Repartiendo pedidos en una de las ciudades más calurosas de Europa: la desprotección de los 'riders' en Córdoba
Caen las 15:00 de la tarde en el centro de Córdoba y los termómetros superan desde hace un rato los 40 ºC. El granito y el adoquín que predomina en la zona centro hacen que la temperatura suba incluso un poco más. Es el enésimo día de este verano en que la capital cordobesa está en aviso naranja por calor insufrible a la sombra. Para algunos sectores que trabajan en la calle -la construcción, por ejemplo-, la jornada está terminando.
Para los riders, esos repartidores que se cruzan la ciudad en bicicleta o patinete, la jornada está en su prime, pues comienza el reparto de comida, La escena se repite cada verano en una de las ciudades más calurosas de Europa. Mochilas térmicas a la espalda, botellas de agua sujetas con gomas elásticas y largas esperas a la sombra en distintos puntos del centro, donde se suelen juntar varios de los currantes que se la juegan pedaleando o circulando en las peores horas del día. Allí comparten agua fría, descansan unos minutos y esperan más pedidos conectados a la aplicación.
“Es un trabajo de mierda, pero al menos estoy contratado”, cuenta uno de ellos a este periódico. Wilson -nombre ficticio, nadie quiere poner su rostro e identidad y pronto entenderá el lector por qué- es hispanoamericano. Un tipo joven que lleva un par de años en Córdoba, en los que solo ha trabajado en la construcción y en el reparto. Él, como el resto de sus compañeros, reparten en una ciudad en la que se plantea una paradoja.
Porque en Córdoba, desde el año 2020, los riders están adscritos al convenio provincial de hostelería —una singularidad respecto a otras provincias españolas, donde existe un convenio estatal específico para el sector—. Sin embargo, esa circunstancia no implica que dejen de trabajar durante los episodios de calor extremo, como si pueden hacer, por ejemplo, los camareros que sirven en las terrazas que no están correctamente aclimatadas.
Dentro del convenio de la hostelería, pero sin algunas de las mejoras
Desde CCOO de Córdoba explican que la prohibición de trabajar al aire libre cuando existen determinadas alertas meteorológicas no deriva del convenio colectivo de la hostelería, sino de una normativa específica sobre prevención frente a temperaturas extremas incorporada en la última actualización del convenio provincial. Los repartidores, aclara el sindicato, se rigen por la normativa general de prevención de riesgos laborales, igual que cualquier trabajador que desarrolla su actividad en el exterior.
Eso significa que las empresas están obligadas a garantizar medidas preventivas suficientes: acceso a agua fresca, ropa adecuada, protección solar, descansos y organización del trabajo para minimizar la exposición al calor. Si esas condiciones no se cumplen, el trabajador puede comunicar que su salud está en riesgo e incluso poner los hechos en conocimiento de la Inspección de Trabajo. La teoría, sin embargo, choca con la realidad de un sector profundamente precarizado y en el que, años después de la Ley Rider, sigue dando lugar a situaciones que escapan a la legalidad.
Siempre en la calle
María —nombre ficticio— lleva un año y medio trabajando como repartidora. Los pedidos le entrand de aplicaciones como Uber Eats y Glovo, aunque su contrato no es con las plataformas, sino con empresas especializada en reparto. Es el único empleo que ha tenido desde que llegó a España. Explica que durante las semanas más calurosas, como esta misma, los pedidos disminuyen porque mucha gente se marcha de vacaciones, aunque la franja del almuerzo sigue concentrando buena parte del trabajo.
“Ayer estuve de una a tres y media de la tarde y a las tres y media había 44 grados”, relata la joven, que, cuando no tiene encargos, busca un árbol o cualquier rincón con sombra. Porque quedarse en casa no es una opción. “Nos exigen salir de la casa. No podemos esperar los pedidos allí”, explica. La razón está en la propia aplicación: el GPS controla continuamente su ubicación y la empresa sabe si te mueves o no. Esa obligación convierte buena parte de la jornada en tiempo de exposición al calor, incluso cuando están quietos y no están realizando repartos.
Una novedad de este año, eso sí, es que las empresas han proporcionado material específico. Marco —también nombre ficticio— explica que este verano recibió un pequeño kit compuesto por crema solar y un bote de pastillas isotónicas. “Es lo único que nos dieron”, resume este otro repartidor, que, como María, suele recibir agua en los establecimientos donde recogen los pedidos.
Trabajar cuando nadie quiere salir
“En todos los locales nos dan agua. Nunca me la han negado”, dice la joven, que cuenta que la lógica del negocio juega precisamente contra quienes realizan el reparto. Las horas de mayor demanda coinciden con aquellas en las que la población intenta evitar salir a la calle. “La gente pide comida precisamente para no tener que salir al sol”, resume María, que no puede evitar reconocer que falta una cierta empatía entre algunos usuarios.
Pese a ello, asegura que esa circunstancia no se traduce en mayores ingresos. “En invierno dan más propina que en verano”, asegura la joven, que recuerda que el pico de trabajo de este año fue durante el temporal de febrero, con lluvias torrenciales, y en el que, según asegura, cobraron muchas más propinas -“a la gente le da más pena que te mojes”, cuenta-.
A su lado, Ramón asiente. Lleva tres años trabajando como rider. Él y María están contratados por efecto de la Ley Rider. Eso significa que sus salarios ya no dependen exclusivamente del número de repartos realizados, como ocurría hace años cuando Glovo tiraba de falsos autónomos. Ahora trabajan contratados y cotizando a la Seguridad Social, aunque algunas plataformas siguen ofreciendo incentivos puntuales por completar determinados objetivos de entregas.
Hay otros compañeros, los que se niegan a hablar, que están en otra situación. “No tenemos papeles”, explican algunos de ellos cuando se acerca el periodista, aunque vaya sin cámaras ni micrófonos. Se niegan a exponerse lo más mínimo, conscientes además de que, si no tienen regularizada su residencia en España, no deberían estar trabajando.
Cuentas alquiladas
La realidad de las plataformas de reparto continúa mostrando importantes bolsas de economía irregular. En algunos casos, trabajadores extranjeros sin autorización de residencia o trabajo consiguen acceder directamente a las aplicaciones. Un ejemplo reciente se produjo en Sevilla, donde la Inspección de Trabajo concluyó un expediente con una sanción de 847.640 euros a Glovo por emplear a 64 trabajadores extranjeros que carecían de autorización para residir y trabajar en España.
Pero existe otra práctica que permite a los migrantes llevar la comida a las casas pese a no tener papeles: trabajadores que alquilan la cuenta de otro rider con documentación en regla. Es la única forma que encuentran para obtener ingresos mientras regularizan su situación administrativa.
Así, trabajan utilizando el perfil de otra persona, de modo que quedan completamente invisibles para cualquier sistema de prevención laboral. Si un repartidor contratado recibe, al menos, un pequeño kit con crema solar o pastillas isotónicas, quienes trabajan con cuentas alquiladas ni siquiera tienen acceso a esas mínimas medidas. Si se estrellan con el patinete, si sufren un golpe de calor, están solos. Su única protección es el agua que consiguen en los establecimientos, la sombra de los parques y la ayuda mutua entre compañeros.
El miedo a denunciar
Para CCOO, el principal problema es la enorme vulnerabilidad laboral del colectivo. El sindicato reconoce que todavía existen muchas dificultades para que los repartidores denuncien incumplimientos en materia de prevención.
“No tienen una situación fácil. Hay personas trabajando con cuentas que no son suyas, personas sin regularizar... Cuesta muchísimo que denuncien”, indican desde CCOO. Lo cierto es que tampoco lo hacen públicamente. Eso sí, alguno de los que no quiere hablar, sí que tiene tiempo de bromear: “¿Riders nos llamas?”, le espeta al periodista. “Yo pensaba que éramos repartidores”, remata con una sonrisa.
Todos los repartidores entrevistados para este reportaje, salvo uno, proceden de países de Hispanoamérica. Y es curioso que sea precisamente uno de ellos el que denuncie la perversión del lenguaje “anglofriendly” con el que se aborda este fenómeno, que ha cambiado de arriba a abajo el sistema de reparto de comida a domicilio en todo el mundo, y también en una de las ciudades con las temperaturas más elevadas del continente.
0