Ellas, nosotros, Juana

El hombre que alza la voz a una mujer, le reprocha una actitud sin una conversación civilizada, sin atender a sus razones, sin valorar su misión en el mundo al que él pertenece, es un hijo de puta.

El chavalito que cacarea antes sus colegas sus primeras danzas de apareamiento con su compañera de instituto, le vacila en las redes sociales, le husmea el teléfono en el recreo, le vigila el largo de la falda o la estrechez de los leggings, es un hijo de puta.

El compañero, el jefe que obliga a su empleada a comportarse de la manera que a él le convenga, a hacer lo que a él le salga de sus santos huevos, a mirar el calendario menstrual de quien decide o no ser madre, es un hijo de puta.

Quien dice "niña, dame otro azucarillo" a la señora que le sirve el café todas las mañanas, quien dice "ponte el top, enseña el ombligo y marca las tetas que esto es un pub de moda" o "en esta caseta lo vamos a petar si lleváis shorts en la puerta y repartís vales de descuento" es un hijo de la grandísima puta.

Y sus madres no lo son. Es sólo una expresión vulgar del lenguaje.

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Juana Castro es de mi pueblo. Es poeta y lleva años diciendo esto con un lenguaje mucho más sutil y bello que yo, que soy un gañán.

Recuerdo a Juana en el velatorio de mi abuela, en Villanueva de Córdoba, donde se repartían perrunas, pestiños y café, (a los hombres, anís) y las mujeres hablaban en el patio del pasado, de posguerra, de presente y, ojalá, de futuro.

Me imagino a la poeta Juana Castro de niña leyendo en voz alta a sus tías o a sus vecinas poemas y cuentos en las tardes de verano entre las jaras y el granito de Los Pedroches.

Y me imagino también a Juana en su madurez, en "su habitación propia", discutiendo con ella misma si el título de su último libro, Premio Ricardo Molina de Poesía, se iba a llamar Antes de que el tiempo fuera o Antes que el tiempo fuera. Porque una preposición puede cambiar el mundo.

Como las buenas proposiciones.

En ese libro leo: Mi madre tenía sed/mi padre era un hombre bueno./Me concibieron una noche de mayo/con amapolas y margaritas en los caminos./La segunda vez nací en el piano del colegio/de monjas de Cristo Rey./Luego vinieron las prisas./Ahora tengo un nieto y/todavía quiero seguir naciendo.

...seguir naciendo, seguir viviendo.

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25 de noviembre de 2018 - 02:00 h