La ciudad que fue (y que está en el cementerio)

Un hombre frente al panteón de un familiar | MADERO CUBERO
Los cordobeses acuden a limpiar las tumbas y panteones de sus familiares por el Día de los Difuntos a unos cementerios que aunque parezcan callados son una fuente inagotable de historia

Dicen que la muerte iguala al hombre. Pero hasta en la forma de morir y en la forma de ser enterrado hay diferencias. Y singularidades. Y ha ocurrido, y ocurrirá, en todas las épocas. La mejor manera de comprobarlo es acudiendo a un cementerio, sobre todo en estos días en que las familias aprovechan para recordar a sus difuntos por la fecha tan señalada en el calendario.

Córdoba ha sido muchas cosas. Y los cordobeses que ya no están, aquellos que yacen bajo tierra, son capaces aún hoy de hablar para decirnos y para que imaginemos cómo fue la ciudad aquella en la que vivieron, en la que crecieron y en la que murieron y fueron enterrados. Las respuestas están en los tres cementerios que tiene la ciudad, cada uno con sus singularidades, pero quizás el más especial, por su historia y por lo que sus tumbas dicen, es el de la Salud, el más antiguo y hasta el más estético de Córdoba.

Un paseo por el cementerio de la Salud, aún hoy, es dar una vuelta por la historia de la ciudad que fue Córdoba. Y hasta la que sigue siendo. El camposanto de la Salud es quizás el que menos difuntos incinera (apenas un par de entierros al día) porque para ser sepultado allí hay o que ser propietario o ser musulmán. En la Salud ya no ha sitio para nuevos enterramientos. Los que son sepultados en el cementerio más antiguo de la ciudad han de ser propietarios de alguno de sus fastuosos panteones (algunos ya en ruinas) o de sus coquetos nichos (todos comprados en su día por sus propietarios “a perpetuidad”). La Salud es, además, el único cementerio en el que se puede enterrar a los musulmanes cordobeses que fallecen. Al fondo del camposanto, tras una barrera de cipreses, una pequeña porción de tierra acoge a varias decenas de difuntos musulmanes que reposan de lado mirando a La Meca. Muchos son conversos. Otros, emigrantes. Y hasta allí está la tumba de un musulmán pakistaní rico, propietario de una cadena de kebabs, que murió en Inglaterra y quiso ser enterrado en Córdoba.

El cementerio de la Salud es un rincón que rebosa historia, de la que se escribe con mayúsculas y también de la social, la más compleja de entender. Enormes panteones de aristócratas con esculturas de Mateo Inurria escoltan el paseo al lugar en el que reposan los inquilinos más famosos del lugar: los toreros Manolete, Lagartijo, Guerrita... Pero no los únicos. Los apellidos más ilustres de la ciudad se repiten en diversos panteones. Marqueses, duques, condes, políticos del siglo XIX, el fundador de la Electromecánica... Todos comparten un trozo de terreno, un cementerio. Todos nos cuentan desde su tumba algo de su historia.

Al final, en el antiguo osario, está la fosa común, en la que reposan los fusilados en la Guerra Civil y también los que eran ajusticiados por otros delitos. Un poco antes, descansan también los militares que lucharon en el bando franquista y murieron en la guerra, que están sepultados bajo dos enormes cruces. El cementerio de la Salud rebosa historia, hasta la más cruel. A apenas unos metros de distancia, en la zona de los nichos, está enterrado el último alcalde de Córdoba de la II República, el socialista Manuel Sánchez Badajoz. Muy cerca reposa un cordobés que fue el chófer personal del dictador Francisco Franco desde que dio el golpe de estado del 18 de julio de 1936 hasta que murió (la lápida no lo precisa) en el Ebro, poco antes de que acabara la Guerra Civil. No lejos de allí está también la tumba en la que descansa el coronel Cascajo, líder del golpe militar franquista en la ciudad de Córdoba, cerca también del lugar en el que se ordenaba fusilar a los que no eran afines al régimen.

Hoy, el cementerio de la Salud tiene más flores que otros años. Los trabajadores que lo cuidan y los que acuden a sacarse unos euros ayudando a las familias a limpiar las tumbas de sus familiares no saben por qué. Quizá la crisis económica no esté apretando tanto como otros años. O quizás es que hay más ganas de recordar. Sea lo que sea, el lugar está estos días más transitado que en ninguna época del año. Se acerca el día de los difuntos, que ya saben eso de que la muerte nos iguala a todos. O no.

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