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Sobre este blog

Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.

Soy lectora por amor

Lectura por amor

Ana Fernández

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El informe PISA me ha dejado planchada, plof, a pesar del optimismo de cada día, tan necesario como un desayuno.

Los resultados de PISA hacen pupa o escuecen igual que el alcohol en la herida. A la postre, a toda la sociedad nos han puesto un cero de esos que dolían en la EGB, un rotundo suspenso.

Que haya gente joven que se cansa de leer a las 400 palabras, que no comprende bien qué dicen unos párrafos, constituye un bache colectivo sobre el que urge actuar del mejor modo y, a partir de ahí, trabajar con tenacidad y sin cicatería. 

No obstante, hay que matizar que lo negativo de PISA no es generalizable. Parte de la juventud lee más y mejor que la generación de sus progenitores. Es, sin embargo, muy preocupante que haya aún sectores y personas que no han conectado con la lectura cuando es la llave del conocimiento y del ejercicio de derechos humanos y de ciudadanía. Lógicamente, eso no puede quedar así. 

Estoy segura de que una inmensa mayoría coincidimos en que tenemos que salir del bache del reciente informe PISA; que, por favor, no se convierta en un hoyo insalvable ni en tumba de autoconfianza e ilusiones, sino que, por el contrario, seamos capaces de saltar hasta volar mediante un impulso combinado de espíritu crítico, reflexión y creatividad.

España no lee lo que debiera. Ni lee con desempeño óptimo. Esto tenemos que arreglarlo con actuaciones que pueden comenzar en el perímetro de nuestro pequeño o mediano mundo. En casa, en los barrios, en las ciudades… Y completarse en todos los niveles institucionales y de la sociedad civil. 

Nuestras manos y oídos, nuestra capacidad de dialogar y todos los recursos tienen que estar, en primer lugar, junto a la infancia, la adolescencia y la juventud. Nada de estigmatizar. Prosigamos con la lectura en alto para bebés, y de ahí hasta las actividades para las personas mayores, con alianza y contacto intergeneracional. 

Por cierto, de mi meditación optimista de la mañana ha surgido la idea de compartir aquí cómo me hice lectora. 

Recuerdo los libros que me regalaron, los prestados y los que había en casa. Lo determinante, visto en perspectiva, fue el vínculo de la emoción: enamorarme de lo que leía y de quien lo había escrito; sentir el amor generoso de quienes me acercaban a los libros y la pasión de estas personas por los propios libros y lo que representan. 

Recibí de mis tíos, providencialmente, los cuentos completos de Jorge Luis Borges, en dos tomos, de bolsillo, de la editorial Bruguera; Las mil y una noches, con tapas de cuero color granate y anchos lomos de oro, y Lorca y su mundo angélico, un precioso libro ilustrado por Gregorio Prieto, una maravilla para amar la poesía. También, en el bufé libresco del hogar al que llegaban Mortadelos y otros cómic, hubo un verano en que elegí La Regenta, de Clarín, amado novelón al que me subí cuando la literatura juvenil de entonces no me decía lo suficiente. Otro julio adolescente, comencé a tontear con El Quijote, yéndome solamente a los pasajes más conocidos, del todo deslumbrada por el seductor Cervantes. 

La vida ha cambiado, ciertamente, desde mis catorce años acá. Ahora, las pantallas nos absorben y reclaman llevándonos hasta ciberespacios no asociados a la lectura en la mayor parte de las ocasiones. 

Pero nadie nace leyendo y siempre hay caminos para empezar a leer y seguir haciéndolo siempre, por gusto, por entretenimiento, por aburrimiento; por hallar compañía dentro de una dulce soledad; por evasión; por marcharnos al lugar clandestino, secreto, privado, íntimo, que es un libro, donde nadie puede monitorizarte ni saber qué piensas; por placer, por amor, especialmente por las dos últimas motivaciones. 

Comprender, continuar leyendo y situarse cómodamente en el texto, como si lo que se lee fuese nuestro sofá o sillón favorito, es esencial y no siempre es posible. Leer para escribir y escribir para leer también ayudan. No soy pedagoga, pero me pongo en el lugar de quien arrastra la dificultad de no haber adquirido base lectora en su momento y entendemos por qué, a veces, se caen los libros de las manos. ¿Cómo así leer? ¿Cómo afrontar el contrato de una póliza de seguro, el programa de la Agencia Tributaria para la declaración de la renta, la letra mediana o pequeña de un préstamo al consumo? 

Hace falta garantizar que se den, efectivamente, las oportunidades y los recursos necesarios para el aprendizaje desde la fortaleza de la educación pública. Y orquestar, por supuesto, toda una conspiración a favor de la lectura. 

Nunca hemos vivido, quizás, en un ambiente más propicio y rico a la invitación a leer y al comentario compartido de lo leído que el actual. Podcast, clubes de lectura, bibliotecas, librerías, suplementos y festivales literarios multiplican las ocasiones de amar los libros intensa y profundamente, con devoción inagotable. 

Cosmopoética 2026 está dedicado a Borges (aplaudo mucho, mucho) y reúne un elenco de participantes y actividades como para ir a todo si fuera humanamente posible. ¡Qué ganas de Cosmopoética! Olvidaremos, o no, el choque, finalmente suavizado por el argentino, de Borges con Góngora; se hablará en los corrillos de la película Biografía de Jorge Luis Borges, de Mariano Llinás, presentada en el festival de Venecia; el espacio La estación azul, de RNE, recogerá el Premio Cosmopoética Ciudad de Córdoba a la difusión de la poesía. Y dentro del proteico programa, en institutos se desarrollará la actividad “Inventar la alegría”. ¿Se puede, se debe inventar la alegría? El estudiantado irá presto a defenderla y dirá si es inventable y cómo hacerlo. 

Recibimos también, más allá de la cita internacional cordobesa de Cosmopoética, un primer trimestre repleto de encuentros culturales en torno al libro y la edición (Hay Festival Querétaro y Segovia, el madrileño Back to the book, en Matadero), un tiempo rebosante, en fin, de excitantes y sabrosos aperitivos para el apetito lector.

Lo dicho, hay que abrazarse a los libros y defender que existan las condiciones para que todas las personas puedan leer con gusto, aficionándose más y más, contagiando esa pasión a otros.

Es seguro que todos poseemos nuestra hora y obra decisivas respecto al placer de leer. En mi caso fue sobre todo Borges, sus cuentos filosóficos, y él, su exquisita e inmensa cultura, los que me conquistaron para el mundo de los libros hace décadas. Luego, el amor trajo a mi vida alguien que hace de nuestra casa una biblioteca cuidadosamente nutrida de libros singulares. No paran de nacer libros, estanterías, joyas de coleccionista.

Nota: en la imagen que acompaña al post aparece una ilustración mixta, nacida de la idea de una persona con auxilio gráfico de una IA. 

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Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.

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