El Evangelio, según el cura Perea
Mi reino no es del Vaticano
Juan Martín de Porres fue el primer santo mulato de América. En sus representaciones beatas aparece siempre con un crucifijo y una escoba pegada al costado, como símbolo de humildad. En otras imágenes, es presentado dando de comer en un plato a un perro, un gato, un ratón y una paloma, ejemplo de convivencia entre diferentes.
A este fraile peruano fue dedicada la iglesia erigida en la calle Torremolinos de Córdoba, epicentro de la exclusión social y el desamparo. Y allí impartió durante largas décadas la palabra del Evangelio el cura Juan Perea, hijo de una familia de labradores de Fuenteovejuna.
La primera semana de agosto de 2009 me senté frente a él con una grabadora en la mano. A sus espaldas, sobre la pared, cuatro chinchetas sostenían una viñeta con un Jesús de Nazaret en blanco y negro. En la mano izquierda, portaba un libro con una cruz. La derecha se encontraba flexionada hacia arriba en un sereno gesto de bendición. Un letrero decía: “Mi reino no es del Vaticano”.
-¿Lo suscribe?
-Sí. Clarísimo. Si no, no estaría puesto ahí.
-¿Y no le riñen?
-¡Ah! Yo no sé si lo han leído. A mí no me han dicho nada. Y aquí han estado sentados el obispo y el vicario.
Ese era el cura Perea. Un hombre radicalmente comprometido con los pobres y refractario al poder y sus oropeles. Todo lo que sabe lo aprendió en el Evangelio y en las enseñanzas del Padre Ladrillo, de aquel Barrio del Naranjo de los sesenta. En Puente Genil contactó con la JOC y, a partir de entonces, su vida ya no volvió a ser la misma.
Cuando regresó a Córdoba, a principios de los setenta, montó una copistería en la Plaza de la Compañía. El obispo lo llamó a capítulo, pero el cura Perea no se arredró. “Don Miguel Castillejo es director de un banco y yo trabajo en una copistería. ¿Qué diferencia hay?”, le espetó sin pestañear.
-¿La Iglesia está con los pobres?
-Es muy difícil decir eso. La gente de la calle percibe que la jerarquía está fuera del mundo real de la clase trabajadora y marginada.
El 2 de septiembre falleció a los 85 años de edad. Es muy probable que los cardenales y los arzobispos mantuvieran ese día su santa agenda como si nada, pero a buen seguro que en la calle Torremolinos muchos parroquianos sintieran un dolor de orfandad en el costado triste y agudo.
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