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Julio, tribuno de la Plebe

Manuel Monereo y Julio Anguita | MADERO CUBERO

Manuel Monereo

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Amé a Córdoba de la mano de Julio Anguita. Me la enseñó muchas veces. Le encantaba andar por sus calles de noche y sin gente. Lo hacía tarde. Otoños y primaveras eran sus estaciones preferidas. Conocía cada rincón, cada detalle, cada símbolo. E historia, mucha historia. La Córdoba romana, árabe, se mezclaba con el barroco hasta la desamortización. Así hasta llegar a la Guerra Civil. El haber sido casi tres años diputado de Unidos Podemos por Córdoba me ayudó a conocer aún más a Julio y su muerte no soy todavía capaz de valorarla en toda su amplitud.

En la historia hay ciudades que se identifican con una persona. Córdoba y Julio están unidas en la memoria colectiva y en el imaginario social. Era un referente, como los faros. Notamos que están ahí, pero cuando llegan las tormentas, las dificultades, las crisis, nos sirven de guía; dan luz cuando todo es oscuridad y señalan caminos en momentos en los que el futuro se estrecha y se hace opaco. Ahora, ante una crisis de enormes dimensiones, echaremos en falta a Julio Anguita. No tendremos donde mirar y mirarnos. Estamos más solos.

Era un pedagogo popular. De su largo periodo de maestro, aprendió a convertir lo difícil en comprensible para las mayorías. Su campaña electoral en Andalucía en 1986 señaló su emergencia como tribuno de la plebe, como portavoz de los acallados y mudos, como intérprete de demandas colectivas que necesitaban ser verbalizadas y convertidas en política. No buscó nunca el aplauso fácil ni halagar a las multitudes; no le gustaba pedir el voto. Aspiraba a una ciudadanía consciente capaz de elaborar juicios autónomos y de decidir sabiendo lo que realmente hacían. La otra parte también. El hacer política era algo más que hilar eslóganes y frases hechas. Había que explicar las cosas, hacerlas inteligibles y convertirlas en propuestas. Aquello de programa, programa y programa equivalía a prometer, a comprometerse con la palabra dada y sancionada por los ciudadanos en el ejercicio de su voto. El programa era un pacto con los ciudadanos.

Para Julio la política, como para los antiguos griegos, era un deber y un honor. No creía en la política como profesión, creía en la política como vocación de servicio y como ejercicio de las libertades públicas. Siempre tuvo claro que había clases y que había que escoger campo. Él escogió el estar con las mayorías sociales, con las clases trabajadoras, con los humillados y ofendidos. Lo hizo a su manera, sin estridencias, con un estilo respetuoso, didáctico y culto. Entendió que su deber era representar a las clases subalternas y, correlativamente, cambiar la cultura política, socializarla, por así decirlo y convertirla en germen de un autogobierno efectivo de las poblaciones.

Siempre entendió que el capitalismo era un mal en sí y que tendría que ser superado. Nunca pactó el proyecto, el programa, la concepción del mundo y defendió hasta las últimas consecuencias una idea clásica que él la convertía en política cotidiana: para ser clase dirigente hace falta articular un bloque político social muy amplio en base a un proyecto alternativo de país. Nunca se rindió y luchó siempre.

Nos deja un Manifiesto. Lo vida lo ha convertido en un testamente firmado por los que siempre hemos estado con él. Nos queda cumplir con nuestra obligación. Llorar lo justo, apretar los dientes y no perder ni un día en la lucha incansable por poner fin a la prehistoria y construir una historia en la que la vida, la sociedad y las futuras generaciones puedan convivir sin conflictos sustanciales. Te echaremos de menos, Julio.

Manolo Monereo, abogado, politólogo y exdiputado de Unidas Podemos por Córdoba

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