Íñigo Ramírez de Haro: “La monarquía y la religión siguen siendo la columna vertebral de España”
El señor de la imagen es el marqués de Cazaza en África. El título nobiliario que ostenta fue concedido por Isabel La Católica en 1504. Nada menos. Ese año el duque de Medina Sidonia conquistó esa ciudad magrebí donde, por cierto, doce años antes se había refugiado Boabdil tras la caída de Granada.
Pero Íñigo Ramírez de Haro no es lo que parece. Es, bien al contrario, una china en el zapato de la aristocracia española. Ateo, irreverente y antimonárquico, ha destripado con su acerada pluma todas las miserias de la nobleza y la jerarquía católica a lo largo y ancho de su mordaz producción literaria y dramatúrgica.
Solo hay que recordar el aluvión de denuncias y amenazas de muerte que recibió por su impía obra Me cago en Dios, donde narra los abusos sexuales que sufrió en un colegio de los jesuitas. Esperanza Aguirre, su cuñada, pidió la retirada del montaje teatral cuando presidía la Comunidad de Madrid y amenazó al Círculo de Bellas Artes con retirarle todas las subvenciones públicas por haber estrenado la obra.
Ingeniero aeronáutico, diplomático y dramaturgo, años después llevó a los tribunales a su hermano -y marido de Aguirre- por haberse apropiado de un Goya familiar, que vendió por 5,8 millones de euros. La justicia acabó dándole la razón en un litigio que provocó alto revuelo mediático.
PREGUNTA (P). Ha venido a Córdoba invitado por Europa Laica para dar una charla sobre Aristocracia, monarquía y religión en España. O sea, la columna vertebral del Antiguo Régimen.
RESPUESTA (R). Del Antiguo Régimen y del régimen actual. Porque una base de mis libros y de mi pensamiento es que en España sigue mandando la Iglesia Católica y sigue habiendo una monarquía, aunque la inmensa mayoría votaría probablemente una república. No tienes más que abrir el Hola todas las semanas para verlo. Monarquía y aristocracia aún son lo que marca la magia en el pueblo. Y no tiene más que recordar la visita del Papa para comprender que Azaña se equivocó en 1931 cuando dijo que “España había dejado de ser católica”. Todo lo contrario. España es igual de católica que siempre y la Inquisición sigue vigente, ya no como ley, pero sí como cultura. Yo soy un ejemplo vivo de la Inquisición en España.
P. Usted ha sufrido la Inquisición.
R. Totalmente. Yo escribí en 2004 una obra de teatro que se llama Me cago en Dios. Estuvo en el Círculo de Bellas Artes y en el Teatro Alfil, pero luego le cayó tal bombazo que al final solo la estrené fuera de España. Aquí ya no pudo circular porque con la Iglesia topamos. Ni Moratinos, ni Margallo, ni Albares me nombraron embajador. No porque no fuese un buen diplomático, sino porque en España no se atreve nadie a ir al Consejo de Ministros y proponer al autor de Me cago en Dios como embajador de España.
Es la primera obra de teatro que se escribe sobre la pederastia en España, que, por cierto, conocí bien en el colegio de los jesuitas. Me arrepentí del título porque debería haberla llamado Dejad que los niños se acerquen a mí. Todos los gobiernos de España se doblegan ante la Iglesia Católica. ¿Tiene sentido en el siglo XXI el Concordato? Llega el Papa a España y, de repente, sale un país totalmente desenfrenado con el capo de una organización criminal llamada Iglesia Católica. Y no estoy haciendo una boutade. Hay un libro que se llama Historia criminal del cristianismo, escrito por un alemán llamado Karlheinz Deschner.
P. ¿Cómo es posible que dos siglos después de la Revolución Liberal los pilares del Antiguo Régimen sigan en pie hoy en día?
R. Esa es una de las grandes contradicciones. Para mí, la aristocracia viene del griego aristos, que era la virtud, la excelencia. Y si tú miras hoy a la aristocracia española, excelencia poca. Con la monarquía pasa lo mismo. Estos dos reyes y los anteriores no son ningún ejemplo de excelencia. Al revés. Su ideal es convertirse en un ejemplo de clase media. Para eso mejor tener un presidente de la República que, por lo menos, tienes asegurado un nivel de excelencia. En la Ley de Memoria Democrática no hay ni una mención a la Iglesia Católica. Y recuerdo que, cuando Franco fusila a 150.000 personas, todos tenían un cura bendiciendo. ¿No es un poco raro que no se mencione a la Iglesia Católica?
P. ¿España sigue siendo la reserva espiritual de Occidente?
R. Yo, que vivo mucho tiempo en Italia, debo decir que hay competencia. También he vivido cinco años en París. Toda la gente habla de la Revolución Francesa y, sin embargo, hay un componente católico fortísimo. Te vas a Irlanda, a Polonia, a Eslovenia o a Hungría y es parecido. Para mí, el problema del cristianismo es la ideología misma. El Evangelio es el ejemplo mayor de mediocridad. Alabar la pobreza es el ejemplo contrario a los griegos, y a los que creen en la excelencia y que la vida está para crear, para hacer, para ser más ricos en el arte, en la empresa, en todo. No para ser pobre. El ideal de pobreza es el ideal del resentimiento, del odio a la vida. Por eso, para los padres de la Iglesia la única vida es la eterna. Esta vida nada.
P. En España se hizo la Transición democrática, pero no la religiosa.
R. Absolutamente. Y ese es el punto en el que nos encontramos actualmente. Primero con esa Constitución tan tímida de la aconfesionalidad del Estado. La Iglesia no solo ha mantenido todo su poder, sino que ha mantenido su prestigio a la hora de dar miedo a los gobernantes.
P. ¿Y sigue dando miedo?
R. Sigue dando mucho miedo. ¿Cómo puedes explicar, por ejemplo, la pederastia? Es un tema que conozco bien. En el estudio que se hizo en Francia hace tres o cuatro años salía medio millón de personas abusadas. En Italia salía un millón. Y en España salen unos pocos miles y resuelto. Y encima lo tenemos que pagar tú y yo con nuestros impuestos. ¿Por qué ocurre eso? Ocurre porque la Iglesia Católica es la primera propietaria de patrimonio de España con diferencia sobre el resto. Y ocurre por la construcción mental de este país. Todavía el Evangelio se supone que es una filosofía de vida interesante y progresista. Es justamente lo contrario: es lo más reaccionario. ¿Y cuál ha sido el problema? Que parte de la izquierda no es más que catolicismo laico. Le quitas la idea de Dios, pero mantienes el ideal de pobreza.
Yo nací en una familia muy católica y me he tragado muchas misas. Dejé de ser religioso cuando era primer premio del Catecismo. Yo pido que la religión esté prohibida hasta los 18 años, igual que lo está el alcohol y las drogas. Porque tú no puedes coger esas mentes de niño recién nacidas y hacerles ese lavado de cerebro metiéndoles estas ideologías totalitarias.
P. Usted se libró pronto del catolicismo.
R. No me he librado nunca. Yo soy un tarado del catolicismo. ¿Cómo me voy a librar? Es imposible librarse. Si lee mi libro La mala sangre, verá cómo los curas violaban a los niños. ¿Y cómo los violaban? A base de ideología. De decirle: “¿Estás sufriendo? Dios es lo que quiere”. Y mientras te dan por culo.
P. Usted es el XX marqués de Cazaza, que es la ciudad donde se refugió Boabdil tras la conquista de Granada. Es usted parte de historia de España.
R. Efectivamente. La llamada aristocracia española no es más que memoria histórica. Yo conozco la biografía, hechos y obras de mis antecesores hasta el siglo XIII. Hasta Guzmán el Bueno. Por el lado de mi padre hay dos linajes. Uno del general de los Reyes Católicos Francisco Ramírez de Madrid, que da el nombre al barrio de La Latina. Y luego se casan con Medina Sidonia. A finales del siglo XV, los Reyes Católicos quieren empezar la expansión en África y le piden al duque de Medina Sidonia que conquiste lo que será Melilla en 1499. Cinco años después conquista Cazaza y la Reina Católica le da el título.
P. Usted es marqués por la gracia de Dios.
R. En este caso por la gracia de Isabel la Católica, que efectivamente era por la gracia de Dios. La monarquía durante siglos tenía un elemento mágico. Los reyes curaban. Eran personas que tenían unos poderes que la gente así se los concedía. Y llegamos a unos monarcas como los que tenemos hoy, cuya máxima actividad es hacer vela. ¿Cuál es la magia? Ahora este monarca habría tenido la posibilidad de haberse convertido en muy popular si hubiese ido a Ceuta.
P. El rey no puede ir a Ceuta sin autorización del Gobierno.
R. No. Eso es mentira. Un rey puede.
P. Estaría invadiendo una competencia que le otorga la Constitución al Gobierno.
R. La Constitución no habla de ninguna autorización. Habla de que hay una coordinación para actos oficiales, pero como privado puedes ir donde quieras.
P. Pero el rey no es un privado.
R. Vuelvo al concepto de excelencia. Si tú eres una persona excelente y ves que no vas a durar mucho, aparece una oportunidad como esta donde te encuentras con una mayoría de la población. Porque en el tema de Ceuta tú tienes que elegir entre si estás como defensor de los españoles o del derecho de la inmigración. Si tú eres presidente del Gobierno español y jefe del Estado, tu primera función es defender la soberanía nacional. El rey habría dado un golpe de efecto que habría salvado a la monarquía española unos cuantos años.
P. Pero usted no quiere que la monarquía se salve.
R. Yo no creo en la monarquía. Yo tengo un libro sobre el tema que se llama El caso Medina Sidonia y es un estudio sobre el concepto de aristocracia. Yo entrevisto a toda la familia, incluida la duquesa roja y a mucha gente que la conoció. El monarca era un aristócrata más. Un excelente más. Hasta que se convierte en el rey absoluto a partir del siglo XVI y los aristócratas de la nobleza se convierten en corte.
P. ¿Cómo es la aristocracia por dentro?
R. Son memoria histórica. España la hace la aristocracia y también la deshace. Felipe González ya no acepta un título nobiliario porque considera que es incompatible con una ideología socialista. Luego hace lo mismo Aznar. Hasta ese momento todo el mundo aspiraba a un título nobiliario. Eran el modelo de sociedad. Todo eso termina con la televisión. En el momento en que una gran duquesa ve el mismo culebrón que la señora de servicio, se acabó la aristocracia.
P. Leo sobre usted lo siguiente: “Ilustrado, libre pensador y renegado de la aristocracia”.
R. Yo creo en la aristocracia, pero en la aristocracia de la excelencia. Pindaro decía: “El que nace aristócrata y no lo aprovecha es un traidor”. La excelencia no es más que querer hacer, querer crear, querer ser más. Ese ideal es el opuesto al ideal de los monoteísmos. No quiere decir que no haya algunos títulos nobiliarios que no sean gente brillante. Los hay. Pero ya no significan nada en la sociedad porque simplemente son gentes privadas. Una de las cosas importantes de la excelencia es que además eres una persona que actúa para cambiar lo público. El que simplemente vaya a enriquecerse a nivel privado, ese no es un aristócrata.
P. También leo sobre usted: “Lengua ácida, buen humor, aires progresistas y rabiosamente ateo”.
R. Sí. Yo creo que el progresismo es la excelencia. Las derechas, por definición, son conservadoras. Y muchas de las izquierdas que teóricamente son progresistas en estos momentos son profundamente reaccionarias. O sea, han perdido los valores del progresismo y el universalismo. Ahora casi todo es identitarismo. Es un poco como el Antiguo Régimen: se gobierna para determinados nichos sociales. Se ha perdido la imparcialidad y los medios de comunicación son hojas parroquiales.
P. Usted no tiene parroquia.
R. Yo no tengo parroquia. No es fácil no tener parroquia. A Herodoto buena parte de la población lo consideraba un griego grecófobo simplemente porque trataba de entender al enemigo, que eran los persas. Todo eso ha desaparecido. Tú te coges un periódico y tardas poquísimo en leerlo porque ya conoces su propaganda. Se acabó la lectura.
P. Como dramaturgo irreverente tuvo la osadía de cagarse en Dios en una obra de teatro. ¿Lo hizo para ajustar cuentas con los jesuitas?
R. Estrenar obras de teatro en España no es fácil. Lo mínimo que tiene que tener una obra de teatro para salir adelante es un título que llame la atención. Yo escribí una obra que se llama Hoy no puedo ir a trabajar porque estoy enamorado y los teatros se llenaban. Luego escribí Ojalá estuvierais muertos y el mismo teatro estaba vacío. Me decía el director del teatro: “¡¿Cómo quieres que venga nadie con ese título?!”. Me cago en Dios es una obra que durante mucho tiempo tuvo muchos más denunciantes que público. Me pusieron 3.300 denuncias. Aznar acababa de sacar esta ley de la ofensa [a los sentimientos religiosos], que es el gran derrumbón de todo el sistema legal porque es entrar en la subjetividad.
P. ¿Usted se ha librado de la ira divina de Abogados Cristianos?
R. Yo tenía a Cristina Almeida como abogada y me decía: “He pasado toda la vida luchando con los abuelos de todos estos y ahora tengo que estar con los nietos”. El juez me dice: “¿Usted ha querido ofender a los cristianos?”. Y yo le dije: “Mire usted, yo estaba un día en Pamplona y de repente veo a un señor que dice ‘Me cago en Dios, que llego tarde a misa’”. ¿Usted cree que ese señor quería ofender a los cristianos?“. Y el juez me dijo: ”Venga, váyase a casa“. Pero hoy podría estar en la cárcel.
P. Entonces se ha librado de la ira divina de Abogados Cristianos.
R. Me denunciaron varias asociaciones cristianas, me pusieron 3.300 denuncias y me pedían como 10.000 años de cárcel. Estuve mucho tiempo amenazado de muerte. Me llamaban y me decían: “Le vamos a matar. Sabemos donde vive”. Y me tachaban de blasfemo. Te pasa como a las víctimas de ETA, que en las reuniones de propietarios, los vecinos te dicen: “Es usted conflictivo, ¿por qué no se va?”. ¿Yo conflictivo? Serán conflictivos los que amenazan y asesinan.
P. Y el ministro Margallo nunca le perdonó su anticlericalismo.
R. No. Nunca. El ministro Margallo es el ejemplo de inquisidor actual en España. Igual que su gran discípulo, el ministro Albares. Me dijo: “¿Cómo voy a presentar en el Consejo de Ministros al autor de Me cago en Dios?”. Margallo es lo peor y tiene en su contra que es un pelotas de la aristocracia. Tiene tal envidia que a mí me odia no solamente por ser el autor del libro. Tuve una conversación en Nueva York con él cuando estaba de cónsul de España. Me acerqué y le dije, “Bueno, ministro, ya es el momento de pasar a una embajada”. Y me dijo: “Nunca te nombraré embajador por las cosas que has escrito sobre la Iglesia”. Palabras textuales.
P. Usted ha dicho: “Todos los conflictos se generan sobre la superestructura del nacionalismo, el odio al vecino y al migrante”. ¿Estaba pensando en Ceuta?
R. Eso fue anterior a Ceuta. He vivido en todos los continentes. En Asia seis años, en África, en América Latina, en Estados Unidos, en Europa. Y en todos ellos el nacionalismo es lo normal. El ombliguismo. Y el que mejor lo define es Freud cuando habla del “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Estas estructuras de nacionalismo y religión son castrantes. Este empeño en ser rebaño y en que seas oveja.
P. ¿La Casa Real le invita a tomar té?
R. [Se ríe abiertamente] Al Villarino este que lleva al rey lo conozco mucho y tenía buena relación con él. ¿Quiere que le cuente una historia de Leticia?
P. Sí, claro, pero cortita.
R. No. No tiene sentido. El rey no me invita a tomar té.
P. ¿Qué ha aprendido de la nobleza?
R. He aprendido poco. Yo viví los primeros 16 años de mi vida ahí metido. En el libro de La mala sangre lo explico a fondo. Para mí, era un reducto asfixiante de gentes que se creían que por haber nacido ya no tenían que hacer nada más. Todo el mundo les debía adoración. Como bien lo resumió Valle Inclán: “Feos, católicos y sentimentales”. Todo mi empeño ha sido huir. Mi ideal es no pertenecer a nada. Nací en agosto del 54 en Zarautz y a partir de ahí todo es casualidad. Carezco de cualquier tipo de sentimiento de pertenencia.
P. Es un apátrida.
R. Mi ideal es ser extranjero.
P. ¿Escribe para ajustar cuentas?
R. No. Al final te sale el ajuste de cuentas, pero no es el objetivo. Eso no quiere decir que en Los hipócritas no ponga a parir a Albares y Margallo.
P. ¿España mañana será republicana?
R. Indudablemente. La cuestión es cuándo. La monarquía es una institución que ya no tiene sentido histórico. La pregunta es: ¿por qué no se atreven a hacer un referéndum? ¿Por qué la gente no puede decidir qué jefatura de Estado quiere?
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