Mis animales cercanos 4: el rinoceronte
Una vez no hace mucho tiempo me acerqué con mi compañero, el fotógrafo flamenco Toni Blanco (conocido en las peñas del cante como “El charneguito de Córdoba”), a hacer un reportaje sobre un circo que habían instalado a las afueras del barrio. Pensé que estaría bien hablar con “esa familia nómada” de trashumancia y de fronteras. Y decidí que las imágenes las tomase un fotero acostumbrado a fijar a gitanos que tienen a una rueda de carro por bandera.
Dos días después del reportaje, el gobierno decretó un confinamiento a causa de una pandemia mundial y tanto el fotógrafo como yo nos pusimos a pensar de dónde vendrían, qué fronteras habrían cruzado los hierros de la gradería del circo nómada, sus remolques, sus carpas y toldos, la comida que guardaban en sus neveras, la madera de los malabares, las cuerdas del trapecio… Hasta llegar a nuestro barrio y detenerse. Y cerrar las puertas. Como todos.
El responsable del circo, de apellido artístico italiano pero de procedencia portuguesa (nomadismo, insisto), nos contó, entre melancólico, triste y enfadado, que ya no podían hacer “números” con animales por la prohibición en muchos estados sobre el maltrato y la exhibición animal. Nos dijo que, más allá del típico domador de felinos (tigres, leones, panteras famélicas…), tuvieron números con elefantes indios, que son más pequeños que los africanos y de un carácter más llevadero (posiblemente por el budismo, no sé).
Pero flipé cuando me habló con nostalgia de Igor, un rinoceronte de Sumatra que tuvo que abandonar la caravana circense por la prohibición y acabó, muy mayor, cincuenta y tantos años, en un zoo de Serbia. “Ya habrá muerto”, me dijo el responsable del circo, el señor Tonetti de Portugal, “pero era el animal más noble y educado que he visto en mi vida”. “No esperaba eso de un rinoceronte; creía que embestían a la primera y que tenían muy mala leche”, le respondí yo. “Pues es así. Era un cacho de pan”, dijo y casi se le saltaron las lágrimas.
Los rinocerontes pertenecen a eso que se llama “megafauna”, bicharracos grandísimos que pueblan la Tierra todavía, como los elefantes y los hipopótamos, y que nos causan admiración y pasmo.
En la tradición literaria e histórica el rinoceronte ha llegado a confundirse con los unicornios y ha servido también como regalo diplomático exótico entre gerifaltes de todo pelaje. Cinco tipos de rinos pueblan un poco la Tierra: el negro y el blanco en África y los de Java, el indio y el de Sumatra en Asia. Unos tienen dos cuernos sobre su nariz, otros, solo uno. Pueden pesar entre seiscientos y tres mil kilos, no es cosa de broma. Son raros. Son hermosos.
Las hembras no se separan en años de sus crías hasta el punto de que pasan mucho tiempo rozándose queda y mansamente. Los machos se van al río o al bar o como se llame eso a donde acuden los rinocerontes machos al atardecer. Los cuernos que tienen sobre la nariz los rinocerontes no tienen un componente óseo como tal, sino que están compuestos de queratina, la misma sustancia de la que están hechos nuestro cabello o nuestras uñas.
Yo no me muerdo las uñas por respeto al cuerno sobre la nariz de cualquier rinoceronte que pueble el planeta.
Por cierto, los rinocerontes se han cazado a lo largo de la historia por la extraña creencia de que su cuerno tenía propiedades afrodisíacas.
Así de absurda y miserable es tanto la vanidad humana como las majaradas de las supersticiones religiosas.
Sobre este blog
Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.
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