Con permiso, buenas tardes…

Vengo pa que me detengan…. cantaba el inicio de aquel pasodoble mítico con el que Antonio Martínez Ares hizo eternos a Los Piratas allá por los carnavales de 1998 y del que sólo uso aquí su inicio, pues todo lo demás tiene mucho más valor de cuanto yo pueda rapiñar ahora. Con permiso, porque llego desde hoy a gente que no me conoce, a cantarles Arqueología. Lo haré lo mejor posible y con el mayor respeto por el lector. Y, buenas tardes a mi arqueogente, esa que me sí conoce, entre ellos mis amigos y mejores compañeros dentro y fuera de la Facultad. No tengo que explicaros el porqué de esto. Ya me conocéis en mi faceta, digamos… vedutística. El impacto de la entrevista que me hizo Alfonso Alba el domingo 28/10/2018 aquí en Cordópolis, lo que tantos me habéis transmitido en verdad estos días, me reafirma en que esto hacía falta. Que reflexión, frescura y revisión a partir de cuanto sugieren las entrañas de Córdoba son necesarias. Y a los universitarios nos toca. Vengo por último, ya lo sé, pa que me detengan, es decir para recibir: que también es sano y motiva lo que debe, porque de otro modo no merecería la pena venir aquí.

La Arqueología, es decir, la Córdoba material que nos soporta, es algo muy serio en nuestra ciudad: la llevamos como gelatina en la piel diaria de nuestros paseos y nuestras casas, queramos o no. La valoremos o la denostemos no tenemos más remedio que verla o pisarla. Una seña de identidad, un valor polivalente y un orgullo para la inmensa mayoría de los habitantes de Córdoba. Ahora más que tenemos cuatro emblemas monumentales de champions, aunque Córdoba no necesite de nuevos collares. Ser cordobés es ser universal aunque seamos los más catetos del mundo cuando nos ponemos. Nuestros barrios lo son, universales digo, y nuestro acervo común también. Nuestro pasado, como lo use y quiera usar cada uno, siempre detenta un altísimo valor social, educativo, de autoestima, de colectividad, de frescura tabernera cuando toca…que también eso es un indicador.

Por todo ello la arqueología de esta ciudad es algo que pertenece al universo del colectivo y no del personal. Y por ello no vengo a esparcir una, doble o triple moral. No quiero púlpitos, porque soy de barra. No trataré de zascandileos. Eso no es de interés general. Trataré únicamente de Córdoba, arqueología diaria nuestra. De la política y actitud patrimonial de esta ciudad. No me interesa por tanto lo enmarañado porque prefiero lo útil. Del fango he sabido escaparme y no tengo máquina con la que eructar. Me gusta una Universidad, tipo Normal o Libre a ser posible, que debe tender a expresarse socialmente sin personalismos porque su voz como emblema aún más libre no se puede desaprovechar. Por ello lo hago, de verdad, en la medida más provechosa que puedo.

En romano, o romanesco - tan parecido al andaluz - existe una jerga para definir lo que yo quiero postular aquí: avivar la tana di noantri. Es decir, excitar la madriguera emocional en la que nos damos cita esos otros, que somos nosotros, aquéllos que sentimos el patrimonio cordobés como algo emocional propio e interiormente latente día a día, y por supuesto que no me dirijo a los arqueólogos sólo en ello. Andar a lo que nos interesa, a lo que nos une, porque precisamente lo que más nos une es el provecho que debe darnos como comunidad la solemne eternidad y majestad diarias y cotidianas de este rincón selecto, elegido y privilegiado del barrio mundo que la vida nos ha consentido y dado el placer de pisar y sentir. Una ciudad gloriosa, un barrio sobre otros mil barrios, Mezquita y Sierra, de la que somos y seremos, muramos cuantas veces muramos, cordobeses de origen y sangre, de mina y bellota, de cielo y oliva, de tierra que nunca cesó de ser de oro por siempre, que decían los clásicos. Una Córdoba patrimonial que junto a una deseable Córdoba emprendedora, técnica y logística, que es su ser natural, puede acabar siendo imparable. Tierra, cultura y tecnología en el mejor sitio para desarrollarlas.

Hablaremos de arqueología y de lo que tenga que ver con ella. De la Córdoba pasada y de lo que siempre la hizo ser Córdoba: su excelsa provincia. Me permitirán de vez en cuando que les traiga ese paraíso del Alto Guadiato y Los Pedroches en cuyas veredas, cerros y pantanos pongo el despacho cuando puedo y que llevo tan dentro. También, del territorio más espléndido de todo el Mediterráneo antiguo occidental. Es decir, aquélla Andalucía - de la que Córdoba fue espolón - que superaba a todas las demás provincias por la riqueza de sus cultivos y por el excepcional esplendor de fertilidad como comunidad, al decir de Plinio. Tierra, cultura y tecnología, repito. Esa es la tana di noatri a avivar. Por supuesto desde un sentimiento andaluz profundo, no lo quiero evitar, como ya habrá comprobado.

Acabo los cinco minutos de presentación y la última cuarteta postulando que soy universitario por encima de todas las ideologías, políticas, tendencias, actos, personas, chanzas, sucesos y eventualidades cordobesas arqueológicas o no que haya por tratar. Y como universitario de función pública en nuestra universidad me dedico - en la medida de mis capacidades - a la mejora de la comunidad a la que pertenezco a través del saber y la crítica en respetuosa libertad.

Por eso únicamente escribo aquí.

Salve.

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5 de noviembre de 2018 - 13:12 h
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