La política vaciada

Ángel Ramírez

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Mucho se ha hablado desde 2014 de la nueva política, en demasiados casos con el apasionamiento de la cercanía o incluso el protagonismo en una realidad política que ha vivido cambios vertiginosos. El populismo como ideología y el recurso a las consultas para la toma de decisiones en sustitución de los mecanismos de representación como metodología han sido su tarjeta de presentación, una especie de entrada de la gente en la política frente a la elitista política de cuadros y negociaciones que caracterizaría a la transición del 78 y en general las concepciones de la democracia pluralista. No es difícil ver cierto paralelismo, salvando las distancias, con lo que ocurrió también en el primer tercio del siglo XX, con las masas emergiendo como protagonistas de la historia, tal cual efectivamente ocurrió en la Revolución Rusa, teorizó entre otros Ortega y Gasset en la Rebelión de las Masas, y poetizó García Lorca en El Público. Una transformación de signo originalmente progresista tanto en aquella como en esta ocasión, aunque no carentes de reacción, en el caso que nos ocupa y en lo que se refiere al espacio político con la emergencia de Ciudadanos y Vox.

Pero el paso de estos pocos años permite otras visiones del fenómeno, aún no sabemos si diametralmente opuestas, pero seguro divergentes. Lo que defendemos en este artículo es que lo que ha ocurrido en España en el sistema de partidos tiene un origen principalmente tecnológico más que ideológico, no se circunscribe al espacio progresista sino que es un cambio que afecta a todo el arco político, y que se caracteriza más por el vaciamiento de personas de los partidos y la conversión de los otrora activistas en usuarios, fans o consumidores, que por la integración de la gente en la política, como podría parecer en un principio.

Todo a un solo click

Vamos a comenzar por el final, el vaciamiento de los partidos. Las condiciones tecnológicas constituyen un marco de posibilidades determinantes para el desarrollo de cualquier institución, y la revolución digital ocurrida en las últimas décadas no para de generar transformaciones. Así, los partidos hasta la generalización del uso de redes y aplicaciones de mensajería necesitaban cuadros en los distintos niveles territoriales para tejer entramados que ocuparan el territorio, toda la estructura de delegados y direcciones en los distintos niveles respondía a eso. Era imposible desde la cabeza de la organización mantener activados, informados y disciplinados a los afiliados sin cargos intermedios que realizaran esa función. Esa necesidad provocaba una negociación de la capacidad de decisión, en definitiva del poder, que tenía como resultado cierta distribución (desigual) del mismo por toda la organización. Con el cambio tecnológico la capacidad de control desde un punto determinado ha aumentado significativamente. Un partido como los que referimos, con un mediano equipo vinculado a la dirección presente en los grupos de mensajería y redes puede controlar todo el partido sin necesidad de direcciones provinciales ni locales, o con direcciones provinciales y locales puramente testimoniales. Dificil no rememorar aquel panóptico de Jeremy Bentham, que Michael Foucault recuperaría en “Vigilar y Castigar” ( sugerencia para antropólogos, estudiar los interminables grupos de Telegram haciendo la función “patio de la cárcel”, espacios que facilitan el control de la dirección de las opiniones, complicidades y relaciones de las afiliados mientras ellos entienden que están haciendo participación política). Es el cambio tecnológico, no la ideología, lo que está cambiando los partidos, y son los nuevos partidos (Podemos, Ciudadanos, Más País y Vox) los que responden mas fielmente al nuevo modelo, sencillamente porque han construido su estructura adaptándose a él desde el inicio, son nativos digitales. No es la cercanía a Maduro o Lenin, sino la que tienen con Zuckerberg o Jeff Bezos la que explica los nuevos tiempos. La existencia en el Podemos inicial y después en Más País de gente con tradiciones resistentes al modelo explica buena parte de los conflictos que se han producido, siguen produciéndose, y todo parece, seguirán ocurriendo.

Emprendedores políticos

Los nuevos partidos son proyectos promovidos por unos emprendedores que consiguen “colocarlos” en los medios, construyen una marca y mantienen la menor estructura de personal posible en la periferia, maximizando la acumulación de poder en el núcleo promotor gracias a las tecnologías. En el fondo, el mismo proceso que lleva años ocurriendo en la venta de productos o servicios, aumentando la venta on line en detrimento de delegaciones, intermediarios y sucursales. El modelo es claramente así en los nuevos partidos, pero está también extendiéndose, al menos por lo que conocemos, al PSOE, y creemos que la transformación de los viejos partidos a la nueva política ya está en marcha. Impagables son las declaraciones de todo un presidente de Castilla-La Mancha como el socialista Emiliano García-Page refiriéndose a su partido: “solo hay un jefe para toda España, los demás estamos de monaguillos” (ElPaís, 08-06-2022).

Hablamos por tanto de partidos promovidos por activistas profesionales que controlan centralizada y férreamente la organización. En el caso de los partidos mas conservadores tanto el centralismo como el autoritarismo parecen haberse aceptado con cierta naturalidad y forman parte de sus normas de funcionamiento. En Vox, el Consejo Nacional hace las listas, nombra las direcciones provinciales, prácticamente mantiene todas las competencias básicas. Pero como tan bien reflejara el periodista Alvaro Ortega en eldiario.es el pasado 15 de junio en el reportaje “¿El efecto Olona se queda en efectillo?”, también las bases de Vox empiezan a levantar la voz ante el abusivo control que la dirección nacional tiene de todas las decisiones.  En el caso de los partidos más progresistas, con una “clientela” más sensible a los derechos de participación, dicho control se gestiona de otra manera, en ellos se mantienen una serie de rituales participativos que han sido aquilatados en el devenir de estos años para precisamente asegurar su mero carácter ritual, y que las derrotas de las direcciones convocantes de las consultas sean prácticamente imposibles.

Sin competencia interna

Porque, aunque pudiera parecer otra cosa, en dichas organizaciones apenas existe la competencia interna. Existe a modo de simulacro, pero las regulaciones a las que han llegado tras estos años hace que no podamos hablar de competencia. Nos referimos, entre otros,  a la inexistencia de marcos normativos estables, la generalización de los sistemas mayoritarios frente a los proporcionales en la elección de los órganos de dirección, y a los reglamentos aprobados ex profeso para cada votación, que hacen prácticamente imposible la emergencia de una alternativa en el interior de las organizaciones. De facto, la organización es propiedad del grupo promotor y solo escisiones en el mismo permiten cierto dinamismo. Por otra parte y ante la inexistencia de competencia, dicho grupo crece por cooptación, el mecanismo con el que se encuentran los aspirantes a formar parte del grupo dirigente.

Como podemos comprobar lo que está ocurriendo no es algo muy distinto de lo que ha ocurrido con las corporaciones de tipo económico, solo que nuestras exigencias democráticas a los partidos, organizaciones de interés general y fundamentales para el funcionamiento de la democracia, no son las mismas.

 ¿ Y qué hacemos con el compromiso político, el concepto de ciudadanía que, paradójicamente y ahora más que nunca, siguen manteniendo retoricamente? En la nueva política hay basicamente espacio para activistas profesionales o con pretensiones de serlo que ingresan en el grupo mediante estrategias de cooptación, o para seguidores que actúan como terminales/repetidores de los contenidos generados en el centro y en el mejor de los casos hacen tareas de disciplinamiento y control de las bases. Ciudadanos aportando en el espacio público, con la exigencia de su reconocimiento como sujetos apenas tienen espacio en estas organizaciones.

Así que del sueño empancipatorio protagonizado por las masas que prometían hemos concluido en organizaciones vacías, sistemas sociales al modo luhmanniano, puro conjunto de normas y mensajes vacíos de personas, y que precisamente por ello buscan ansiosamente imágenes en manifestaciones, concentraciones y cualquier aglomeración para crear una marca que oculte su principal característica, su vaciamiento. Como cabía esperar en una izquierda histórica construida en torno al concepto de compromiso, la primacía de lo colectivo y el sacrificio en beneficio del conjunto, esta propuesta que usa esos identificadores a modo de retórica pero realmente te ofrece unicamente actuar como el supporter de un equipo de fútbol, los problemas no han dejado de suceder.

Y en estas llega Sumar.

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