El desafío psicológico de superar los 'flashbacks' y los ruidos que devuelven a las vías
Para José Gómez Prieto, el tiempo parece haberse detenido y, a la vez, avanzar con una lentitud dolorosa desde aquel día en el que el tren Alvia, en el que viajaba en el vagón tres, se chocó con el Iryo que previamente había descarrilado. A diferencia de otros pasajeros que perdieron el conocimiento, él lo recuerda todo. No hubo oscuridad ni olvido, un arma de doble filo ante catástrofes como la que ha dejado sin vida a 46 personas. Él y los familiares que viajaban juntos pueden contarlo. Son cinco de las 193 que aquella noche fueron atendidas por los servicios sanitarios. Las heridas físicas, en su caso, van sanando. Pero las psicológicas, aunque invisibles, comienzan a ser escuchadas y tratadas.
Este onubense atiende a Cordópolis desde su ciudad natal 20 días después de haber recibido el alta en el Hospital Reina Sofía de Córdoba. Tras el choque sufrió cuatro costillas rotas, el esternón fracturado y un pulmón afectado por la acumulación de sangre. Tras ser rescatado “a cuestas” por los bomberos y trasladado rápidamente a un puesto de la Cruz Roja, fue ingresado en el hospital de la capital cordobesa, donde pasó dos días en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y un total de ocho días hospitalizado antes de ser trasladado en ambulancia a su hogar en Huelva.
Sin embargo, el alta hospitalaria no significó el cese del sufrimiento físico. José describe dolores “grandísimos” que lo obligaron a usar parches de fentanilo y una fuerte medicación analgésica. “Los dolores me estaban matando”, confiesa, explicando que la tensión del accidente le provocó contracturas musculares severas al adoptar posturas incorrectas para mitigar el daño. Actualmente, espera iniciar rehabilitación en el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva para recuperar la movilidad que las fracturas y la heparina le arrebataron durante semanas de postración.
José no viajaba solo; lo acompañaban sus dos hijas y sus dos yernos. La peor parte se la llevó uno de estos últimos, quien salió despedido del vagón hacia las vías, sufriendo un golpe en el pecho que requirió un drenaje de sangre en el corazón y múltiples cirugías en el brazo y la mano. A pesar de la gravedad, hoy todos están fuera de peligro. Aunque ya se han reencontrado, el silencio es su refugio temporal. “No hemos querido hablar del tema porque igual podemos hacernos más daño”, explica José, señalando que la familia ha preferido esperar a que las sesiones de apoyo psicológico hagan efecto antes de abordar los recuerdos compartidos de la tragedia.
El aspecto psicológico es, quizás, el terreno más difícil de transitar. José confirma que toda su familia está recibiendo ayuda psicológica para gestionar los recuerdos y las experiencias vividas, y que su mente está en una especie de “modo automático” donde las imágenes del accidente asaltan su mente sin previo aviso. “Vienen y se quedan ahí un poquito, como un ocupa”, relata sobre los flashbacks que se activan con “cualquier ruido fuerte”. Aunque no se ha planteado formalmente si tiene miedo a viajar, reconoce que esta misma semana acudió al Reina Sofía para una revisión médica y tanto él como su familia evitó el tren y el coche particular, optando por el autobús por ser más cómodo y seguro en ese momento. Teme que, cuando llegue el momento de subirse a un tren, los recuerdos regresen con fuerza.
A todo ello se suma la posible denuncia que esta familia interpondrá en el juzgado de Montoro, aunque la prioridad de todos es la salud. Por ahora, José se centra en lo cotidiano: mejorar “poquito a poco”, gestionar los recuerdos con ayuda profesional y agradecer que, pese a la magnitud de la tragedia, él y los suyos pueden hoy contarlo.
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