El kilómetro cero de otra España
Un miedo sordo, subterráneo, como de mar de fondo… ahoga… Tapo mis oídos. Bajo los ojos. Respiro. Rechazo este oleaje de miedos y de vértigo. Se ciernen espesas nieblas frías de opacidad. ¿Cómo están los ánimos? ¿Se puede, se debe preguntar? Consternación. Dolor. Luto. Fragilidad. Vectores hacia la peligrosa desregulación y la “prioridad nacional”. Desconfianza y trauma ante servicios públicos que fueron modélicos. Abismo entre bloques políticos. Contrastes: gentes que, de nuevo, son ejemplo de solidaridad sin reserva, entregándose en el rescate del semejante herido; gentes (a todxs un poco nos ocurre) arrastradas al aislamiento, solas con su pantalla; gentes que se vuelven ultras, aunque les perjudique y empeore lo social; gentes que se movilizan y confirman que la colectividad, unida, visible, es un medio masivo de poder y transformación, antes, ahora, siempre; gentes que no quieren saber nada de nada.
Porque, bien sentido, bien mirado, en estos días hay decepción, desafección, desprecio a las cúpulas, y miedo. Más miedo y por más cosas. Mientras tanto, aquí, cabe preguntarse: ¿cuánta gente es capaz de dialogar racional y respetuosamente?, y ¿quiénes, y desde qué lugares, están y seguirán cebando la polarización y los disturbios violentos? No quiero exagerar. Tampoco minorar. Ni evadirme.
Preguntas alrededor del cansancio y del miedo. ¿Por qué se nos quedan los pies varados en el barro? ¿Por qué los antaño mejores trenes de Europa han sido trenes de muerte en menos de nueve meses? ¿Por qué Maricarmen Abascal falleció injusta e inhumanamente expulsada de su casa? ¿Quién ha roto el ascensor social? ¿Qué mueve a la internacional ultra a ser precursora de nuevos fascismos, a desacreditar la democracia desde dentro? Y ¿cómo se le permite? ¿Por qué, con rostro impertérrito y estúpida resignación, se asiste a toda clase de desmoronamientos y desmantelamientos de lo público? ¿Será porque creímos que éramos inmunes y ricos sin serlo, que lo común y lo regulado por buenas leyes era innecesario? ¿Por qué funciona ese infundio de que la dañina espera sanitaria, la discriminación, la censura… no iban a tocarnos? Aunque nada más lejos de la realidad: el sistema tiene truco y es injusto para la mayoría no privilegiada. Así, en sangrante ejemplo, el esfuerzo, el aplaudido talento joven, el trabajo devorador de tiempo para vivir (eso, si se tiene empleo habitualmente), el sacrificio, las magras ayudas envueltas en burocracia, no bastan para acceder a una vivienda digna asequible, entre otras cosas que deberían funcionar y no lo hacen.
Por eso, el sistema tiene que resetearse, refundarse, qué sé yo cómo llamarlo, a partir de análisis y acuerdos de altura -aunque suene grandilocuente-. Tenemos que sentarnos, hablar desde los datos y los presupuestos y tejer pactos con lealtad y compromiso democráticos, más allá y por encima de las saludables, obligadas citas electorales.
Lo que ocurre, a todas las escalas, en este momento de la Historia, nos obliga. E insisto: es terrorífico que un tren haya circulado 17 minutos hacia el choque mortal en Urda (Toledo), y que haya sucedido tan próximo, menos de un año, al también gravísimo siniestro de Adamuz. Tenemos en las entrañas un temor indignado o depresivo o todo junto que nadie debe gestionar por nosotrxs, menos aún rentabilizarlo, manipularlo, incendiarlo, radicalizarlo.
Tampoco apagarlo o ensordecerlo, porque nuestro miedo tiene y ha tenido una causa, y estará presente como un aguijón hasta que se haya esclarecido y corregido cuanto lo provocó. En nuestro miedo, mantenido a raya para que no nos haga la vida imposible, debemos mandar cada unx. En el mío mando yo, que no me lo usen para servir de marioneta.
En suma, el miedo y su antónimo son una mina, también para reflexionar y escribir ensayo, como bien lo acaban de demostrar Mariana Enriquez en su obra Conversación con la oscuridad. Teorías, intenciones y escritura del miedo; Cynthia Menéndez, retratando la valiente lucha obrera en los astilleros de Vigo, en Son coma glaciares os barcos de aceiro / Son glaciares los barcos de acero; Marta Peirano, con El enemigo conoce el sistema y El pequeño libro rojo del activista en la red; Bibiana Candia, en su novela Lar, acerca de las cigarreras gallegas que, en el XIX, montaron una huelga para defender sus empleos amenazados por la mecanización y lucharon subidas a los tejados, vencido el miedo.
Miedo. En general, nadie quiere sentir miedo, pues no es de valientes, no es de seres sólidamente instalados en la cúspide, no es el feedback que agrada que nos devuelva el entorno. Pero, queramos o no, pocos sentimientos o estados poseen la fuerza del miedo: bien porque encadena y paraliza, bien porque, constatado su perjuicio y el hecho de que no es invencible sino superable, se convierte en el revulsivo definitivo para el logro de la tranquilidad y los niveles controlados de cortisol que supone haber salido del laberinto, haber vencido al Minotauro, haber escapado de una plantación esclavista de Alabama antes de la abolición histórica, haber denunciado y escapado de una de red de prostitución pese a las débiles de redes de apoyo que suele a recibir la persona herida por la trata proxeneta, de haberle, en fin, ganado el pulso al miedo.
¿Cómo se orillan el miedo, el decaimiento, el derrotismo, la socorrida vía de la desconexión de la realidad punzante? ¿Cuál es la vacuna contra la temeridad de apostar por una reacción de huida hacia atrás o hacia Guatepeor, hacia la caída en los brazos y en las fauces de quienes rapidito recortan de lo necesario sin piedad ni cerebro? De apostar por quienes se conducen con absoluta falta de empatía, por quienes cuestionan derechos humanos y constitucionales hace tiempo reconocidos y asentados o recién conquistados, o de quienes trampean a base de propuestas superficiales, de las que nada transforman porque se parecen a campañas para captar clientes, o de cacareados propósitos de enmienda luego incumplidos.
2026 está removiendo definitivamente inercias y cimientos. Lo de nuestro país no solo requiere las elecciones que se van a celebrar dentro de poco. Lo que nos ocurre y lo que padecemos precisa algo aún mejor y más fecundo y más transformador que los Pactos de la Moncloa de 1977, de hace casi 50 años, pues urge un marco de acuerdos de altura para los tiempos de hoy, que recoja el espíritu y las aspiraciones de la generación Z y que enlace a las distintas capas de una sociedad española plural y diversa en una solidaridad y una corresponsabilidad intergeneracionales. Podría llamarse algo así como los Pactos de Sol, los Acuerdos del kilómetro cero o como el pueblo quisiera llamarlo, con tal de expresar el comienzo de una realidad de construcción política colectiva solvente -recogiendo el brío y la autenticidad de movimientos como los del 15-M, la acampada de Sol, los estudiantes de Serbia-, una realidad política revitalizada a la que no se le consuma la luz del compromiso ni las ilusiones, blindada contra la adulteración, que fortalezca y desarrolle nuestra democracia y que recabe apoyos por su buena senda y sus consecuciones. Hay que ser prácticos y eficaces, solucionar desde la equidad, nunca defraudar. Lo saben el alcalde de Nueva York, los estudiantes serbios, la juventud india.
Lo de nuestro país, lo de Europa, lo del mundo inestabilizado por poderes autoritarios, belicistas, machistas, racistas, groseros y más cosas horribles, tiene arreglo y se llama fortalecimiento democrático. Más y más democracia. Democracia sin miedo a ver, a contar y a cambiar la realidad, con criterios técnicos, evaluables, consensuados, de medio y largo plazo, con la perspectiva del bien común, de lo factible y de lo sostenible; es decir, nada parecido a salir del paso hasta las próximas elecciones, ni a poner los recursos públicos al servicio de grandes corporaciones, multinacionales, grupos de presión, fondos depredadores, etc. Democracia sin miedo a hacer auditorías de lo que falla y de que por qué falla y cómo solucionarlo y con qué coste. Y democracia, en fin, sin miedo a derribar privilegios y decir a las fortunas obscenas que se acabó la acumulación. Esa era su fiesta -metafóricamente dicho, me vayan a demandar si no lo explico- y también su atraco sobre nuestros recursos, nuestros derechos, nuestro futuro.
Miedo no, sino pactos y más democracia hacia el kilómetro cero de otra España, de otra Europa, de otro mundo posibles.
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
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