Ellos y ellas

Esta película es felizmente demostrativa, entre otras cosas, de los milagrosos efectos del alcohol, cuestión que llevo defendiendo desde hace más de veinte años.  El prodigio no es otro que el de ser capaz de conseguir que una puritana tontita se revele como una leona agresiva cuando las bebidas espirituosas la han visitado, que deje de fabricar murallas para ceder paso a la abertura lúdica del corazón y a la llamada de la carne. El filme también toma partido por la golfería como virtud edificante, demuestra que la vida es mucho más vivible cuando se frecuenta el mal camino, que es más excitante apostarse hasta el alma que instalarse. Y, cómo no, predice el ocaso cuando las señoras obstinadas consiguen que los caraduras obstinados les firmen contratos matrimoniales, como es mi caso.

Hay una teoría que sostiene que seriedad es sinónimo de inteligencia y que la profundidad está reñida con lo frívolo. Mankiewicz, el intelectual, el escéptico, el analista, la desmiente. En esta película fue capaz de fabricar coreografías saltarinas, de contagiar alegría a ritmo de comedia musical. Consiguió  que el magnífico Frank Sinatra, el poeta de la madrugada, se autocaricaturizara con soltura y verdadera gracia. También que Marlon Brando, en pleno apogeo narcisista (cuándo no), se ofreciera como un simpático comediante, que sin abandonar la arrogancia se marcara decentes pasos de baile, que utilizara las mañas más arteras para corromper a la indesvirgable. Y, lo más difícil, que la preciosa Jean Simmons nos cabreara astutamente durante media hora para después enamorarnos en una Habana imposible.

Además de divertirse con el encargo de reconstruir garitos de cartón piedra con encanto, de mover con verdadera chispa a unos cuantos bailarines, de emular al mejor Minelli, a Mankievicz le tocó limar asperezas y celos profesionales entre Brando y Sinatra. La profesionalidad salió ganando. Ellos y ellas es una placentera bocanada de aire puro.

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28 de diciembre de 2013 - 03:41 h