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Mis cajas de zapatos

Marian Castro

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Desde que tengo pleno uso de mis libertades creo que nunca he dejado que una caja de zapatos coja polvo en el interior del armario. No por el gusto de pasarle el plumero al interior del armario, sino porque una mudanza siempre te obliga a desempolvar y estar en  juicio constante de apegos y desapegos. Ya llevo varias (¿demasiadas?), sin duda, al paso de los años son más maletas, más equipaje, más cajas de zapatos y de recuerdos las que tienes que ir cargando de casa en casa. La experiencia, la vida, te va dejando nuevos objetos y tesoros que conservar. Pero sin duda, los más valiosos están muy adentro, esas cajitas de amistad y amores ahí conservadas en la memoria. 

Esa es la peor mudanza que uno enfrenta. Reordenar todo el CPU, el disco duro, para volver a ordenar y dejar hueco a nuevos proyectos, ilusiones... Quedarte solo con las personas de valor que demostrarán que son verdaderos tesoros con el paso del tiempo, porque resistirán cualquier nueva mudanza o años sin salir de ese rincón del altillo. No cabe la basura, la pelusa o el polvo en los afectos y apegos personales. Es ésta más necesaria que la limpieza de armario.

En el archivo personal van quedando nombres, tarjetas de felicitación, regalitos y recuerdos de los que uno no se puede desprender. Ese apego o afecto a lo que es valioso para nuestro corazón, nos convierte en personas más rica, en un mejor amigo de nuestros amigos, en libros con capítulos llenos de aventuras y anécdotas. Ese apego es el que duele en cada nueva mudanza porque esperas ponerle la etiqueta de frágil y que no se rompa en el barco mientras viaja de un puerto a otro como las copas de vino con las que brindaste en más de una fiesta de cumpleaños.

Hay personas que tienen la casa llena de trastos, que le dan valor a cajas de cartón vacías, sin buenos zapatos de piel... y sin embargo, se pasan la vida juzgando el fondo de armario de otros, o las mudanzas que hacen o no. Se atreven a decirte “yo haría encantado una mudanza” mientras que tienen apolilladas camisas y trajes en sus clóset. Para mudarse también hay que ser valiente, decidido, ordenado y congruente con lo vivido y los recuerdos valiosos de lo que uno fue, es y espera ser mañana. Yo guardaré esas cajas de zapatos -ya desempolvadas- con las que espero seguir caminando en otra calle, de otra ciudad, pero teniendo la misma sensación de sentirme en mi casa, en mi hogar, con mi gente.

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