Adamuz afronta el duelo colectivo mientras busca recuperar la tranquilidad
El accidente ferroviario de Adamuz del pasado domingo ha vuelto a recordar la fragilidad de la vida y que nadie es inmune a la tragedia ni al infortunio. Pequeñas decisiones y el azar se combinaron para que algunos viajeros fallecieran en el acto mientras otros lograron sobrevivir: cambiar de vagón para viajar con unas amigas, rechazar una invitación para ir a la cafetería. Aquella noche, ¿cuántas llamadas quedaron sin respuesta? ¿Cuántos móviles sonaron mientras sus dueños se debatían, en cuestión de minutos, entre la vida y la muerte?
Nunca antes Adamuz había estado tan presente en el foco mediático como en esta última semana. Pueblo tranquilo de poco más de 4.000 habitantes, no es habitual que esta localidad cordobesa acapare horas de emisión, páginas enteras y titulares en los medios de comunicación, y mucho menos en la sección de sucesos. Más allá de las muertes de dos temporeros a finales del pasado año, Adamuz no está acostumbrado a convivir con la atención constante de cámaras y periodistas recorriendo sus calles.
En el accidente del pasado domingo no falleció ningún vecino de Adamuz ni de localidades colindantes, pero haber sido la zona cero de la tragedia ha situado a sus habitantes en el centro de una noticia que los desborda. Como en otros puntos de España golpeados por el suceso —principalmente Huelva, donde residían 27 de las 45 personas fallecidas—, los vecinos afrontan este lunes tras dejar atrás una semana profundamente dolorosa, de la que tardarán tiempo en recomponerse.
Especialmente difícil está siendo el proceso para quienes participaron de manera directa en las labores de auxilio. No solo para quienes atendieron a heridos en la caseta municipal, sino también para aquellos que se convirtieron, de forma espontánea, en manos salvadoras entre el amasijo de hierros en el que quedaron convertidos los trenes siniestrados. Manos curtidas por los años y otras aún jóvenes, como las de Julio Rodríguez y José Cepas, dos amigos que estuvieron entre los primeros en llegar a la zona del siniestro. José relata a este medio que, tras atender a numerosos heridos del Iryo, corrieron hacia el otro tren, el Alvia, donde la necesidad de atención médica era urgente, llegando incluso antes que buena parte del personal sanitario.
Ambos presenciaron escenas difíciles de borrar, por lo que el apoyo psicológico se ha vuelto ahora imprescindible. A pesar de su valentía, José admite que todavía está “asimilando” lo ocurrido y que la primera noche apenas pudo dormir debido a la descarga de adrenalina. Su entorno familiar, especialmente su madre -quien también colaboró en las tareas de ayuda como miembro de Protección Civil-, ha sido un apoyo fundamental durante estos días.
Aquella noche de domingo, marcada por la incertidumbre, el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, ya avanzaba que la cifra de fallecidos superaría la veintena. Finalmente, el número de víctimas mortales rebasó las cuarenta, y se llegó a temer que los datos fueran aún más abrumadores. Por ello, se adoptaron medidas preventivas para habilitar más espacio en el Instituto de Medicina Legal, con capacidad para albergar hasta 61 cuerpos.
Cansancio y duelo colectivo
Este domingo, más de 700 vecinos de Adamuz y de otras localidades acudieron a la misa funeral celebrada en la caseta municipal. Para muchos, creyentes o no, fue una forma de buscar un cierre simbólico a una semana marcada por el dolor. Mari Gallego es una de esas personas profundamente creyentes. Cuenta a este periódico que esta es la segunda vez que una tragedia ferroviaria le toca de cerca. En la primera, los atentados del 11-M en Madrid, una de sus hijas viajaba en uno de los trenes de Cercanías. “A ella, gracias a Dios, no le pasó nada, pero una nunca se recupera. Yo soy muy creyente y recurro a Dios”, explica.
El sentimiento de agotamiento físico y emocional es generalizado entre los habitantes del municipio. Así lo confirma también un empresario local, propietario de una tienda de muebles, que relata cómo muchos clientes le confiesan la dificultad de retomar sus vidas tras haber vivido situaciones extremas. Según su testimonio, hay vecinos que llevan “hasta tres días sin dormir”, ya que, tras actuar movidos por la adrenalina en los primeros momentos, al intentar descansar aparecen imágenes traumáticas que les impiden conciliar el sueño. Para este comerciante, la recuperación pasará necesariamente por el apoyo mutuo y la comunicación: “La mejor psicología es hablar y compartir lo vivido”, afirma.
Para quienes estuvieron en primera línea, la necesidad de recuperar la rutina se ha convertido en un pilar fundamental. El jefe de la agrupación de Protección Civil de Adamuz, Sebastián Latorre, explica que el pasado martes regresó a su trabajo habitual en la Empresa Provincial de Aguas de Córdoba porque “necesitaba la rutina” y el contacto con sus compañeros para afrontar el día después. En su caso, los abrazos de familiares y amigos están siendo una parte esencial del proceso de sanación.
Aun así, el ambiente del pueblo ha cambiado de forma perceptible. Aunque la solidaridad sigue muy presente, el dolor se deja sentir en los espacios públicos. En bares y centros médicos ya no se percibe la chispa habitual, sino un murmullo constante que refleja un ánimo apagado y una tristeza compartida. Una sensación colectiva que marca el inicio de un largo camino de reconstrucción emocional, en el que el diálogo y el afecto se convierten en herramientas clave.
Para quienes han enterrado a sus familiares resulta imposible hablar del “¿y ahora, qué?”. El futuro más inmediato se reduce al siguiente minuto de sus vidas, a las preguntas sin respuesta que aún se amontonan en sus cabezas y a las miles de lágrimas que brotan de unos ojos ya agotados. Para estas familias no puede hablarse de futuro cuando su presente está destrozado.
Labores de limpieza en la zona cero
La normalidad comienza a abrirse paso, aunque sin trenes. El tráfico ferroviario tardará aún semanas en restablecerse mientras continúan las labores de limpieza y retirada de restos en el entorno de las vías. Los trabajos avanzan de forma progresiva y se han intensificado durante el fin de semana con la presencia de operarios y maquinaria especializada.
Este domingo ya no quedaba ningún vagón del Iryo sobre las vías: cinco han sido remolcados por Adif hasta Madrid y otros tres permanecen apartados de la línea férrea. Del Alvia tampoco quedan vagones en la zona y se están retirando los últimos restos del tren.
El despliegue técnico contrasta con la calma que anhelan los vecinos. Con el foco mediático desplazándose poco a poco hacia la recuperación material del entorno, Adamuz entra ahora en una etapa más silenciosa: la de asumir lo ocurrido mientras el día a día continúa.
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