Hubo otros, pero ninguno como aquel: Cartagena 30-J

El once titular en Cartagena el 30 de junio de 1999.
Tal día como hoy, hace 17 años, el Córdoba consiguió poner fin a un periodo negro en Segunda B y Tercera para asomarse a la nueva escena del fútbol profesional

Los niños de entonces forman hoy el núcleo duro de la afición. Todos han vivido episodios de alta intensidad, para bien o para mal. Pero ninguno como aquel de Cartagena, que supuso un terremoto emocional de dimensiones increíbles en una ciudad para la que el fútbol llevaba mucho tiempo siendo un pasatiempo de minorías o el refugio de un grupo de nostálgicos de los años 60, cuando Juanín, Simonet o Mingorance eran héroes populares y salían en las estampas. El recuerdo de las hazañas pasadas se ha convertido en un clásico del cordobesismo durante el mes de junio de cada año. Hay de todo. Está la gesta de El Alcoraz, en Huesca.  También, cómo no, el gol de Uli Dávila en Las Palmas que devolvió al club un sitio en Primera tras más de cuatro décadas. Pero si hay un ascenso que realmente impactó en la ciudad fue el del 30 de junio de 1999 en Cartagena. Tal día como hoy, hace 17 años, surgió la Cordobamanía. Los nombres de Espejo, Loreto, Ramos, Juanito, Leiva… hacen que la mente del cordobesista se dispare hacia una época de esplendor. Sí, aunque ahora parezca mentira. Hubo un tiempo en el que la gloria era otra cosa. Un ascenso a Segunda se celebraba como si fuera la Champions. Contra todo pronóstico, envuelto en el descrédito y la ruina económica, tras un año de encierros, impagos y reclutamiento forzoso de canteranos, al borde mismo de la defunción deportiva, el Córdoba CF logró salir del infierno de la Segunda División B después de 16 temporadas de calvario. Lo hizo en un encuentro memorable, que marcó a toda una generación.

El escenario era el siguiente: el Córdoba llegaba a la última jornada de la liguilla de ascenso con una única opción de subir. Tenía que vencer al Cartagonova en su estadio. A los locales les bastaba el empate para lograr el éxito. Llevaban 43 partidos consecutivos de Liga sin ceder una derrota ante su afición, que abarrotó por completo el graderío creando un ambiente de presión brutal. El Córdoba había perdido en sus dos salidas de la liguilla (1-0 ante la Cultural Leonesa y 5-0 ante el Racing de Ferrol), pero se aferraba al refuerzo anímico que le había supuesto doblegar al Cartagena, candidato número uno, en El Arcángel por 2-0 (goles de Espejo y Pedro Aguado). Allí se plantó el Córdoba, con las apuestas en contra y el cartel de víctima colgado del cuello. El equipo que escribió la historia lo formaban: Leiva, Requena, Soria, Juanito, Clavero, Ramos, Puche (Espejo), Pedro Aguado, Loreto (Nandi), Rafa Navarro y Óscar Ventaja (Jesús Lanza).

En el estadio de Cartagena apenas había medio centenar de cordobesistas. No había entradas para ellos. Unos cuantos periodistas lo pudieron contar. Pero miles lo seguían en Córdoba por televisión. Lo retransmitió Canal Sur y en el Palacio de Deportes Vista Alegre se instalaron pantallas para seguirlo en directo. Quienes estuvieron dentro de aquella marabunta blanquiverde quedaron marcados de por vida.

En la primera parte, el Cartagonova se adelantó gracias a un penalti marcado por Keko (21′). Así se llegó al descanso. Los blanquiverdes, dirigidos desde el banquillo por Pepe Escalante, no lo hacían mal. Llegaban con cierta asiduidad, pero sin remate final. El primer cuarto de hora tras el intermedio resultó escandaloso. En dos acciones a balón parado, el Córdoba fulminó al Cartagonova y dejó enmudecido al graderío. Óscar Ventaja hizo el primero en el minuto 51. Seis después, Ramos colocó el segundo. Los departamentales se quedaron paralizados, sin saber qué hacer, atónitos ante lo inesperado de la escena. En medio del silencio de Cartago se escuchaban los gritos de ánimo de los futbolistas del Córdoba, estimulados al máximo ante la magnitud de la hazaña que estaban protagonizando. El 1-2 sacó al Córdoba de las catacumbas y le devolvió el lustre perdido. Hubo después más partidos y más ascensos, pero ninguno como aquel del 30-J.

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