Diario del Confinamiento | Una litrona, de nuevo

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Hacía años que no me compraba una litrona. Un litro de cerveza fresquita, con ese envase ergonómico que cuando lo agarras con una sola mano te hace sentir que ya eres adulto y cuando doblas el codo y te la llevas a la boca ejercitas los bíceps.

Una litrona luce mucho más en los días soleados si vas vestido con una camiseta de tirantes o, bien, una T-shirt de los Ramones con las mangas recortadas. Yo llegué a pensar que los muñecos clips de Famobil tenían las manos así porque los había diseñado un conspicuo bebedor de cervezas de a litro.

En mi barrio había una bodeguilla que ya no existe. Era un despacho de vinos en botella y a granel que los hijos del dueño mantuvieron, añadiendo un arsenal de cervezas fresquitas en su par de botelleros frigoríficos.

Allí acudíamos a tomar litronas –se bebían en la puerta, junto al jardín- unos cuantos colegas. Había algo social en aquello: nadie compraba un litro para sí mismo; se compartía; y luego otro, y otro; así acababas soplando más de un litro. Pero más elegante la cosa.

Y hablábamos. Los temas pivotaban, básicamente, sobre tres ejes principales: las chicas, el fútbol y los discos de rock.

Casi todas las chicas del instituto nos gustaban, había consenso; sobre el fútbol nos debatíamos en la sempiterna dicotomía Madrid-Barça (del Córdoba C.F. hablaban los mayores en el bar: eran los únicos que habían visto al club de la ciudad jugando entre los grandes). Sobre la música sí había más bronca: estábamos los rockeros enfrentados a los de la rumba “taleguera” y a los de la nueva ola amanerada de guardapolvos británicos.

La litrona parecía el mínimo común denominador.

Hoy he echado de menos aquel pasado; pero también, si se puede decir así, he echado de menos un futuro cercano donde será difícil compartir una litrona de morro en morro, bajándote la mascarilla con un dedo y discutiendo sobre del solo de guitarra de Stairway to heaven a dos metros de distancia.

Yo me he comprado una, después de mucho tiempo, y me la he zampado solito. No es lo correcto; pero no me ha visto nadie.

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