Un rato en la trena

Dos veces, dos, he entrado en el trullo, concretamente en la prisión de Córdoba (La de Fátima, tengo una edad. Ya no existe, afortunadamente; se demolió con todas las voces dentro y el dolor, y la ciudad ganó su espacio y el barrio se sacude día a día las cenizas de aquellos escombros de mierda).

La primera vez entré para tocar la batería en un grupo que hacía versiones de rock argentino. Era el día de la Merced, la patrona de los presos, y un tipo que hacía la prestación sustitutoria de la mili se había inventado una radio allí dentro y nos invitó. Genial. Éramos los "teloneros" de un recital de flamenco y, como colofón, de una chica que cantaba copla.

El salón de actos de la prisión, lleno, aguantó nuestros 30 minutos de actuación en silencio y aplaudió a rabiar al final porque sabían que ya llegaba el flamenco y la morena de la copla. Estábamos molestando.

De aquel día me acuerdo del ruido que hacía una puerta metálica enorme que cerraba el acceso a una galería de celdas. Había eco.

La otra vez que entré en el centro penitenciario fue para jugar un partido de futbito en el patio. Una acción solidaria o algo así. Jugamos contra un grupo de internos y, casi al final, completamente asfixiado, llegué mal a un cruce y derribé con el muslo a un contrario. Falta clara. De impotencia.

El contrario se levantó, nunca olvidaré su mirada a dos centímetros de mi frente mientras yo me disculpaba: "Lo siento, llegué tarde". "Lo sé, esas cosas pasan; qué te voy a contar", me respondió.

Perdimos 7 a 1.

Al salir me dijeron que un señor mayor abstraído, solitario, que estaba en uno de los escalones de la grada del patio era un tal Izquierdo, uno de los asesinos de Puerto Hurraco.

Veo a Rodrigo Rato entrando en Soto del Real. Pide perdón. No entiendo bien eso. Arrastra un trolley enorme y una bolsa pesada colgada del hombro, parece un pasajero en la terminal de un aeropuerto internacional.

¿Qué llevará? ¿Qué equipaje le ocupará tanto espacio?

Creo que son los pecados, y saldrá de allí con ellos de vuelta; porque en la cárcel no hay penitencia, me dijeron.

En la trena sólo canjean tabaco y promesas futuras de negocio que algunos llaman esperanza.

https://youtu.be/0hQRmNoTxCE

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28 de octubre de 2018 - 02:00 h