Delanteros chepudos

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¡Lucas Moura! ¡El barrio entero para ti, rey!. Nadie se acordará del Ajax como nadie se acuerda de Los Sobraos. Dejemos de embellecer la derrota y el flamenco pop. Perder no es parte del deporte, es un deporte en sí mismo. También hace falta talento para alzar la mirada y sacudirte el dolor. Me preocupan más los melifluos que los ofendiditos. Quejarse esconde cierta dignidad, pero el lamioso nunca tiene excusa. Viene una pandilla de holandeses tocando rápido el balón, pegándole de rosca y creemos que han derribado el portón de la memoria, y luego vienen los desengaños y los paquetes de risketos y el peregrinar de los pelotillas. Ay, los pelotas. Qué seres, qué requiebros, qué prosa. Merecer es al fútbol lo que el saxofón al pop: un elemento molesto e innecesario.

Lucas Moura, un calvo chepudo, el Alfonso Espejo del Tottenham, acabó él solito con la blanda fantasía del Ajax. La belleza no pudo reinar. Con tres goles a la remanguillé rompió el sueño, rasgó el lienzo y ya nadie colgará en su casa lo que sólo fue boceto. Callos de aplaudir. Hay que aprender de estas noches. Luego la gente se confunde y cree que vale con proponer cosas. Así un poco al tuntún. "El don del vuelo sin el arte hermano del aterrizaje", que dirían los de Tachenko. No basta con elevarse, hay que saber posarse. No basta con el remolino y la acrobacia, luego hay que poner los pies en el suelo y decir: aquí estamos porque hemos llegado. Luego hablaremos de Jesús León. El empresario-globo de feria. Tan rápido quería subir que se le escapó de la mano a algún niño y sólo Dios sabe en qué nube andará deshinchándose en estos momentos.

Ganar un título o conseguir un ascenso, qué preciosa forma de anclarse al mundo. Estampar ahí tu nombre en la wikipedia. Permanecer por ti mismo, sin confiar en la buena memoria de los gourmets, esos futboleros tan veletas y ansiosos por ver nuevas hazañas que sustituyan las anteriores. Ay, los melifluos, lamealmejas y zampahuevos del mundo, profesionales del mimimi y de la confesión palaciega. Cuanta más importancia se dé uno, más prescindible será su opinión. No es época de púlpitos ni de golpes en el pecho. Obras son amores. Cuántos libros necesarios que se apilan en la mesita sin haber sido leídos del todo. Cuántos discos imprescindibles escuchados apenas un par de veces. Cuántos equipos inolvidables fieramente olvidados. Que el Señor os libre de los aduladores, porque uno siempre tiene la tentación de terminar creyéndoles.

Me gusta de Lucas Moura que celebra los goles con extrañeza. Siempre voy con los futbolistas que parece que simplemente pasaban por ahí. Hay jugadores corajudos, eléctricos, talentosos, generosos y pendencieros. Pero a mí dadme once futbolistas oportunos. La manopla solitaria, la puntera milagrosa, el cabezazo con los ojos cerrados. Ahí está mi fútbol, en las casualidades. En Europa o en Tercera, este deporte está regido por la magia de lo impredecible. Millones de euros invertidos en un vainas y argentinos de vuelta de todo, con más años que un bosque, convirtiéndose en pilares de tu equipo. Alguien que de verdad sepa de fútbol contestaría todas las preguntas con un "no tengo ni idea".

Y yendo a lo importante: me pregunto si el Tottenham paga la nómina a sus trabajadores. Porque al final, lo que pasa en el césped se queda en el césped y un poco coletea en las pachangas al domingo siguiente, pero cuando el dinero no entra en casa lo que queda en el pasillo es tristeza y miseria. Con la nómina de este mes, María y yo hemos pagado: el alquiler del piso, la guardería de Fidel, el Movistar, la luz, el gas natural, la letra del Dacia, una compra mensual en el DIA y un almuerzo con los niños en el Rocala. Si el dinero no hubiera entrado, primero hubiéramos pedido dinero a nuestros padres, luego a nuestros hermanos. Pasados los meses, tendríamos que haber llamado a la casera excusándonos, pidiéndole un tiempo, aguantar sus quejas, explicarle la situación, o mentirle, o darle largas. Y luego recibir sus llamadas semanales preguntando por el dinero y terminar por no cogerle el teléfono y sentir angustia cada vez que suena la melodía del móvil. La comprensión a veces está reñida con la necesidad de cada uno. Si no pudiéramos pagar la guardería, tendríamos que haberle llevado el niño a alguna abuela por las mañanas. Aunque vivamos en ciudades distintas. Arrancarlo de su cotidianidad e improvisar con su tiempo. De la luz y el gas, pues ahora estaríamos recibiendo avisos de corte. Igual que de Movistar, que no parte peras con eso. Del coche no quiero ni pensar en las amenazas de meternos en la lista de morosos de la casa Renault, donde además trabaja mi tío. Seguro que ya le habrían dicho: "vaya tela tu sobrino, que nos debe tres letras". Y él hubiera dado la cara por mí, pero no es plan de sacarle los colores a nadie. Y luego la comida, claro. Y los pañales. Y la leche de fórmula. Y los plátanos de la merienda. Y el olor del café por las mañanas.

No pagar a tus trabajadores es lo más repugnante que ha hecho Jesús León en su año y poco de mandato. Todas sus torpezas quedan en pura anécdota comparadas con este último tachón a su trayectoria como presidente. Es difícil hablar de fútbol si en la cabeza hay de todo menos fútbol. Si hay mala fe, egoísmo y desidia sobran los tacos y el cuero. Todo es esclavitud de despachos. Llamadas perdidas. Promesas de ceniza y miedo. Un terror que paraliza. Como si el futuro fueran las fauces de un monstruo que sólo piensa en devorarnos. Mucha frase motivacional, mucho Instagram, pero muy poca entereza como gestor. Las empresas son expectativa también. Y futuro y dignidad para el que la trabaja.

Cuando todo se solucione, si se soluciona, volveremos a hablar de fútbol en la ciudad. De goles inesperados. De felicidad y lágrimas en la zona mixta. El Tottenham celebra una final europea, el cordobesismo busca Jumilla en Google Maps. Siempre son once contra once, pero en la tramoya del espectáculo suceden muchas cosas. El equipo inglés paga sus nóminas y yo me alegro con su alegría. Me pregunto si Jesús León se creyó todo lo bonito que le dijeron cuando arrancó de la nada aquella permanencia maldita. Aquel descenso en diferido. Y todos aquellos leoniers que salían como locos a defenderle hace un puñadito de meses. Que se había jugado su patrimonio por nosotros, decían. Y me acuerdo ahora de los de las nóminas congeladas y el arroz hervido. Nadie se acordará de León en unos años, y ahí estará mi consuelo. Ningún trabajador se merece esta vergüenza. Ningún cordobesista se merece que en nombre de su equipo se estén cometiendo estos atropellos. No quiero un Córdoba que sueñe con Europa, sólo quiero un Córdoba honrado. No es mucho pedir, aunque para los aduladores y los salvaclubes suene a poca cosa.

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10 de mayo de 2019 - 13:19 h