'Pesadilla arqueológica': cuando la realidad supera a la ficción

Alejandro Ibañez en la presentación de su libro Pesadilla Arqueológica | MADERO CUBERO
El arqueólogo de la Delegación de Cultura, Alejandro Ibáñez, publica una primera novela en la que describe desde la comedia los inicios de la protección del patrimonio en los ochenta

Reconoce que más de tres décadas de trabajo como arqueólogo en la provincia de Córdoba le puede dar para muchos más libros. Pero ha empezado por el primor, como es lógico. Alejandro Ibáñez, arqueólogo de la Delegación de Cultura en la provincia, ha logrado lo que a muchos les resulta alucinante: sacar tiempo de su agenda laboral -aderezada por su pasión por la gastronomía, que también le ocupa su tiempo- para escribir una primera novela. Su título es Pesadilla arqueológica (Séneca Editorial) y se presentó este viernes en el Teatro Cómico.

Arqueólogos, propietarios, burócratas, funcionarios, políticos, policías... Un bestiario de personajes pululan por las páginas para trufar un argumento tan loco como real: la búsqueda de un tesoro por parte de una pintoresca señora que terminó movilizando a la sociedad de la época. Un hilo argumental que, como dijo la profesora de literatura Angelina Acosta -también cuñada del autor y presentadora del acto- está lleno de anécdotas que son, en sí mismas historias, que darían para otras novelas. Como la escena en la que “una monja bajita” termina en volandas del arqueólogo porque ésta casi tiene la misma altura que su hija pequeña y le ha hecho un gesto familiar.

En sus páginas, el autor se inspira en su propia vida profesional y vital para hacer un desternillante relato de su oficio y de las vicisitudes por las que puede pasar un profesional del patrimonio histórico. Más si cabe, en el momento en el que se desarrolla la obra. Justo a mediados de los años años ochenta, cuando la estructura administrativa y burocrática tenía un armazón dedicado a la conservación del patrimonio tan difuso como la propia conciencia social sobre la materia.

Unos primeros años en los que el propio Alejandro Ibáñez, como su trasunto en las páginas del libro, se apoyó en aliados que no hubiese esperado antes: como la Guardia Civil. “En el momento en el que se desarrolla la novela no existía todavía el Seprona, pero ya se dice que es necesario crear algo parecido”, prosigue. “Es que había mucho por hacer y no era fácil decirle a un alcalde de aquel entonces, a cuyo pueblo le faltaban carreteras, centros de salud y colegios, que tenía que proteger el patrimonio”, recordaba el autor.

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