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Creta. El día que nos saludó Amaltea

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Fidel Del Campo

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Conocer un poco de Creta, esa isla alargada y tortuosa al final del Egeo, cuesta, mínimo, una semana de bajadas y subidas por entre sus montañas y playas . La tarde en la que desvelé un poco de su verdadera cara fue en su costado sur, el más salvaje, en el mar de Libia. La idea era caminar al atardecer por un camino pedregoso que sale de la ciudad de Paleochora y serpentea por entre grava y acantilados, siguiendo el mar. El arranque no fue muy prometedor. Anduvimos por un trecho de pista de tierra abierto al tráfico, cargado de coches de alquiler conducidos por europeos del norte, color langostino, camino del pueblo para cenar. Una vez satisfecha la necesidad de un chapuzón, en la cala de grava más tranquila que pudimos encontrar, decidimos proseguir. Nos guiaba cierto instinto que nos decía que el paseo aún no había comenzado. Hacía menos calor, atardecía, la brisa ayudaba y el camino, para colmo de bienes, se hizo sólo peatonal. Ascendíamos, atravesando lomas que dejaban ver enormes extensiones de azul de mar al fondo. Olía a pinos y a brezo y por abajo se adivinaban pequeños huecos de roca y arena sin tocar, junto al agua. En vez de volver a la tentación de conquistar una calita vacía, cosa ya fácil, tuvimos una de las mejores ideas del mes en Grecia: seguir sin rumbo ni final prefijado.

Era una engañifa. Había desde luego un final pero sabíamos que, dada la hora, no podríamos llegar al destino de aquel sendero: los restos de una ciudad minoíca enterrada entre piedras, unas cuantas decenas de kilómetros más hacia delante. En el fondo algo nos decía, de ahí lo de la intuición, que a mitad del camino encontraríamos el por qué de tanto interés en continuar andando. Al cabo de unos veinte minutos ya no se oían ruidos de coches ni de gente subiendo o bajando de las playas. A un costado teníamos una cadena de montañas descarnadas, pardas, sobre la base del sendero, un cinturón de matorral verde cargado de olores y abajo del todo, a medio centenar de metros, el mar. Se oía y sentía un leve soplido de viento. Había que subir una nueva loma y nuestra decisión era ascenderla para bajar luego a la primera cala accesible con la que nos pudiésemos topar. Todo normal, todo previsible y de repente, como llegan las cosas importantes, por entre un par de pinos rastreros, a unos metros frente a nosotros, apareció ella: una cabra oscura, brillante y orgullosa. Era una Kri Kri, especie autóctona, una cabra salvaje cretense, por lo visto difícilmente visible para ojos profanos. Nuestra Kri Kri nos miró de lejos, sin miedo, tampoco con ánimo de que nos acercáramos, simplemente se dejó ver, fija, eso sí, sobre un promontorio bajo el que se adivinaba una pequeña bahía resguardada por un farallón de rocas grises y verdes. Solo hubo tiempo para señalarla con el dedo. Una vez nos mostró que ese era el sitio, la Kri Kri saltó sobre el camino que íbamos a pisar y subió sin prisas por entre las rocas que ascendían a los montes que abrazaban todo el costado izquierdo del camino. Nos miró por última vez antes de desaparecer.

Torcimos nuestras cabezas hacia el punto en el que nuestra amiga se había parado para mirarnos. Abajo, efectivamente, deslizándonos por una pequeña línea de arena, había una ensenada perfecta, con grava fina, arena tostada y un par de rocas lisas metidas en un mar turquesa que decía “cómeme”. Lo que vino después era inevitable. La playa perfecta, el lugar perfecto y el baño más sagrado que tomamos en aquel bendito viaje. Y digo lo de sagrado por lo siguiente: una vez cumplimos con el rito del baño algo se nos vino a la cabeza. Creta fue el país de infancia de Zeus. Por allí correteaba sin prever aún los siglos de violenta lucha que le esperaban para hacerse con el trono del Olimpo. Pues bien, nuestro pobre Zeus, en esa infancia solitaria por entre montañas, fue amamantado por una de aquellas cabras Kri Kri: Amaltea. ¿Cómo no caímos antes?, Amaltea nos había mostrado una de sus calas favoritas, allí donde habría llevado a Zeus en su lomo a tomar un baño.

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