Fez, el laberinto

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Fez no pasa como parque temático para el que quiera emociones musulmanas a un tiro de piedra de avión. Esta ciudad marroquí no juega a embelesar turistas. Está viva. Sufre, ama, expele olores y ofrece un corazón urbano medieval que acongoja a cualquier occidental incauto. Disfruta de un buen emplazamiento, en una campiña bien surtida de cultivos y agua del Atlas. Justo al sur del Rif y del Estrecho.

Fez tiene tres rostros: la zona antigua, intramuros, la judía y la ciudad nueva, afrancesada. Su corazón, su intramuros, está catalogado por la Unesco como la mayor zona peatonal urbana del mundo. Pero llamarlo peatonal es injusto por insuficiente. La Medina El Bali, el corazón del corazón de Fez, es más que eso. Semeja un intrincado intestino retorcido: cuajado de patios húmedos, callejas sin salida, colores, escaleras, cuestas, palacios y casas. Abrumador por sus comercios a pie de calle, en los que la mercancía no se expone, sino que invade la vía para hacernos sentir lo que se ofrece. En minutos se puede disfrutar desde el olor a hierbabuena de una tetería a la más horrible brisa de una curtiduría o de una carnicería donde se muestran los restos de animales entre briznas de sol y moscas. El laberinto, el zoco, no lleva a ninguna parte. Es concéntrico. Uno va para volver, como metáfora de vida.

Recuerdo una tarde de té en una plaza con olor a pistacho. El follón habitual cesó de golpe. Me obligó a mirar hacia un lado, subiendo una calleja, hacia mí, se dirigía una comitiva de unos diez hombres. Portaban, en camilla de madera, el cadáver de un vecino fallecido, en dirección a su tumba. El cuerpo yacía relajado, envuelto por el sudario con el que se entierran, sin cajas ni ataúdes, los musulmanes. Pasados cinco segundos de la procesión volvió el ruido, el martillear de un taller cercano y la masa de paseantes, aquí y allá, buscando u ofreciendo. No hay mucho más que decir...

Tiene Fez enlaces con Córdoba. Fue referente para las autoridades cordobesas y aquí se asentó una creciente comunidad andalusí, que comenzó a asentarse tras las revueltas califales.

Tampoco es desdeñable el barrio judío, blanco por su arquitectura con casas rematadas con impresionantes balcones.

No es Fez lugar de direcciones concretas. Los responsables del turismo local han creado rutas que hacen más llevadera la obligatoria pérdida. Cada una está señalizada con carteles de un color distintivo. Hay ruta de los artesanos, de los andaluces, de los palacios…sin olvidar las madrasas, antiguas universidades islámicas en donde se solapan fuentes, yeserías y una arquitectura matemática tan afín a la andalusí que hace cortísima la distancia que nos separa de aquellas tierras.

Alojarse en un hotel convencional cuando visitamos una ciudad marroquí es perderse uno de los pilares del viaje. Hay que reservar en una riad. Es el equivalente a nuestra casa patio, reconvertida en hotel familiar. Estamos ante la casa mediterránea heredada de los romanos y embellecida por los musulmanes. La oferta es enorme. Desde las más modestas al puro lujo. Ofrecen todas, fantásticos desayunos tradicionales, ricos en tortas de trigo, panes y mantequillas cuajadas con especias. Merece buscar en la zona antigua, aunque sin perdernos demasiado para evitar volver por la noche por zonas demasiado oscuras. La puerta Bab Bou Jeloud, uno de los accesos al laberinto, es una zona recomendable.

El vasco Arzak es uno de los muchos chefs europeos enamorados de la cocina marroquí, una de las más sofisticadas del mundo. Una sinfonía de verduras, especias, quesos, pollo y cordero, en la que no hay tabúes entre lo salado y lo dulce. No dudes en probar, experimentar. Abrirse a la cocina marroquí es fiesta.

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Publicado el
7 de noviembre de 2012 - 03:14 h
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