Perdón por la alegría

La alegría es un lujo sospechoso, como casi todos los lujos. Al menos para nuestra educación judeocristiana y occidental. Nos enseñaron que el valle del Guadalquivir no debía ser más que una versión local del más amplio y generalista valle de lágrimas al que alude la Salve Regina. Por eso, en esa lección calvinista que el norte de Europa nos está impartiendo, cada vez son más los que a mi alrededor aceptan su parte de letanía en el "haber vivido por encima de nuestras posibilidades". Las penurias y estrecheces... ¡Eso eran tiempos!

A nosotros nos corresponden los primeros años setenta. Lo ví claro en el Arcángel el pasado miércoles, día de autos. A esos años había que remontarse para poder vivir un encuentro oficial contra el que, con todo mi dolor, he de reconocer como mejor equipo del mundo en este momento. Y lo demostraron sacando un equipo competitivo al máximo, jugando sin desgana, saludando desde el centro del campo muchos jugadores al final del partido... cuidando detalles, al fin y al cabo, y siendo fiel a las rutinas que les han llevado a donde están, con Xavi manejando el partido, y Messi aburriendo las esperanzas de cualquier madridista con su pertinaz eficacia y hambre de fútbol. Al César, lo que es del César.

Entre tanta alabanza al becerro de oro futbolístico, hoy quiero resaltar a nuestro equipo. Y hablo de jugadores, cuerpo técnico y afición. Porque en tiempos de descreimiento general, no es fácil poder aludir a la generosidad como valor. Aunque sea generosidad futbolística, sector festivo y sospechoso, por tanto, en nuestra penitencia contemporánea. Jugar de tú a tú y no ser un fuego de artificio de cinco minutos, y a sabiendas de que podía resultar suicida, tuvo su premio. Un partido en el que este equipo a veces tan dubitativo pudo convencerse de que, en fútbol, el camino más directo al éxito es el propio fútbol: Buscar la portería contraria, intentar todos los caminos para que unos aficionados que se habían dejado una parte de su no paga extra en esta ilusión, pensaran que mereció la pena. El Córdoba fue en muchos momentos mejor que su rival, y acabó perdiendo con toda la dignidad porque su rival es (en este caso uso el perfectivo) mejor que nosotros. Pero ha sido uno de los mejores partidos que le han planteado (y jugado) al Barcelona esta temporada. La afición estuvo espectacular, haciéndose consciente de que el espectáculo era completo. Nunca una derrota fue tan dulce. Alegría por una noche. Pecado venial que espero nos perdonen los circunspectos por no matizarla con alguna realidad palmaria. Pero nos gusta el fútbol. El mismo que hace más llevadero vivir por debajo de nuestras posibilidades.

Y a los que no les gusta la Copa porque distrae de la liga, les remito al partido de ayer en Huesca. La Copa, bebida con tanta responsabilidad como generosidad, puede ser un auténtico reconstituyente (dicho esto último sin ánimo de abrir -o no abrir- ningún melón político).

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17 de diciembre de 2012 - 07:00 h
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