El pelo de Dolly Parton
La rubia superlativa de la música country ha ascendido a los cielos en sus alas de mariposa. Dolly Parton se transmuta en leyenda y seguirá viva a través de su Jolene, que, estos días, escucho en bucle, interpretada por ella o en la potente versión de su ahijada artística Miley Cyrus en The Backyard Sessions; porque esa inteligencia emocional de tratar a otra mujer, la Jolene rival en el amor, como a alguien que escuchará, y nunca como enemiga, tenía y tiene su punto: a lo mejor eso que reconocemos como sororidad, solidaridad femenina, de ser, en verdad, hermanas.
Me pasé media vida cruzándome con retazos de las canciones de la genial chica de Tennessee que creció en una cabaña humildísima donde fue testigo de la sacrificada vida de su madre, que parió y crió a doce vástagos; bastantes años guardando en la memoria esos estribillos grabados a fuego en el tesoro de la cultura popular, y diciéndome a mí misma lo extraordinaria que era esta mujer excesiva, por el pelazo, los tacones, la ropa, la figura…, hasta que, en su momento, es decir, hace poco, se me ha revelado lo que, para mí, que soy ya la adulta, la madura, representa Dolly Parton.
Puesto que exageración es elección, y muchas veces es rebeldía y libertad, lo superlativo en Dolly Parton constituye un modo de comunicar al mundo que es una misma, unx mismx, quien decide esculpirse, narrarse, mostrarse al resto y al tiempo histórico, a su libérrima manera, yéndose hacia los márgenes al cabalgar sobre sus propias hipérboles.
Si se lleva o nos gusta el pelo largo, la clave no será amoldarse al cabello que, según la década, se espera de una chica, sino lucir un melenón exuberante, sorprendente, nada canónico, incluso intimidante y al gusto de su dueña. Y así con todo. Lo cual perfectamente encaja con el poderío personal y estético de Dolly Parton, la intérprete y compositora que respetuosamente bromeaba sobre su afinidad excesiva con lo drag queen.
Escribió más de 3.000 canciones, incluida la popularizada por Whitney Houston I always love you, y nadie vio que se diera pisto presentándose como una irrepetible superdotada de la composición, ni existía la IA para que le echase un cable. Creó también una fundación para promover la lectura desde la infancia, regalando libros a mansalva, pues siempre tuvo en cuenta el poder de la educación y el hecho que su padre fue prácticamente analfabeto. Si las redes sociales y las pantallas pueden funcionar como armas de destrucción masiva, ella nos aferra a los libros, a la música, a las experiencias que hacen convivir, reunirnos, hablarnos cara a cara.
Aguantó, con inteligencia y sorna, comentarios desafortunados sobre su imagen, su estilo, su nombre gemelo con el de la clonada oveja Dolly. Fue inmune a los tópicos y al edadismo -la vimos actuando en shorts con 77 años-. Ella misma en sus comienzos hizo un disco titulado Dumb blonde (rubia tonta), para destruir la lacra o ironizar sobre el manido cliché. No se decantó políticamente pero no se callaba, no temía molestar al poder, y demostró estar del lado de la inclusión, de la solidaridad, de los derechos del colectivo LGTBI+. La vacuna contra el Covid-19 de Moderna tuvo su ayuda económica. Y su papel como mentora de otras cantantes jóvenes es notable. Con tan solo visitar una conocida plataforma de listas de reproducción, donde se le rinde tributo, aparecen esas nuevas voces femeninas con las que Dolly Parton ha hecho duetos y colaboraciones hasta hace escasas fechas.
No es casualidad que divas como Beyoncé, Shakira, Karol G, Amy Winehouse o Sinéad O'Connor destaquen por sus icónicas cabelleras, o, como la última, por su casi desnudo y bello cráneo. Por eso el pelo de Dolly Parton a lo mejor no era solo personal sino también político.
En definitiva, el perfil que de ella traza María Ramírez en elDiario.es y libros como Dolly Parton, un retrato americano, de Beatriz Navarro, amplifican lo que ha supuesto que una mujer se convierta en multimillonaria y ejemplo de filantropía mediante su música, su talento, sus negocios; que se sumara a esa revolución de algún modo feminista en el entonces aún más conservador mundo del country, y que haya logrado imponer el brillo de su feliz autenticidad a críticas misóginas o clasistas.
Los textos seleccionados para apoyar estas líneas, más algún producto capilar, son: Música, maestra. Ensayos sobre música y mujeres escritos por mujeres, de varias autoras; Armonías y suaves cantos. Las mujeres olvidadas de la música clásica, de Anna Beer; Mujeres y música, de Toni Castarnado; Avenida de los misterios, de Jonh Irving, novela en la que sus protagonistas aprenden a leer y amar la literatura en los libros tirados al vertedero en que se ganan el sustento; La vida al final, de Bernhard Schlink, por aquello de hallar sentido a la existencia; el más arriba citado Dolly Parton, un retrato americano, de Beatriz Navarro, y el producto voluminizador del cabello ‘Big Hair Day’, de L'Oréal Paris.
Dolly Rebecca Parton se ha eternizado. Es oficial. Desde el cabello inmenso hasta el final de sus tacones. Al fondo se escucha Jolene.
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
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