Perdedores

En un maravilloso canal de televisión de pago en el que mi maravillosa novia acaba de adherirme reponen muy oportunamente la filmografía de uno de los grandes, Otto Preminger. El mejor Preminger fue capaz de arrancarle los secretos a un cuadro, conseguir que sugiriera lo que no podía decir. Lo hizo en Laura, su película por excelencia. Un año después, siguiendo paso a paso cada plano, Preminger construyó ¿Ángel o diablo?, una obra maestra de esa clase de cine que se construye a base de arrancarle a las sombras la claridad suficiente para ver nítida una historia e iluminados unos personajes; el arte mismo del claroscuro para dar forma al fondo, a esa especie de tela negra que es el pasado y el futuro de los protagonistas, mientras que una luz directa, como de cabaret siniestro, ilumina sus imprecisos pasos.

Aquí, como en las peores vidas, lo que ocurre, ocurre por casualidad. Por ello, un autobús suelta a un hombre a la entrada de un pueblo; el azar es quien lo lleva al interior de un bar en vela, donde una mujer se consume; es la fatalidad la que cruza sus miradas y sus intereses, la que cruza en forma de vena los deseos de él. Casualmente, el hombre no tiene dinero (lo ha tenido y lo va a tener), y además lo necesita para arrancar a la mujer de las noches en vela. La suerte lo enfrenta a otra mujer, una soltera en vías de extinción que tiene lo que él  necesita, y no solo es dinero… Estas hilachas las va peinando Preminger cuidadosamente hasta que se le quedan atrapadas entre las púas las almas penosas de los personajes.

El precioso decorado, lleno de rincones oscuros como la música de Gato Barbieri, ayuda a la construcción de los personajes, a Dana Andrews como al hombre de labia fácil e inútil, un perdedor, el que entra primero al reparto de leña, que parece pillado en la película nada más salir de una página de Faulkner y justo antes de entrar en una de Chandler; a un personaje quebrado, pero que aún conserva los goznes y es cuestión de grasa o suerte que recupere su ser natural, Linda Darnell, la auténtica morena del bar, la mujer que lo mismo limpia un vaso que una cartera o que una vida, insensible a las promesas, dura de oídos y de lengua, jugadora sin cartas y molinera de deseos, la mujer de un perdedor y perdedora ella misma; y a Alice Faye, que dibuja un personaje de aparente fragilidad pero de insospechada fuerza, el único que avanza y avanza hasta obligar al director a cambiar el final de la película, a que revise el porvenir de los perdedores, a que no pierdan.

El velo negro lo extiende Preminger impecablemente agujereado para que sólo se entrevea su contenido, para permitirse, además, presentar una intriga intermitente que se enciende y se apaga, lo que crea un ritmo interno muy peculiar en el que una historia de amor se cruza con una historia de crimen, dos líneas que se tapan, se confunden, vienen y van, como la misma personalidad de los protagonistas, siempre con la maleta hecha. En ¿Ángel o diablo? se tiene la continua sensación, y ése es el gran mérito de Preminger, de que son los personajes los que van moviendo el guión, ellos son los que deciden sus siguientes palabras y el encuadre ideal. Los diálogos salen de dentro de la  pantalla y no del otro lado de la cámara, algo sorprendente e inusual en el cine actual, para lo que es imprescindible crear un personaje y que dentro de él haya un actor. Dana Andrews lo es, y mucho más grande que el lugar que le ha reservado la  historia; probablemente sea el intérprete que mejor ha sabido crear ruina a su alrededor, la sensación de suciedad vital, de irremediable mala suerte. Algo muy parecido a lo que se intuye en el gesto acabado de Linda Darnell, la actriz perfecta para esos papeles a punto de ser arrugados y tirados a la papelera, una mujer cuya hermosura es el escalón en el que van a tropezar los hombres como Dana Andrews. El ángel y el mismísimo diablo.

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16 de noviembre de 2013 - 10:45 h
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