Diario del Confinamiento | Tiempos tormentosos

Imagen de una tormenta.

A mi abuela le asustaban mucho las tormentas, algo que contagió a mi madre y, por extensión, a mi hermano y a mí.

Son ahora memorables aquellas tormentas de verano de la infancia en un pueblo de Los Pedroches. Llegaban por la tarde casi de improviso; pero el abuelo parecía presentirlas con una frase surrealista: “no sé qué habrá comido hoy pero creo que a Dios le van a sonar las tripas”.

Mi abuela nos hacía acostarnos a mi hermano y a mí junto a ella en la habitación del centro de la casa, la que no tenía ventanas, en absoluta oscuridad –lo que acrecentaba el canguelo- y musitaba letanías, posiblemente dedicadas a Santa Bárbara, una artillera, hasta que el meteoro pasaba de largo.

Las tormentas podían llegar con una lluvia constante que hacía ruido en los canalones, con una granizada que repiqueteaba en los postigos o podían ser las de susto máximo: las “secas”, sin precipitaciones, aquellas en las que relámpago y trueno eran prácticamente simultáneos, estruendosas y que dejaban aroma a azufre o fósforo, a demonio cabreado, en definitiva.

Si mi abuelo, que era un tratante de borregos venido a menos, hubiera sido un ilustrado de Filadelfia al que no le asustan las tormentas, hubiera inventado el primer pararrayos y yo hoy sería nieto de Benjamin Franklin. Hubiera estado bien manejar billetes de 100 pavos con el careto del yayo, pero estas cosas no se eligen.

Ya no me asustan las tormentas; es más, me gustan. Creo que es por haber leído a los Románticos, por las pelis o porque alguna que otra me ha mojado en una calle estrecha, me ha limpiado y no me ha frito.

En estos días aburridos, me asomo al balcón y las espero, las invoco casi, les pido en silencio a los dioses que recorran los muebles ahí arriba siquiera un ratito.

Las tormentas rasgan el cielo y rompen la rutina. Buena cosa, pues.

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