Horror (del malo)

Leo en el periódico con el estremecimiento propio del mazazo momentáneo (y con la esperanza de que no caiga en manos de mi maravillosa novia) la noticia de que en un canal de televisión de pago podremos contemplar en breve el ultimo esperpento perpetrado por el más universal de los manchegos. En la estratégica y sofisticada campaña de promoción con la que Pedro Almodóvar arropa cada una de sus pretendidamente trascendentes películas, desde que surge el proyecto hasta su estreno comercial, sin prisas y sin pausas, administrando sabiamente el tipo de publicidad que en cada momento necesita su mimada criatura, aseguraba el autor que los allegados que habían tenido la oportunidad de leer el guión antes del rodaje, incluido su protagonista, Antonio Banderas, alguien a quien admiro como actor y como persona, afirmaban que La piel que habito se adentraba como hacía mucho no hacía ningún otro filme en territorios abisales morados por un horror frío, que cruzaba peligrosas fronteras de difícil retorno, que estaba concebida desde el vértigo, que iba a ser la película más oscura, obsesiva, arriesgada, densa y subversiva que había rodado nunca.

La temática del espanto suele gozar inicialmente de prestigio artístico e intelectual. Se supuso desde el principio que la película iba a suponer un inestimable adorno dentro del florido currículo del autor y demostraría que además de conocer el secreto para hacer reír a los espectadores o remover sus sentimientos también poseía la capacidad para aterrarlos con historias y personajes que abordan los lugares más sombríos y perturbados del cerebro. O sea, que faltaba en su hipercuidada filmografía una de terror. Pero no terror al uso, por supuesto, el que apela groseramente al susto fácil y se vuelca en el efectismo, sino miedo con sello de arte, con mayúsculas. Y, claro, Almodóvar no es Michael Haneke, director que se mueve como un inquietante bailarín de danza experimental entre esas sombrías tinieblas. O si hay que buscar referencias más antiguas queda estupendamente que este genio de la autopromoción cite como modelo de inspiración de La piel que habito el lirismo tenebroso y la enfermiza y subyugante atmósfera que chorreaba aquella inclasificable obra maestra de George Franju titulada Los ojos sin rostro (qué mujer tan hermosa Alida Valli).

Los personajes tenebrosos a los que ha pillado tanta afición últimamente el cine de Almodóvar no me resultan particularmente estimulantes. Recuerdo con bastante desidia y pocos temblores al retorcido transexual propagador del sida que seduce a todo cristo en Todo sobre mi madre y que interpreta ese hacedor de entuertos llamado Cantó. También al artero millonario encarnado por José Luis Gómez en Los abrazos rotos, a los curas violadores y brutales y al travesti asesino de La mala educación. Pero en La piel que habito la inmersión en la psicopatía es absoluta.

En mi caso, los resultados de este buceo pavoroso que se ha propuesto Almodóvar me resultan más cómicos que trágicos, desprovistos de la mínima sombra de perturbación. Existe algo profundamente patético en provocar la risa con situaciones, diálogos y personajes que pretenden ser trágicos, complejos, torturados y feroces. Aunque el que no se consuela ante los grotescos desvaríos de su amado autor es porque no quiere. Cuentan que en el estreno de la película en Cannes se escuchaban risas durante esos doloridos momentos supuestamente trascendentes. Posteriormente, esos admiradores tan intuitivos atribuían esas risas a la mezcla de surrealismo, comicidad y drama que constituye el fascinante universo almodovariano. Yo me atrevería a jurar que en esta ocasión el asunto pretendía ir en serio, desprender horror, claustrofobia y suspense, pero involuntariamente eso se transforma en comedia bufa.

No he tenido la oportunidad de revisar esta película desde que la padecí después de su estreno en 2011. Espero no volver a hacerlo y recurro por ello a mi hastiada memoria. Y no existe una sola imagen, ni la de casi siempre sugerente Elena Anaya, que se haya incrustado agradecidamente en ella. La película describe la venganza de un cirujano  plástico contra alguien que le privó de lo que más amaba. El tipo es de esos a los que nunca se les altera el gesto, la voz ni el sentimiento, aunque esté ejecutando salvajadas. Pero cuando conoces a la madre y al hermanastro brasileño, el galeno zumbado hasta les parecerá normal. A partir de ahí los disparates se acumulan. Y el énfasis expresivo, también. Vi con fastidio la película, pero recordarla mientras escribo estas palabras es todavía peor. Me ocurre lo mismo con la mayoría de las películas que Almodóvar ha rodado en los últimos diez años, con las relamidas, repetitivas, hinchadas, pseudoartísticas, inútilmente retorcidas y cansinas Hable con ella, La mala educación y Los abrazos rotos. Tampoco he tenido el cuerpo necesario para sentarme delante de los Los amantes pasajeros. Y creo que el desgarro, el talento y la frescura de Todo sobre mi madre (exceptuando la aparición final del travestido papá) alcanza el valor de un irrecuperable oasis entre un inmenso desierto de aburrimiento.

Este artista internacional debe estar convencido de que la comedia ya no le sirve para demostrar su inabarcable genio, la profundidad de su pensamiento, la belleza de su estilo, la complejidad de su universo. Qué coñazo los que se han propuesto ejercer todo el rato de creadores, empeñados en que se note el arte, su arte, en cada plano y en cada diálogo y que venden (y bien) sin tregua una imagen de impostado genio.

Etiquetas
Publicado el
15 de junio de 2013 - 02:20 h
stats