La vida de los otros

Hay un chef (antes cocinero) con tres estrellas michelines que vigila la penúltima esfericicación de otro chef para ver si es más esférica que la suya.

Hay un hermano mayor de cofradía que le dice a un hermano que se asome con disimulo a observar los nuevos varales del paso de palio de la hermandad del barrio de al lado antes de la estación de penitencia.

Hay un profesor de ética de secundaria que le hace preguntas periféricas a otro profesor de ética de secundaria a la hora del desayuno para intentar descubrir qué libros aconseja a los alumnos.

Hay un poeta que escudriña los adverbios antepuestos de los versos de otro poeta de su generación para intentar descubrir si hay un secreto para su éxito.

Hay un productor de televisión que analiza obsesivamente los índices de audiencia, el target y las marcas de anunciantes de los intermedios de un programa de televisión de una cadena que tiene a golpe de dedo en su mando distancia.

Hay un compositor de bandas sonoras que le pregunta a su primer violín que viene de tocar en otro estudio de otro compositor de bandas sonoras si allí, en la introducción al tema principal, usaban más el piccicato o, más bien, el stacatto.

Parece que nuestra vida anodina se completa con la vida de los otros. Todos nos vigilamos, nos observamos y rectificamos. Entonces los otros se convierten en nosotros para no ser vosotros. Es un fenómeno de gregarismo.

Y lo más absurdo es que, si no nos vigilan, parece que no somos nadie, y nos ataca un extraño complejo de inferioridad.

Así que vivan todas las NSA de la tierra, todas las viejas del visillo y que mueran los Snowden que ahora van y lo cascan.

No se lleven las manos a la cabeza: así de tonta es la cosa.

Etiquetas
Publicado el
17 de noviembre de 2013 - 12:45 h
stats