Gracias, Évole

Hace unos años, cuando era adolescente, un amigo vino a casa justo cuando yo estaba preparando una mochila para pasar fuera el fin de semana. En vez de explicarle la verdad, opté por otra mucho más divertida que era mezcla de hechos reales (iba a pasar fuera dos días) y otros absurdos y rocambolescos (la acampada sería en el Patio de los Naranjos de la Mezquita con un club juvenil del Opus Dei). Mi colega no tardó en darse cuenta de que aquello no podía ser real, por la suma de delirios y atropellos a la lógica. Pero disfruté como un crío con aquellos minutos en los que sus ojos alucinaron y llegaron a ver una dimensión paralela y enloquecida de boy scouts haciendo candelas junto a la Puerta del Perdón mientras cantaban con la guitarra.

De vez en cuando nos acordamos de aquello y nos reímos los dos. Y entonces constato que, si pudiera, fabularía a todas horas, arrastrando a quien se pusiera delante al sumidero que tengo por cabeza y que suele desembocar en parajes de un mundo al revés. Divagar en espiral con la naturalidad de una conversación ordinaria y aburrida, sin aspavientos y mezclando realidad y ficción a partes iguales. Hasta lograr que lo más desquiciado pase por algo normal.

Pero aun teniendo la pulsión innata de la mentira como una de las bellas artes, con los años me he ido volviendo más aburrido y conservador y mis brotes delirante se han contenido. Excepto cuando hablo con los críos. Los aborígenes del mundo lisérgico de la infancia son oyentes atentos a todas las fantasías que uno se pueda imaginar: la triste historia de una novia que se pagó la carrera de Filología vendiendo un riñón (¡bendita cicatriz de la apendicitis!); el hoyuelo de una barbilla como producto de un accidente con el pico de una plancha caliente; mi papel en la Guerra de los Seis Días; la tarde en que Neil Armstrong me dio con una piedra lunar en la cabeza...

Me gusta coger de la mano a quien tengo al lado y llevarle a esa versión extraña, personal y divertida del mundo para terminar echando unas risas. Pero también me gusta que me lleven y dejarme llevar en esa invitación alucinógena. Porque, en realidad, aunque en público diga lo contrario, en el fondo sigo siendo un crío crédulo convencido de que hay quien se arranca los pulgares y se los pone de nuevo. Y que me lo recuerden de vez en cuando me llena de alegría.

Gracias, Jordi Évole. Me lo pasé genial. Y la sonrisa de niño idiota todavía no se me ha borrado de la cara.

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27 de febrero de 2014 - 09:57 h
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