El abismo del tiempo

Isabel II

¿No han tenido nunca la sensación de haber conocido personas en el pasado que cuando se las encuentran después de muchos años están aún más imbéciles que entonces? El tiempo es un abismo que no dulcifica a nadie. 

El tiempo, en todo caso, hace mejores a quienes ya lo eran, aumenta la bondad y dulzura de los que nunca ofendieron y convierte en personas solidarias y comprometidas a los que eran empáticos. En cultos y versados a los que estudiaron y lo hicieron con curiosidad. A los idiotas los hace idiotas redomados. 

Todos tenemos recuerdos escondidos en los cajones de la memoria. Y cuando de repente abres alguno con motivo del reencuentro casual en la esquina de una calle, en el sepelio de un amigo de antaño, o incluso con motivo de una reunión de antiguos compañeros o conocidos, descubres que, en realidad, cada uno sigue estando en el sitio que ya entonces intuías que estaría.

Es como si mientras siguieras mordiendo aquel pan con chocolate de entonces, sentada en el escalón desde el que observabas el mundo, descubrieras ahora, a través del túnel del tiempo, que el pánfilo que se dejaba pegar los capones los sigue recibiendo, que el gracioso de turno sigue teniendo menos gracia que “Eugenio” y que los “masca”, fustigadores de débiles, padecen un grave trastorno de déficit de empatía de auténtico manual. ¡Cómo empobrece la calidad humana la falta de empatía! Si, esa que no se ve, pero se siente. 

El tiempo, ese abismo insondable, te hace entender de repente porqué algunas relaciones fueron sencillamente imposibles. Porqué desaparecieron de tu vida muchas personas, la causa de que rompieras el papel donde tenías anotados sus teléfonos, e incluso porqué a algunos nunca llegaste a pedírselo. Aunque también descubres que ese mismo abismo es el que nos impide volver a lo que tanto amamos. Al olor del hijo recién nacido entre tus brazos. 

Y es en ese momento cuando ocurre lo inimaginable. Que ese negro y profundo abismo, que a todos sin excepción nos engullirá más pronto que tarde, ha engullido a quien era el paradigma de lo inmutable y hasta de la inmortalidad. El personaje que ha estado ahí durante cada día de mi ya larga existencia. Y mientras me iban pasando cosas en la autopista hacia mi destino, a ella le ocurrían otras, a veces no tan buenas, a veces incluso sorprendentes. Pero ahí seguía, conduciendo el destino del imperio como el “conejo de Duracell”.

Ha sido reina durante muchos más años que toda mi plebeya vida. Setenta años de vida laboral ininterrumpida. Y es que el tiempo, ese abismo que a todos nos hace ser más de lo que fuimos, a ella la ha convertido en más reina todavía. Como a otros en mucho más imbéciles. Porque, ya saben, para bien o para mal, quien nace lechón muere cochino. Eso sí, las reinas nacen, no se hacen. 

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