario, lo hablaremos ahora con Los Cauces, porque yo tenía muchas cosas que tenía que soltar de alguna manera y que no podía contar. O que sentía que no podía contar. Y las escribía en mis diarios, que los tengo guardados como si fueran un tesoro. Y luego, a mí siempre me ha gustado mucho la poesía, sin saber lo que era poesía. O sea, las emociones que te generaba, a lo mejor, ir por la calle y quedarte embobada con un árbol que se está moviendo. Entonces, creo que ha sido algo que ha nacido y crecido de manera orgánica. Y totalmente emocional, o sea, no te estoy hablando ya del papel, de sentarme a escribir un poema. Porque creo que la poesía está en absolutamente en todo lo que hacemos.
P. ¿Es una forma de mirar?
R. Está en la mirada, totalmente. Y en la capacidad de asombro. Totalmente. Es que, además si dejamos de asombrarnos, ya muertos por dentro.
P. No sé si has tenido la tentación de releerte o pasas de ello.
P. Me da mucha vergüenza. Soy muy tímida. ¿Qué pasa? Pues que soy muy consciente de lo que escribo cuando lo estoy escribiendo. Y, cuando va a salir el libro, paso como dos semanas de vértigo. De decir: “Ostras, esto va a dejar de estar en mis manos para estar en otras manos”. Pero también te digo: yo me sé mis libros de memoria. O sea, porque soy muy perfeccionista y tengo que estar muy segura de lo que de lo que saco. Pero eso de sentarme a releer mis libros… uy no, no, no. Es como venir a hablar de mi libro y me siento a leer. Me da vergüenza, o sea me da un poco de pudor.
P. Este año es el tercer libro que leo este año de una autora cordobesa que aborda el duelo. Además, cada uno es distinto, lo cual me gusta mucho. En tu caso, ¿ves la escritura como algo terapéutico?
R. (Se lo piensa) ¿Terapéutica? Sí, se podría decir. Pero, no sé, yo vivo mucha catarsis cuando escribo. Y sí es verdad que el duelo es algo que ha marcado casi toda mi escritura, porque he vivido con la muerte presente: la muerte de mi hermana, después la de mi abuela, más tarde la de mi padre… O sea, ha sido como una especie de encadenación de duelos, que yo he vivido de manera normal. Pero puf... ¿Terapéutica? Es que no me gusta la imagen de terapéutica bonita y romántica, porque para mí no ha sido así. Ha sido terapéutica, pero con una catarsis de la hostia, vamos.
La inmediatez está matando el gozo genuino que era la lectura
P. De hecho en la novela dices que escribir es estar doblemente desnuda. Me imagino que con Los cauces, ya ha sido, no quitarte la ropa, sino quitarte la piel y llegar al hueso.
R. Sí. Y además es como cuando te muestras eh vulnerable con otra persona, le estás entregando el poder hacerte daño. O sea, “tú sabes ahora mismo dónde me duele”. Y sí, este libro ha sido... He soñado en estos meses previos a la salida del libro constantemente que estaba descalza en mitad de la calle. Me siento un poco despojada de los secretos. Que, al final, todos tenemos secretos. Y tenemos que tenerlos porque yo creo que forman parte del ser humano. Pero, de repente, yo estoy mostrando absolutamente todo mi secreto y todo mi dolor... El hueso y el corazón. Y lo que no se ve. Están todos mis órganos de repente expuestos en una mesa.
P. ¿Querrías contarle a quien no haya leído Los cauces cuál es el resorte que activa el libro.
R. Sí, claro. La protagonista del libro se llama Marga, y es una chica que ha vivido una situación de abuso sexual en su infancia. Y trata sobre la búsqueda de la identidad hasta su vida adulta, pasando por diferentes momentos y otras violencias. Porque yo creo que es un libro de violencia también, aparte del duelo. Y el resorte ha sido mi propio abuso, porque un familiar abusó de mí durante seis años. Entonces claro, eso ha sido algo que me ha marcado, que ha marcado mi vida, que ha desviado mi cauce. Y necesitaba de alguna manera contarlo y normalizarlo.
P. Yo no he leído tus otros libros, entonces no sé si esa sombra que te han arrojado encima estaba ya también en la poesía previa.
R. Sí. Desde el primer poemario hasta el último. ¿Qué pasa? Que con la poesía tenemos la suerte de embellecer, de poder decir las cosas con otras palabras, no de manera tan clara lo hago aquí. Entonces, tú puedes estar leyendo un poema y te puedes imaginar mil cosas, mil situaciones. Pero claro, yo aquí ya te lo estoy contando, sin rodeos. Pero sí, en mi primer poemario Estoy gritando, me conocí de esa manera, yo ya abordo esto con otras palabras. De hecho, en ese momento, cuando lo presenté, hubo mucha gente que me preguntó si mi padre había abusado de mí. Y era como, “ostras”, o sea... Sí, ya la huella del abuso -y también la huella del padre con problemas que también está en este libro-, ya estaba en ese primer poemario. Y en todos mis libros está. Una cosa que yo hago con todos y que nota muy poquita gente, claro, es enlazar poemas y versos. Pasa con algunos de mi primero en el segundo, y en el tercero con respecto a los dos primeros. Hago una trenza, hay un puzle secreto en todos los libros, si eres capaz de juntarlos. Y no sé si seguiré escribiendo, si serán los últimos, pero, independientemente de que cada uno habla de una cosa, hay un foso que es el que es.
P. Sé que te ha llevado mucho tiempo escribir este libro. Leí en una entrevista tuya que diste en 2018 y ya hablabas de que llevabas cinco años con él. O sea, que han sido más de 12. ¿Por qué ahora?
R. Porque he necesitado eh comprender que yo no era la culpable y no tenía que avergonzarme. Ha sido un trabajo durísimo. Mira, estando en Madrid en 2019, esto era algo que estaba trabajando con mi psiquiatra y con mi psicóloga, el hecho de “suéltalo ya y normalízalo”. En aquel momento me apunté a asociaciones de mujeres víctimas de abuso sexual en la infancia. Y remarco mucho lo de la infancia. Y, por un lado, fue gratificante poder decir: “ostras, no estoy sola en las emociones”. Porque, esto que he estado sintiendo durante toda mi vida -que me he sentido rara, incomprendida- es que es normal, y son las secuelas de este tipo de situaciones. Entonces, ¿por qué ahora? Porque me he encontrado fuerte. Porque estoy fuerte. Y porque la muerte de mi padre a mí me hizo darme cuenta de lo importante, que es que la gente que quieres esté a tu lado.
Cuando murió mi padre, fue como si me cayera un meteorito. Aquello me explotó y pasé a otro plano. Yo he sido una persona muy doliente, muy quejumbrosa, muy de dar explicaciones todo el rato, porque sentía que las tenía que dar. Y muy complaciente. Y todo eso, de repente se acabó. Y dije: No, no puede ser así. Ahora toca hacer lo que toca: nos piden que señalemos y tenemos que señalar. Y, sobre todo, también decirle a la persona que está al lado, si lee el libro, que lo que le está pasando es normal. Y que no está sola y que tenemos y que hay redes de mujeres que te van a ayudar y que las busques y te apoyes en eso. Sobre todo, no estás sola y no eres culpable, porque lo de la culpa es un martillo en la nuca todo el rato.
P. ¿Cuánta de esa culpa habita en el silencio?
R. Toda. El silencio y la culpa van juntas. Sí, silencio y la culpa van juntas. Y el castigo... Sí. Y vamos a hablar ya de silencios. Porque aquí no solo están los silencios de la víctima, están los silencios cómplices de la gente de alrededor, gracias a los que la culpa crece muchísimo más. Porque, si tú estás viendo que hay un silencio generalizado, más culpa. O sea, tienes que ser culpable, si la gente de alrededor se está callando. Entonces, de repente estás cargando con tu culpa, con tus silencios, con los silencios de los demás. Y eso ya es una piedra que, hasta que no puedes romperla, puf, es tremendo.
P. De hecho, en el libro dices: “yo no me revictimizo, es que yo es que soy una víctima”.
R. Claro. Siempre vas a ser una víctima. Soy una víctima, sí. Y esto es como cuando eres alcohólico -mi padre era alcohólico y, cuando mi padre tuvo temporadas de dejar el alcohol, seguía siendo alcohólico-. Una persona que tiene adicciones las puede dejar, pero sigue siendo un adicto. Una persona que ha sufrido malos tratos físicos, psicológicos, emocionales, puede evolucionar, pero va a seguir siendo víctima. Y una persona que ha sufrido abuso infantil, que es de lo que estamos hablando, sigue siendo una víctima. Ahora, cómo enfrentamos las situaciones, cómo evolucionamos, cómo queremos quedarnos, eso ya está en la persona. Te puedes quedar ahí en el dolor toda tu vida y no avanzar, o puedes decir: “mira, hasta aquí”. Pero somos víctimas siempre.
P. Y es legítimo quedarse en el dolor también.
R. Claro, por supuesto. Es que tu dolor es tu dolor.
Reivindico mucho el trabajo independiente y me parece fundamental que también ocupe espacio en librerías
P. En el libro es verdad que hay episodios explícitos, pero, en general, me quedo con la impresión de que abordas más las consecuencias del trauma que el trauma en sí.
R. ¿Más las consecuencias del trauma que el trauma en sí? Sí, sí, sí. Totalmente. No lo había pensado así.
P. De hecho, me gusta mucho la narrativa fragmentada y antilineal que usas en el libro porque, al final, traduce la idea de que una víctima de un abuso infantil vive fragmentada.
R. Esto lo hablaba con Sara Torres, que fue la persona que me acompañó en la presentación de Córdoba. Y ha habido personas que me han criticado mucho el hecho de que el libro esté muy fragmentado y sea caótico. Tengo que decir que a mí no me da la sensación de libro caótico, pero lo puedo entender. Pero es que, efectivamente, es un poco la psique de una persona que ha sufrido abuso sexual. Y no puedes exigir que tenga una narrativa limpia, cronológica, y detallada. Porque es que no es así.
P. Eso que eso es un auto judicial.
R. Exactamente. Entonces, yo lo que quería contar sí eran los saltos entre edades y etapas y cómo, en cada edad, hay algo que te devuelve al primer abuso. Y si te sientas con cualquier persona que haya sufrido algo así, no te puede dar una narración limpia. O sea, yo no quería que fuera un libro limpio, narrativo, que no fuera fragmentado, porque mi cabeza está totalmente fragmentada. Ahora, cuando escriba de otras cosas que no sea autoficción, porque es un libro de autoficción -obviamente hay cosas que no suceden ni han sucedido y otras cosas que están basadas en una experiencia personal-, pues ya será otro tipo de escritura. Pero esta te tenía que ser así.
P. De hecho, es muy interesante y exigente al mismo tiempo que el libro se queda en un territorio neutro, que baila entre la poesía y la la narrativa. Es una decisión estética meditada, entiendo.
R. Es que, vamos a hablar claro: Si no miro con belleza lo bueno que he aprendido de algo tan devastador como es que un tío tuyo abuse de ti desde los cinco hasta los once años -que yo recuerde-, me marchitaría. Entonces, es que no tengo otra forma de mirar las cosas. Lo estábamos hablando, esto está dentro de la forma de mirar y no lo podría haber hecho de otra manera.
P. Aún así, me juego una mano a que has borrado muchas veces el material pensando que estaba demasiado estilizado.
R. He borrado muchas cosas porque estaba demasiado bonito. Cuando digo bonito, me refiero a que lo estabas leyendo y sí pensé: no quiero embellecer determinadas situaciones.
Si hiciéramos caso a los mensajes que nos llegan a todas horas, no haría falta ni salir de casa
P. Cuéntame tu experiencia con otras mujeres... y cómo han permeado en ti, y de ti hacia Los cauces.
R. ¿Otras víctimas, te refieres?
P. Sí.
R. Volvemos a lo que estábamos hablando segundos antes de embellecer lo feo. Te iba a decir que hablar con esas mujeres ha sido muy gratificante, pero, de nuevo, fue una catarsis pura y dura. Porque hay personas que no pueden avanzar ni van a avanzar nunca. Y ahí te das cuenta de la destrucción personal que es pasar por esto. Hay personas que no se van a reponer. Y lo estás viendo, igual que ves a otras que evolucionan, y hay situaciones que son muy crudas y muy crueles. Y claro, de todo eso sacas el lado gratificante. Entonces, es muy difícil y muy complicado. ¿Gratificante? Sí, pero... pero muy difícil.
P. Eso con las víctimas. Hablemos de las mujeres, en general. Porque estoy seguro de que, si cualquiera de nosotros saliéramos a la calle y cogiéramos cinco mujeres al azar, un mínimo de tres han sufrido algún tipo de abuso sexual.
R. Mira, una de las cosas importantes para mí de este libro es que alguien que lo pueda leer o que pueda acceder al libro, o por la entrevista o cualquier cosa, se pueda sentir identificada. Me gustaría que pueda identificar patrones y pueda hablar incluso ella misma en voz alta en su casa. Porque muchas veces el silencio es tan abrumador y la culpa... Volvemos a lo mismo, es tan abrumadora, que no eres capaz ni de decir en voz alta “me ha pasado esto”.
En la presentación de Córdoba, se acercó una chica, que además iba con su pareja, y esperó hasta el final. Era de Córdoba pero vivía fuera. Se acercó temblando, lo típico: “Fírmame el libro, no sé qué”, me dio un abrazo. Y ahí te das cuenta, porque además, entre nosotras, nos reconocemos. Y no hizo falta hablar nada. Le dije: “Mira, este es mi correo, si te apetece algún día hablar...”. Esa chica me escribió hace unos días para decirme que había denunciado a su abusador... Mira, es lo único que me emociona (se le saltan las lágrimas). Porque es algo que me he trabajado mucho de estar fuerte. Y sobre las mujeres... Pues, ¿qué te digo? Vivimos en situación de desigualdad total y se nos sigue negando. Sí es verdad que, gracias a nosotras, se están creando redes de compañía. Incluso para sentirte menos sola, para tener la capacidad de decir: “Puedo hablar”. Pero se siguen dando esas situaciones de las que hablas.
P. Invitar a romper silencio debería ser tarea de todos.
R. Sí. Porque hay que decir que este tipo de abusos prescriben pasados 36 años. Si a ti te ha pasado con cinco años y tienes 50, ya no tienes derecho a denunciar nada más, prescribe. Y ahora mismo, mientras tú y yo hablamos, una niña o un niño estará sufriendo abuso en su casa. Y a otra mujer la estarán maltratando, y otra mujer -que de hecho es algo que también trato en el libro-, se estará suicidando. ¿Por qué? Porque pasan estas cosas y esa mujer no puede denunciar. Bien porque no tiene los medios económicos, porque no se puede enfrentar a su agresor, o porque es tan duro el proceso de denuncia, tan desgastador, tan humillante, que prefieren acabar con su vida. Y hoy ya sabemos las víctimas que son asesinadas por sus parejas, por ejemplo. Nos lo dice la tele y los medios de comunicación. Pero, ¿tú sabes las mujeres que se han suicidado a consecuencia de algo así? Esas son víctimas que no cuentan, pero que están. Y ahí es donde tenemos que ir. En eso tenemos que enfocarnos. En que esas mujeres y hombres, que han pasado esto y que no saben cómo salir, sepan que hay una red.
¿Cómo lo vamos a hacer? No lo sé. Yo estoy como empeñadísima que esto lo tenemos que llevar a los colegios. Porque, claro, ahora mismo la protección al menor supuestamente ha mejorado -eso de observar, prevenir y acompañar-. Pero la realidad es que tú no puedes prevenir lo que está pasando en una casa. Ni lo puedes observar. Entiéndeme, puedes darte cuenta de que, a lo mejor, por una actitud de un niño hay algo detrás. Pero es que lo hemos hablado antes, los niños somos permeables. Y aquí volvemos a los silencios cómplices. Si tú te callas que ese niño o que esa niña está teniendo una actitud rara, estás siendo cómplice de algo que intuyes que está pasando. Qué está pasando, pues no igual lo desconoces, pero ahí es donde tienes que ser firme y hablar.
P. ¿Tú mostrabas síntomas?
R. Totalmente. Claro, yo este tema lo he hablado mucho con mi madre. Yo, obviamente, he sido una niña muy buena de pequeña. Cuando digo obviamente, es porque suele ir con el paquete de abuso sexual. Hacía caso absolutamente a todo lo que me decían. Pero tenía muchos arrebatos de rabia. Me enfadaba... me enfadaba mucho. Yo no lo recordaba, pero se lo he preguntado y, claro, mi madre no ha querido entrar en muchos detalles. Y la entiendo. Pero un mes antes de que saliera el libro, hablé con la madre de mi mejor amiga de cuando era pequeñita. Lo típico, que los padres recogéis a los niños y cogéis a los amigos. Y le pregunté: “Esperanza, necesito que me digas cómo era de pequeña”. Y me dijo: “Has sido siempre una niña muy buena, pero tenías unos arrebatos de ira cuando te enfadabas que no eran normales”. Ellos en ese momento lo achacaban a que era hija única, a la presencia de una hermana que había muerto años antes, etcétera. Ellos lo achacaban a eso, pero sabían que a mí me pasaba algo. Entonces, ¡joder, claro! Claro que ves el comportamiento de un niño o una niña que está haciendo cosas raras. Lo ves igual que en una mujer. Y en un hombre.
P. ¿Te hubiera gustado denunciar?
R. Si este hombre a día de hoy no estuviera muerto, hubiera denunciado. Si hubiera entrado en el plazo de años. Sí. No lo hice en su momento por respeto a mi madre. Porque para mi madre sé que eso iba a suponer... pues la exposición de tener que decir: “Esto ha pasado”. Y le iba a hacer un daño horroroso. Y por mi padre. Pero, a día de hoy, ahora, con las herramientas que tengo, gracias a otras mujeres, lo hubiera hecho. Sí. O sea, estoy fuerte para haberlo hecho.
P. ¿Y existe justicia para...?
R. No. Si es que no nos dan ni siquiera la opción de reparación. ¿Cómo va a existir justicia?
Un maltratador o un pedófilo no pueden reparar el daño que le ha hecho a la víctima
P. ¿En qué sentido no hay reparación?
P. Un maltratador o un pedófilo no puede reparar el daño de la víctima.
P. En el sentido de que no puede devolverla al cauce, ¿no?
R. Claro. Y este tipo de personas no cambian. No creo que exista la redención. Lo digo totalmente... ¿Cuántos pedófilos han entrado en prisión y han pedido la castración química? Es que es una enfermedad. Con el tiempo, yo me he dado cuenta de que esta gente son enfermos. Como hay otras enfermedades, la suya es una enfermedad. Pero no justificable, porque estás haciendo daño a algo que es tan sagrado como la infancia. Y es tan antinatural... Pero no cambian. Igual que no hay hechos aislados. Esa es una de las cosas que yo más he pensado. Claro, yo de pequeña pensaba que la forma de quererme de mi tío era esa. Cuando creces, y ya ves cómo tú te relacionas con el resto de personas -ahí entra ya cómo te relacionas sexualmente, cómo piensas tú que el amor es-, empiezas a ver patrones.
Y yo estoy segura, pero vamos, me corto la mano ahora mismo, que yo no fui una víctima aislada. Por cómo se comportaba, por la facilidad con que lo hacía y, sobre todo, por la naturalidad. O sea, a mí este señor ha llegado a abusar de mí en mi casa, con mi madre, con su mujer, y con mi padre yendo a comprar el pan. Eso no lo hace alguien que lo está haciendo por primera vez. Y no cambian, no cambian... Fíjate, me encantaría hablar con algún pedófilo o algún agresor. Me encantaría tener la conversación que estoy teniendo contigo y que me explicara si son capaces de cambiar.
P. Antes hablamos de la utopía. Igual ciertas reinserciones son también eso. Lo que parece que tampoco cambia demasiado es el ciclo de la víctima. Es bastante similar en muchas de ellas, aunque haya muchísimos más matices.
R. Sí. Es muy parecido en todas. En la infancia o no en la infancia, o sea en todas las víctimas de abuso. Pero la infancia es muy importante, claro. Porque eso va a delimitar totalmente tu vida. El primer recuerdo que yo tengo, tenía cinco años. Pero, claro, mi cabeza muchas veces pensaba, sobre todo de adolescente, ¿me lo habría hecho antes, incluso de bebé? Claro, era una persona muy, muy cercana... Y mi hermana... o sea, fíjate que mi hermana murió cuando iba a cumplir 4 años, pero en mi cabeza ha estado siempre esa pregunta: ¿A mi hermana también se lo habría hecho? Porque, como te acabo de decir, estoy segura de que no he sido la única... Y joder, es que marca tu vida. Me he preguntado toda la vida quién hubiera sido yo si este señor no hubiera abusado de mí ¿Cómo me hubiera relacionado yo -y odio hablar así, desde el yoísmo-? ¿Qué clase de persona hubiera sido? ¿Hubiera estado casada, con hijos? ¿No hubiera tenido ese pánico a tener hijas... a ser madre?
P. ¿Qué te gustaría poder decirle a esa niña si tuvieras la oportunidad?
R. Yo creo que me he dicho tanto, durante tanto tiempo, que no me diría ya nada. Porque creo que está ya absolutamente todo dicho. Sí es verdad que la niña sale mucho, y al final, ahora se usa mucho lo de la niña interior. Pero yo soy una prolongación de esa niña... Creo que ya está todo dicho. Ni ella me tendría que decir nada, ni yo a ella. Simplemente, nos acompañaríamos, pero ya decirnos... Fíjate que yo, en las fotos que veo mías de pequeña, me reconozco. En otras etapas no. En otras etapas destructoras, porque tenemos etapas de autodestrucción absoluta, no me reconozco. Pero veo mis fotos de pequeña y me reconozco. Me reconozco en la yo de ahora. En la forma de mirar, en la sonrisa. Entonces no me veo desdibujada. Al revés. Ahora sí me veo, me veo yo.
Ser una víctima es como ser un alcohólico o un adicto, puedes evolucionar pero vas a seguir siendo una víctima siempre
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