El anillo de Mordor

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El urbanismo está de moda en la ciudad. Parece que se ha planteado hacer un nuevo PGOU, ayer mismo Ganemos organizó una jornada de debate denominada La Ciudad que Queremos, y ha vuelto la leyenda del anillo.

Creo que los planes de ordenación urbana debían tener menos importancia, y de hecho creo que así irá ocurriendo. Cada vez será más importante lo que hagamos con las cosas que las cosas que hacemos, los usos que los sitios. Claro que en un plan se habla de usos, pero para determinar los sitios y no al revés. Por cierto que se habla mucho de las viviendas vacías y la gente sin casa (cosa terrible), pero poco de la de equipamientos públicos que están vacíos, y lo están porque las instituciones no saben qué hacer, por lo que todo se convierte en una especie de subasta de despachos y teléfonos. Recuerdo a Pedro García del Barrio defender que el auténtico PGOU de la ciudad debía ser su estrategia cultural, así que debemos pensar que la ciudad es más o menos esto que vemos alrededor e imaginar cómo somos capaces de montar una fiesta renovable, inclusiva y sostenible. Y ellos que sigan con sus piezas y sus sistemas generales.

Apareció el asunto del anillo. Resulta que Córdoba tiene una maldición por la que si no cierra no sé qué anillo estará condenada a las mil catástrofes, como Barcelona o Málaga, que tampoco lo han cerrado y miradla las pobres. En su caso es producto de esa desgracia de nacer junto al mar, al ser ciudades costeras, su sistema de circunvalación tiene forma de V, al igual que Córdoba, en nuestro caso por ese fatal accidente que consiste estar en las faldas de una hermosa sierra.

Alguien le llamó a la cosa anillo y hábilmente nos generó una sensación de incompletud que nos está llevando a la tumba, nos levantamos por las mañanas con la sensación de que nos falta algo,  de que por algún resquicio se nos está yendo la energía y no lo terminamos de entender. Un círculo incompleto es una puerta al infierno y Lucifer nos exige 220 millones de euros para concluir esos 3,5 kilómetros que llaman Ronda Norte y que nos librará del Averno. Seguirán siendo 3,5 los kilómetros, pero los millones seguro que serán en torno a 300, una cantidad tan estratosférica como para llenar la ciudad de palacios de congresos, zonas verdes, espacios y actividades para la creación, equipamientos turísticos, y magnas procesiones. Renunciamos a eso y a la cosa tan infantil de adentrarnos en un bosque paseando por entre las casas de los ricos,  levantaremos un muro que nos protegerá de los encantamientos de las criaturas que allí habitan y nos dejará en la seguridad de estar dentro del círculo de la virtud, esa virtud que ha enriquecido a unos cuantos, destruido nuestro entorno y empobrecido a la mayoría. Por ahí empieza el debate.

Nota: Imagen de Córdoba en el 2.064 si no concluimos la Ronda Norte

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17 de mayo de 2016 - 11:00 h
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