Entre dos eclipses
El eclipse tuvo su fase previa. Iniciática. Como de tocarnos la moral. O así llegamos a percibirlo en el seno de mi familia. ¿La causa? Anécdotas, entre memorables y molestas, y la convicción de que deberíamos acudir, con fe y paciencia, a alguna oficina de consumo, algún día.
El objeto problemático: las gafas ISOcomosellamen; porque de qué sirve, a veces o demasiadas veces, actuar con previsión, si unas lentes para contemplar el eclipse solar 12/08/26 que se anunciaban como homologadas, a pocos días del evento astronómico, te comunican, vía correo electrónico del gigante comercializador, que nanay, que la Xunta de Galicia -más lince que otras CCAA- ha alertado (¡menos mal!) de que dicho dispositivo entraña riesgos, no es seguro, no debe usarse, y, en consecuencia, te informan, así, vía correo electrónico, de que no lo utilices y que tienes unas 48 horas para devolverlo y te harán el reembolso. Añado que mi familia estaba ya haciendo kilómetros de autovía y carreteras secundarias cuando, por casualidad, al revisar el buzón en el teléfono, saltó la alerta arriba mencionada.
Fue leer aquello de que nuestras codiciadas gafas podían ser presuntamente cegadoras si con ellas mirábamos la evolución del eclipse, y entrar en un bucle cabreado-argumentativo. Catarata de preguntas-queja para el desahogo. ¿Es que, en España, petada de fondos Next Generation UE, campeona del Mundial y tan poblada de avezados profesionales de la intermediación y el lobismo, no habíamos sido capaces de activar la mejor instancia responsable de vigilar qué gafas se deben poner en las manos y sobre los ojos de las personas, qué QR o distintivo claro deben llevar, etc.? ¿Es que las comunidades autónomas habían preferido no colgarse medallas a santo de esto? ¿Es que iba a pasar igual que con las mascarillas y el papel higiénico durante la pandemia, que algunos días, ni modo de hallarlos? Después, planeó sobre nuestras brevemente sombrías cabezas la depuración interna de responsabilidades. ¿Es que no había otros modelos que cliquear a la cesta?, ¿quién dijo de comprarlas online en vez de acercarnos a la óptica o al quiosco de la ONCE a preguntar? y ¿cómo habíamos tenido esta suerte tan mala de dar con algo defectuoso? ¿Quién era aquí el gafe?
Nuestro viaje hacia el norte continúa. La maravilla del eclipse y su intendencia cambiaban algo la ruta. Había que encontrar una oficina de la empresa de mensajería para la devolución de las dichosas gafas. De nuevo, fenómenos extraños, señales de ir la cosa cuesta arriba. Va Google Maps, hace como que se equivoca, y nos lleva a la misma puerta de un salón de juego. Ni rastro del punto de recogida y entrega de paquetes, que andaba unos metros más adelante, además de oculto tras el andamio entelado de una ruidosa obra. No diremos el municipio en cuestión; pero en aquel local se despachaba butano, algún pitillo se echaba, y sí, era también el lugar donde podíamos devolver lo defectuoso y quedar libres del pecado de errar al comprar el objeto del año.
Hubo que endulzar el tropiezo de las gafas con podcast divulgativos, humor en redes sociales, programas de radio, noticias, mapas, curiosidades, para no tomarle manía al eclipse, que ninguna culpa tiene, tuvo o tendrá de nada. Sonaba, desde alguna que otra esquina de Internet, la voz de gente apocalíptica, odiadora tenaz y prescriptora de la estupidez de perderse el eclipse, encerrándose en casa con las persianas bajadas. Voces, desde luego, que mandar al peo.
Llegó el día, la hora, el sitio. Y mi familia, sin gafas. Tres días buscando y a ninguna tienda, óptica, farmacia…, les quedaban. Pero allí estábamos para presenciar o asistir con muchísima prudencia, sin mirar al sol, a un acontecimiento único, imperdible, sobrecogedor. Habíamos llegado con tiempo y enseguida se aclaró nuestro horizonte y se dibujaron sonrisas. Protección Civil estaba repartiendo gafas homologadas. ¡Bien!
La cita con el espectáculo astronómico, ese baile trampa de la pequeña Luna para con el Sol, avanza inexorable. En el momento exacto comienza a dejarnos sin palabras, rodeados de una luz y un silencio raros, previos a la oscuridad; emocionados, extasiados, maravillados, conocedores experienciales de la realidad de la existencia; es decir, esto de experimentar práctica y verdaderamente dónde estamos y qué inmenso poder poseen los astros, el universo todo, la naturaleza y sus leyes; que estamos juntos en la Tierra, unidos a nuestra estrella Sol y nuestro satélite Luna, en la Vía Láctea… y así hasta los vastos espacios que lo anterior contienen; que quizás la humanidad necesita comprobar de cuando en cuando el inconmensurable valor de la luz de vida solar, perdiéndola durante algo más de un minuto, para recuperarla después. Vuelve, sí, porque se trata de un eclipse, no de un irreparable destrozo.
El eclipse, en fin, derriba el trampantojo. Caen las capas de apariencia. Deja al descubierto, en su ser ridículamente absurdo y débil, todo ese envoltorio artificial que se empeña en oprimir al ser humano y expoliar a la Madre Tierra. Nadie puede parar, evitar o provocar un fenómeno astronómico. Ningún presidente fanfarrón puede escribir en su red social un viernes por la mañana que el sol se mostrará de tal o cual manera porque él es un peso pesado de las medidas de presión, y que, así, alineándose con ello -o lo contrario-, se comportarán, para su beneficio, los mercados financieros cuando abra Nueva York. Por eso intuyo que a esa clase de gente no les gusta que el pueblo se bañe en la sabiduría experiencial del eclipse.
Ha sido el primero de tres. Quedan dos eclipses visibles en nuestro país para 2027 y 2028. Es como si el universo quisiera acelerar sus lecciones. Mientras, hasta que llegue el siguiente, estaré leyendo algunas cosas como las que arriba se muestran. PD.: Ya están tardando las esferas de poder internacionales -si eso aún existe- en tomar medidas por barbaridades contra los astros como el cohete que Musk ha estrellado en la superficie lunar.
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
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