Mis animales cercanos 2: el okapi
Henry Morton Stanley, explorador y periodista británico, no solo es famoso por encontrarse en África Central con Livingston y decir aquello de “Doctor Livingston..., supongo”. Lo es también por colaborar en sus “expediciones” por el Congo con el genocidio y las atrocidades que cometió allí el rey Leopoldo II de Bélgica, que le pagaba, y bien, por “explorar”.
Pero aquí nos interesa básicamente por ser seguramente el primer occidental (qué es exactamente “un occidental” no lo sé. No sé dónde hay que ponerse ni cómo ponerse) que dio cuenta de la existencia de un curioso animal al que los nativos de la tribu Wambutti llamaban algo así como o´api.
El okapi (Okapia jhonstoni) es un mamífero de la familia giraffidae y es herbívoro, como un caballo pequeño pero con los cuartos traseros decorados con rayas horizontales como una cebra y, atención, es el único bicho conocido emparentado con la jirafa. No tiene su longitud de cuello o patas; pero si miras fijamente a los ojos de un okapi percibirás la misma melancolía que albergan los ojos negros de una jirafa. Es la mirada de un ser que se considera único y esa sensación la confunde con la de estar solo. Que no es lo mismo, pero lo parece.
De hecho, el okapi es un animal solitario, no va en grupo, raramente en pareja y además es una especie amenazada de extinción muy difícil de ver en libertad por la selva norte de la República Democrática del Congo (cuya selección nacional le produjo un dolor de cabeza a la de Inglaterra en los dieciseisavos de final del último Mundial de Fútbol, pero esto es otro asunto).
Alguien se preguntará si esta rareza de la naturaleza, esta especie de fósil vivo que se ha quedado a mitad de camino de lo que sea, es envidiable por algo. Pues sí. Les aportaré dos datos: el okapi sólo emite sonidos cuando es una cría para no perderse de su madre; cuando crece deja de emitirlos y no da un ruido ni para aparearse. A mí eso ya me parece elegante.
Pero aportaré otra curiosidad más de este fascinante bicho: Posee una lengua de color azul oscuro casi negro que alcanza los 35 o 40 centímetros de longitud y la utiliza no sólo para encontrar bayas y frutillas entre los arbustos, sino, atención, para limpiarse las orejas (el oído es su sentido más desarrollado, como se le supone a un herbívoro asustadizo en la jungla).
Fantaseen con la posibilidad de sacar la lengua y limpiarse las orejas, primero una, luego la otra, mientras miramos fija y melancolicamente a los ojos del interlocutor que acaba de decirnos su penúltima sandez. Maravilloso.
Ojo al okapi. Un respeto.
Sobre este blog
Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.
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