Diario del Confinamiento | Long distance barking dogs

Dos perros.

Oigo ladridos por la noche. Muy a lo lejos. Se escuchan ahora muy bien entre los silencios que hacen los personajes con túnica que salen en 13TV. Antes no les prestaba atención o no me percataba.

Deben ser perros de chalet porque ladran mejor que los perros de parcela, que son asincopados y se pegan hostias contra la cancela. Estos parecen más finos.

Yo nunca he tenido perro. No me gustan mucho; eso de la fidelidad y la lealtad en un cuadrúpedo que menea el rabo y saca la lengua nunca acabó de convencerme. Me parece impostado. Sí tuve una gata. Se llamaba Manoli y se parecía un poco a Audrey Hepburn desnuda.

Borges decía que todo gato sueña con el tigre que fue. Puede ser, casi todas las cosas que decía Borges parecían ciertas.

Una vez leí una entrevista en la que Enrique Morente contaba que tenía en casa un mastín que estaba ronco pero que, al ladrar, afinaba mejor que él. No ha nacido nadie aún que pueda desmentir algo que haya dicho Morente.

Escucho a los perros ladrando en la distancia mientras el actor que hace de Juan Pablo I en la tele se calla. Va a tardar diez minutos en cascarla, ya te lo digo. Tiene una tos sospechosa.

Es posible que haya, en este punto, alguien que se pregunte por qué he titulado esto en inglés. Le daré pertinente explicación: porque es una lengua popular en el mejor sentido de la palabra, porque me da la gana y porque así parece el título de una canción de Tom Waits o de Neil Young, personas ambas que merecen respeto máximo y alta consideración.

He dicho.

I´ve just said.

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