Huesos

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Los huesos, como las palabras, sólo pueden entenderse en su contexto. No es lo mismo un hueso enterrado a escondidas junto a otros huesos, a la sombra de un olivo, tras la gimnasia del oprobio y la venganza, sin rastro, ni memoria, ni respeto al cadáver retorcido que fue su morada; que un hueso enterrado con honores, entre lágrimas, viuda, amigos, báculos y cámaras, bajo el mármol de un monumento construido con el sudor de los demás, con la fuerza del que nunca quiso emplear su fuerza para levantar aquella tumba del exceso, que vista desde la autovía es un faro inverso del que huir a nado si es preciso, alejarse cuanto antes de su brillo siniestro, de su oscura luz.

La muerte nos iguala, pero las tumbas vuelven a ponernos a cada uno en nuestro sitio. Si del nicho al mausoleo hay un paso, de la zanja al Valle de los Caídos hay un viaje por el terruño, un camino terco que luce como una cicatriz sobre España. Un turismo silencioso y desapasionado, tristón e interminable. Por eso quiero que me quemen, para que mis huesos no sean palabras que nadie entiende. Que me entierren en la memoria de la gente que me quiso. Traductores de mi existencia. Que me sepulten en sus conversaciones cotidianas, en sus chupitos de sobremesa, en sus matasuegras tras las campanadas. Ojalá tres o cuatro carcajadas en mi recuerdo en la mesa de algún bar del centro. Y luego el necesario olvido. No es el hueso lo que desenterramos cuando hablamos de memoria histórica, sino su contexto. No buscamos la palabra, sino el verso en el que fue escrita. Los adjetivos que la acompañaron. El sentido preciso de aquel poema inacabado que fue su vida.

No me urge sacar el cadáver de Franco de allí, lo confieso. Igual que con las banderas en los balcones o con los puños en alto, soy un ciudadano inmune a los símbolos. Franco ya no está y los que le añoran son una minoría trasnochada y alcanforada que, a estas alturas, me produce más curiosidad que enfado. Las miserias de su dictadura, su guerra, sus muertos, sus hostias, sus comisarías, sus valores, sus censuras, exilios y atrasos, no se borrarán por el aire que lamerá sus huesos. A su prosa no le faltaron palabras. Le sobraron, más bien. Y ahí quedarán para siempre en el baúl mohoso de nuestra historia.

Puedo entender que haya gente que se oponga. Porque hay gente a la que no le gusta molestar a los que ya están muertos, o que no ven necesidad, ni les enturbia aquel monumento trágico. Que sin ser franquistas, respetan el pasado. Que entienden que la mejor manera de avanzar es enfriando el dolor. Criogenización del ánimo. Gente a la que no le gusta que Pedro Sánchez se quiera poner una medalla a consta de esta herida. Que creen que el Decreto sustituye al consenso, que el espectáculo está por encima del diálogo, que todo esto es una fiestecilla revanchista inapropiada, oportunista, electoralista, desleal. Puro maquillaje para un Gobierno improvisado y efectista. Y de todo hay, claro. Pero también hay un tema que no es nuevo, que es una pretensión legítima, a la que se le puede discutir la forma, pero nunca el fondo.

Nací en 1980 y me han dicho que no soy nadie para cuestionar el franquismo. Que hablo de oídas. Que mi generación no está legitimada para dar lecciones. Soldaditos de plástico desordenados en el suelo. Cuando un español nace, antes que arrullos y patucos, se le regalan unas anteojeras como las de los caballos para no dejar de mirar hacia delante, como si el pasado fuera una amenaza que nos persigue y no un libro que nos explica no sólo de dónde venimos, sino hacia donde deberíamos ir. Para mí, remover el pasado, como menear la cuchara de palo en la olla, evita que se nos queme el invento. No entiendo el futuro sin lo que dejamos atrás. No es estatismo, es pura supervivencia. Migas de pan para internamos en el bosque.

Si me preguntan en la barra de un bar diré que lo que yo haría con el Valle de los Caídos es dinamitarlo. Reducirlo a escombro y humo. Ni monumento a la memoria ni ninguna otra apropiación igual. Ni Arlington, ni Auschwitz. Lo borraría como me borrarán a mí cuando muera. Ceniza. "Cruzo un desierto y su secreta desolación sin nombre", escribió Valente. Nada que celebrar, nada que permanezca. Un solar. Nada más español que un descampado donde poco a poco crezcan los árboles, se caguen los perros y los domingueros tiren latas de Mahou. Y que a la larga en el solar entren excavadoras y levanten allí un Ikea, o uno de esos blanquísimos centros comerciales, con su Burger King y su calzados Marypaz. Carrefour. 2x1. Comerciales de Movistar. Parejas discutiendo. Niños señalando escaparates. Que el tiempo haga su trabajo y engulla el paisaje con su mandíbula de cimientos y contrachapados. Qué importará ya. Franco, mientras tanto, estará bien en un cementerio municipal. A salvo de las grúas. Con una lápida siempre limpia y flores frescas. Que quien quiera le vaya a llorar. Lo importante eran los huesos. Su contexto. Y sin esqueleto en la basílica, todo vuelve a ser arquitectura y futuro.

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23 de agosto de 2018 - 16:39 h
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