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Sobre este blog

Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.

Tiendas de campaña

Maricarmen, su casa, su vida

Ana Fernández

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Grandes superficies del ramo de los deportes venden a precio asequible tiendas de campaña. ¿Quién no tiene alguna para dormir bajo las estrellas, vacacionar barato o soñar un monte Tabor? Se pueden tener guardadas o, por el contrario, democráticamente plantadas en la Puerta del Sol y otros centros de reivindicación, clamando por el derecho a la vivienda, al tiempo que espantan o enfurecen y figuradamente envenenan a esas crueles especies carroñeras de cuello blanco que especulan con los nidos del ser humano.

La acampada de Sol es algo que hemos estado viendo y escuchando y a lo que andamos poniéndole rostros juveniles, intergeneracionales, multiétnicos, profesionalmente mestizos, de nuestra diversidad social; y nombres propios, el de Maricarmen, o de colectivos como el del Sindicato de Inquilinas (¡cómo me gusta que toque ahora el femenino plural!).

Cientos de tiendas han construido la gran manzana por el “derecho a techo”, la base operativa ciudadana que echa el pulso a la inercia especulativa propia del “realismo capitalista”, ese que ve más posible el fin del mundo, el inevitable apocalipsis, que una alternativa a sus abismos neoliberales y desregulatorios (léase a Mark Fisher ); el freno, en fin, contra esta inercia capitalista que observamos como absolutamente irracional, injusta, inhumana, insostenible, insoportable, indecente…, pues toma como rehén el bien más imprescindible para la vida de toda persona, que, junto con la alimentación y la salud, es la vivienda. Sin nidos no hay personas, ni crianzas ni envejecimientos felices; sin personas no hay vida humana. Y sin vida, Sr. Milei y compañía, podéis quemar montañas de dinero y tirar al váter las claves de miles de millones en criptomonedas.

Es decir, que esas mil quinientas tiendas acampadas en el madrileño kilómetro cero están perfectamente en su sitio, en el correcto lugar de la historia y del momento presente, y cómo relucen, juntas, haciendo piña, orgullosamente erigidas en el punto de inflexión (acaso no importará cuándo decidan ir desmontando, sino que florecieron sobre el granito). Y sí, han de contemplarse textiles y hermosas desde los satélites, y puede que alguna máquina que lea imagen y acate las órdenes de su programación quizá las encuentre más amigas que objetivos de seguridad, más transformadoras que obstáculos en el espacio urbano. Nadie sabe aún si alguna máquina, de las que llamamos IA, procesará la imagen y los hechos de Sol de un modo más empático, certero y constitucional que quienes dan la espalda a uno de los mayores problemas con solución de nuestro siglo.

El punto de inflexión ha estado marcado, en primer término, por la lucha de la ciudadana Maricarmen, de 87 años, quien, tras la pesadilla y el maltrato de la tormenta perfecta -el capitalismo granjeándose impotencias, omisiones, silencios administrativos o brazos caídos de algunos poderes públicos-, pudo regresar a su casa; si bien nadie puede resarcirla del sufrimiento por haber sido desalojada de su hogar y de que la tensión de una batalla agónica, desigual, inacabable y contra reloj hubiesen dañado su salud hasta necesitar una hospitalización. Tampoco se puede olvidar, nunca, nunca, a las personas que se suicidaron en el escenario del lanzamiento, del desahucio. Ni recientes suicidios en Cataluña atribuibles a desesperaciones de esa naturaleza. Ni el casi silencio en torno a ello.

Y, en segundo lugar, este punto de avance, quizá de revolución, de no retorno, parece estar marcado por el papel catalizador de las movilizaciones y las acampadas por el derecho a la vivienda que germinan al inicio de octubre de 2026, justo ocho años después del 8-M que anotó el despegue global sin vuelta atrás de los feminismos.

La gente se podía haber quedado en su rincón, en su lamento, su scroll sin fin, en el ruidoso o gracioso TikTok, en su pequeño mundo, en la diminuta esperanza de que, a lo mejor, había suerte y cazaban alguna migaja, alguna fracción ridícula de vivienda asumible, de habitación medio digna; pero, gracias al símbolo Maricarmen, a su ariete, a su aldabonazo en las conciencias, a este ahora o nunca, a la generosa frescura democrática de la generación Z, las tiendas de campaña han salido a las calles para ser cambiadas por viviendas.

Viviendas donde no te mueras de frío ni te ases de calor, construidas sin los racaneos históricos que el franquismo instauró fundacionalmente en las casas baratas, de pobres, pensadas para recoger la emigración rural y barrer del mapa asentamientos chabolistas demasiado visibles.

Tanta falta de vivienda no puede hacer que se pierda la perspectiva, la visión del agudo y añorado Mark Fisher, que sostiene, a grandes rasgos, que el “capitalismo realista” es capaz de hacer negocio incluso con los problemas o efectos secundarios que genera el propio sistema, y hasta domestica o pervierte la rebeldía, como advierte Laura Hojman. Otro ejemplo: si las personas sufren de ansiedad por culpa de su permanente precariedad en el empleo, separación de su familia y grave falta de recursos, no se incide apenas en el plano sociolaboral, en cambiar la vida, sino en el desarrollo de fármacos de prescripción universal por grandes laboratorios (conste que lo arriba dicho no persigue desacreditar las bondades de la investigación farmacológica ni restar valor a moléculas que mejoran la salud mental, sino que pone el dedo en la llaga de la inercia capitalista que no se baja del burro e insiste en que la mano invisible -que maneja los hilos-, los mercados, el beneficio, los resultados, los tipos y bla-bla-bla).

Así, ante el desierto secular de potentes, eficaces y sostenidas políticas públicas de vivienda, tenemos la oportunidad, como ciudadanía, de exigir que no se cuele la repetición de los fracasos históricos que han dejado a medias grandes ambiciones de este país y de sus gentes. Lupa, por tanto, a los temas de sostenibilidad ambiental y emergencia climática, de accesibilidad, de protección de las personas consumidoras en el acceso a la vivienda y la financiación bancaria. Lupa, también, sobre las posibilidades de alternativa habitacional que no sean compatibles con la calidad de vida y la dignidad. Y más lupas, sobre el edificio jurídico y administrativo en estas materias o sobre cómo calibrar la viabilidad, solvencia y consecuencias de posibles respuestas innovadoras que podrían ofrecernos casas prefabricadas de última generación que, a lo mejor, ya están proyectando en la visionaria economía China o en las factorías de los tecno-oligarcas, esos hombres que lo mismo podrían rastrear nuestra cara en la acampada de Sol, que analizar nuestro genoma y nuestras ideas políticas, que mandarnos a las estepas, a Groenlandia, a la Patagonia o la mismísima Luna, a habitar, por vivienda, un minúsculo módulo de plásticos reciclados.

Habrá alternativas si triunfan fecundamente las movilizaciones de las tiendas de campaña. Eso creo. La mayoría social va en esta dirección, esto quiere, esto necesita: hay que sembrar vivienda. Para esto, leamos a Mariana Mazzucato y sus ideas operativas sobre el bien común, su empeño en estar, anteayer, con la gente, a pie de los proyectos de las comunidades locales de Brasil o México.

Ahora, vuela la imaginación. Octubre de 2076: una clase de primaria dibuja la acampada de Sol; aprenden que allí estuvo la raíz de sus casas sostenibles, de la economía de la cornucopia y la democracia de los cinco pilares.

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Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.

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