Trassierra tras la careta

Elena Lázaro


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No sabría por dónde empezar. Ni siquiera sé si quiero describir estas cuatro calles y mil senderos que componen la barriada de Santa María de Trassierra.

No se pueden describir las emociones ¿Cómo adjetivar lo que se siente en un lugar? Trassierra no es objetivable como exige lo descriptivo. Y no lo es por varias razones.

La primera es puramente personal y tiene que ver, como digo, con la incapacidad de quien escribe para trasladar a palabras sus sentimientos. Eso es cosa de poetas y yo, salvo algún pareado accidental, no controlo el arte de rimar ni siquiera el de trovar. Si insisten me limitaré a darles un par de pinceladas: silencio donde hubo ruido. Pocos entenderán.

La segunda razón para no describir Trassierra radica en la imposibilidad de captar el alma de este barrio de la periferia privilegiada de la ciudad. Se puede visitar Trassierra y creer que se conoce. Es posible caminar sus calles, perderse en las parcelaciones más o menos documentadas e incluso emplear una mañana en el presunto corazón de la barriada, donde se concentran todos y cada uno de los servicios municipales por los que batalló el activismo vecinal de los ochenta: centro cívico con sede administrativa consistorial, centro de salud, farmacia y parada de la empresa municipal de autobuses, en el bando de lo público; supermercado, frutería, estanco, ferretería y bares -estos últimos son los únicos que no se cuentan por unidades- del lado de lo privado, y algo más arriba, la parroquia, del lado de lo divino. Se puede visitar todo ello y no lograr conocer Trassierra.

Posiblemente ésta sea la barriada más bipolar de toda la ciudad. Trassierra enseña una cara al visitante que no es cara sino careta. Existe una Trassierra de fin de semana, que es perolista y cobijo de caminantes y ciclistas, y otra oculta, que es auténtica. La primera es fácil de ver. Me atrevería incluso a describirla adjetivándola como serrana, rural, verde, tranquila y estaría mintiendo. O peor: estaría haciendo un panfleto para quienes tímidamente empiezan a especular con ella olvidando que proteger la Sierra es proteger también sus formas de vida y no dejarse llevar por los cantos de sirena del dinero fácil del turismo caníbal y gentrificador. Y ahí dudo que vean pasar estos pinceles y estas letras.

El alma de Trassierra está oculta; es infranqueable como el muro del viejo cortijo y complicada como la carretera que sube desde la ciudad. La Trassierra tras la careta esconde el alma de un barrio donde las redes se tejen entre los caminos y las casas. Es esa Trassierra la que invalida cualquier intento de conocerla o contarla “in situ” porque en ella, como en los pueblos pequeños, donde quienes la habitan lo hacen en islas parceladas, tan fuerte son los lazos de ayuda como las desconfianzas. Y eso se siente si se sabe escuchar entre gestos y miradas a la hora del desayuno, cuando unos sorben el anís y tuercen el gesto al ver llegar al forastero pidiendo churros cuando todo el mundo sabe que de lunes a viernes aquí se desayuna pan con aceite, que los extras son para el fin de semana. Esa Trassierra se intuye escuchando una conversación monosilábica entre un cliente habitual (“¿Qué?”) y el ferretero (“Ya está ahí lo tuyo”) o colocándose en el lugar indicado en la cola del supermercado para saber quién recibirá visita este fin de semana. Pinceladas, en definitiva, de un barrio auténtico imposible de dibujar y urgente de conservar (y ahí está la tercera).

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