Cinco razones por las que tiembla el Córdoba

Piovaccari levanta a Andrés en el partido ante el Lugo | ÁLEX GALLEGOS

Las caretas cayeron al suelo el domingo pasado en El Arcángel, donde la cruda verdad se mostró sobre el césped y tuvo su réplica en los lugares en los que suelen hablar los protagonistas después de los partidos. Los discursos en la sala de prensa y en la zona mixta dibujaron un panorama de lo más sombrío. Los tópicos habituales dejaron paso a una retahíla de disculpas, apelaciones a la profesionalidad y términos gruesos para definir una temporada horrible. “De mierda”, dijo Alfaro, uno de los capitanes. Otro de los portadores del brazalete, Fernández, hizo una descripción muy gráfica de sus sensaciones: “Sólo me queda ahorcarme”. Mientras, en la cúpula de la entidad impera el silencio. No hay declaraciones públicas ni más explicaciones a propósito de una de las peores campañas de la historia. Y aún quedan ocho partidos más. El Córdoba tiembla, por miedo y por debilidad, y el cordobesismo se estremece ante los acontecimientos que están por venir.

¿Qué dice la afición?

Ante el Lugo no hubo respuesta a la llamada a llenar las gradas después de otra promoción de entradas baratas. Menos de diez mil al empezar y la mitad al terminar. Más allá de los cánticos ácidos contra el presidente y dueño, Jesús León, y las mofas hacia los jugadores, se ha venido percibiendo un hastío generalizado que ha atacado como un virus. La unidad ante la desgracia del curso anterior ha dejado paso a la desbandada y el desapego emocional. No hay campaña de marketing que pueda con esto. El cordobesismo no se reconoce en este grupo de jugadores que, salvo excepciones, no ha estado a la altura. Los últimos partidos en casa se podrían jugar en familia.

¿Quién va a jugar a partir de ahora?

Rafa Navarro dijo hace unas semanas que solo jugarían los que entendieran lo que equipo se estaba jugando. Si fuera así, difícilmente podría juntar las fichas reglamentarias para competir. Tras perder la batalla colectiva llegará el momento de las guerras individuales. Hay quienes se buscan un contrato para el año que viene, sea en Córdoba o en otro lugar; los cedidos querrán hacer méritos para volver a casa. Resulta evidente que hay muchos que están deseando que esto termine para hacer las maletas y no volver a aparecer por aquí. El míster podría dar cancha ahora a jugadores que puedan servir para el futuro, algunos procedentes del filial de Tercera, que ya se ha quedado con mínimas opciones para pelear por un ascenso a Segunda B que no podría haber consumado con el primer equipo desplomado a la categoría de bronce.

¿Cuándo se cobra aquí?

El club debe dos nóminas -febrero y marzo- y el ambiente está enrarecido. Los jugadores viven en otra órbita, pero hay trabajadores de la entidad que están padeciendo la falta de ingresos en sus hogares. La vergonzosa situación entronca directamente con la peculiar gestión económica de la entidad en los últimos tiempos. Los traspasos salvadores de futbolistas se ejecutaron, pero la cuestión es que la liquidez no llega. El presidente, Jesús León, ya ha hecho saber a los profesionales de la entidad que está trabajando en el asunto. Pero de palabras no se come.

¿Quién construye el futuro?

“Hay que empezar un nuevo proyecto”, dejó dicho Rafa Navarro en la sala de prensa de El Arcángel tras el bochornoso episodio ante el Lugo. Perfecto. Así debe ser. ¿Pero quién toma las riendas? León podría comparecer públicamente en breve para aclarar algo al respecto, aunque no hay nada confirmado. Quizá aguarde a que quede certificada la defunción deportiva del Córdoba con la firma matemática. En cualquier caso, las dudas sobrevuelan al cordobesismo ante lo que puede suceder en los próximos meses. ¿Qué pasará con Rafa Navarro? ¿Y Berges en la direccion deportiva? ¿Cuánto van a tardar en desvelarse los primeros trazos del plan B? Si los encargados de reflotar la nave en Segunda B son los mismos que la hundieron en Segunda es algo que está por verse y que dependerá del punto clave: la propiedad.

¿De quién es el club?

A Jesús León le falta por abonar el último plazo de la venta del club a Carlos González: 4'5 millones a final de julio. El montoreño ha dicho en repetidas ocasiones que lo hará y el tinerfeño ha declarado en otras tantas que está convencido de que no podrá hacer frente a esa deuda. El pulso se recrudecerá seguramente en fechas próximas. León insiste en que no va “a vender” -algo que no puede hacer, pues no terminó de pagar y, en cualquier caso, necesita el beneplácito de González-, pero prepárense para que salgan a la luz ofertas de lo más estrambótico en las próximas semanas. El descenso del Córdoba a Segunda B ha devaluado el producto, que seguirá pudriéndose. Imaginen lo que puede ser el Córdoba, en pleno verano, sin un propietario definido y, por lo tanto, atado para maniobrar en el mercado y con sus puestos de dirección en el campo y los despachos sin cubrir.

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